Compañías invisibles

De pronto nos juntamos en una misma mesa, una de esas largas mesas para las familias grandes que hay en la zona de comida de los centros comerciales, yo estaba solo, como no iba a estarlo si todos mis amigos aprovecharon el fin de semana con feriado para irse de paseo. La señora puso su plato de comida en la esquina norte, yo en el otro extremo, no me miró, durante todo el rato en que estuvo cruzando el tenedor con el cuchillo no me miró, cortaba la carne con libertad de cirujano, poco le preocupaba la sangre de esa preparación a dos cuartos que piden algunos que prefieren el jugo de la carne al sabor de la pieza bien asada.

En mi plato una porción de pescado asado era alcanzado por el tridente de metal que hacía viajar pequeñas porciones a mi boca. Todo era de estimarse normal, dos desconocidos compartiendo una mesa en un lugar público, así iban las cosas hasta cuando sentí que tenía algo en mis ojos porque en cada bocado que ella engullía su cuerpo iba desapareciendo como si le cayeran de la piel los retazos que la cubrían. Así fue todo el rato, clavé mis ojos sobre ella sobre ella, empuñé mi miedo para usarlo cuando fuese necesarios salir corriendo, pero ella solo seguía desapareciendo al ritmo en que comía. Alrededor nuestro nadie parecía notarlo, todos seguían su ritmo, como si el ritmo de la vida incluyera ver a una mujer desaparecer en el aire al mismo ritmo en que comía.

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