Transcurrir por los prejuicios

Camino por el parque, llevo la lupa de los prejuicios puesta en los ojos. Un señora camina demasiado despacio para mi prisa y debo ir detrás de ella por el camino que lleva a donde están las canchas de baloncesto. Una muchacha espera a que su perro termine su momento escatológico. Un niño corre detrás de un balón de colores azul y rojo, como la carpa de un circo de pueblo antiguo.

La muchacha continúa con la bolsa en la mano, una bolsa que irá con su contenido a completar las otra en la lata para la basura que está a varios metros. Su madre compra bolsas, comida, ropa y medicina para el perro que tienen en casa. Una especie de adicción aceptada, salir en la mañana con la ropa de la pijama y en la noche con el cansancio del día a llevar al can para que se sienta libre, como un preso al que le dan dos horas para acercarse a la libertad recibiendo el sol en el patio de los reclusos.

El niño da con la punta del pie a la esfera de plástico, el balón se eleva un poco y cae, miro la camiseta que lleva puesta y noto los colores de un equipo de fama mundial y el nombre de uno de sus jugadores a los que todos admiran. Como en la vieja Roma, pan y circo, y así estamos, esperando a que estos niños sean los bárbaros que se lanzan contra las bestias en la arena del circo para disfrutar de sus movimientos desde la pantalla de un televisor a miles de kilómetros. Jugadores de fútbol, esos de los millones de dólares que nunca llegan a las fundaciones que se ocupan en sanar a los otros.

Un rato de prejuicios que no hagan daño a nadie.

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