Su voz de canto y grito

Vayamos al río a escucharlo, no a precipitarnos en él como el colono que solo quiere atravesarlo, darle uso al transportarse, ni como el niño ebrio de diversión que en él se baña y nada; que sea para escucharlo decir sus saberes de ir, solo ir, de fluir, solo fluir, sin pensar en la devuelta. Al mar, quiero que vayamos a lo mismo, no a presumir de las vacaciones con el culto a la playa, no a asombrarse de la piel bronceada, no por el gusto de extenderse a descansar sobre la arena, ni a presumir de fuerte cruzando a brazo y pecho sobre sus olas; que sea ir a escucharle sus palabras aunque sean incomprensibles en el viento, y si comprensibles a sentirlas, a poner en el oído su voz de canto y grito, de llanto y súplica. Eso, vayamos al campo, al bosque, a rodearse de árboles y pararse descalzo sobre la tierra, claro, no por el orgullo de poseer una casa en el campo, una parcela para descansar sembrando, tampoco a consumir como citadinos en ella, no, no a satisfacerse por tener una cabaña, una huerta; ve al campo a sentirte solo hasta que sientas a los árboles, y con ellos, acompañado de ellos sepas que eres más grande, ancho y largo, que el cuerpo de humano que ostentas, eso es, ve a la naturaleza a recordar y sentir que eres parte de ella.

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