Atravieso una línea recta

Yo cruzo la tarde apostando a los milagros laicos: la fuerza del cuerpo, la resistencia de la mente y el inexorable tiempo que despoja al día de las horas. Salgo a la calle con rostro de herradura, cincelada y martillada con el pulso de quien no conoce simetrías. No es una moda aceptada este descuido con el cual nada emociona para firmar una alegría troquelada. Doy pasos, ya es suficiente haber estado en los lugares que obliga el día, ahora, huyo por la noche como si hubiese sido presa de una pata alzada. Yo doy vuelta a la esquina, atravieso en línea recta hacia la casa en donde comprendo ante el espejo el grueso trabajar del herrero en mi cara.

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