De las mujeres que me gustan y unas cervezas en la noche de lunes

La cerveza en el supermercado está en unos refrigeradores con la marca de la franquicia que los produce, hay rubia, morena y roja.  Esta noche escogí la morena, un paquete de seis que pasé rápidamente a pagar en la caja.  La mujer en la caja de cabello rojo, y como la memoria es un asalto al azar me devolvió en ese round la imagen de una muchacha en la librería de un centro comercial, ella con el cabello de ese color y una falda arriba de la línea de la rodilla se agachaba a buscar un libro de Pessoa en las partes inferiores de los estantes, fue una agradable sorpresa para mí, mis ojos y sus piernas abiertas como en un encuentro sin posibilidad de repetición alguna, claro, unos segundos apenas y mi cara que se sonroja y los ojos miran a otro lado mientras siento que ella cambia de posición y me mira con desagrado.

La tía abuela de uno de uno de mis mejores amigos decía que en la juventud deberíamos buscar a las mujeres en la casa de los amigos, en la madurez entre los amigos del trabajo, y en la vejez en cualquier parte.  No se trata de estar en contra o de acuerdo con ella, esto es solo recordar y poner los recuerdos en modos que permite la escritura, como por ejemplo puedo hacer con la letra de la canción de Calamaro, La flaca, pero no lo haré, solo la voy tarareando mientras pienso de soslayo en la muchachita a la que le gustaba morderme los brazos, dejarme de color morado la piel y luego inventar conmigo que las brujas se metían a mi apartamento a chuparme la sangre, y bueno, la canción dice, “{…} porque Dios que esa flaca a mí me tiene loquito {…}”, y así me traía, loquito de contento al verla, y loco de desventura cuando me ignoraba.  Tenía nombre, no quiero decir de cuántas letras y menos si dos o uno solo, o poner acá el nombre mientras la cerveza vaticina que la siguiente se aproxima.

La muchacha que recién alquiló un balcón en el inicio de su tercer decenio y cumplió veintiuno, pero yo tengo cuarenta y cinco, ahora aparece con su cara de quiero aprender de nada contigo y saberlo todo sin ti, o algo así era lo que me decía mientras dejaba caer sus zapatos en medio de los míos, debajo de la mesa en el café a donde íbamos por unas cervezas, aunque su novio se lo prohibía.  Eso le gustaba, más que la cerveza y mi mano buscando en su geografía un lunar que estuviese a un par de palmas del botón más al sur de su camisa.  Es curioso, no sé por qué me refiero al sur cuando se trata de lo que está hacia abajo, bueno, no me he propuesto más que hablar de las mujeres que me gustan.  A los veintiún años me gustaba una amiga de la universidad, cómo me hubiera gustado ser este que soy hoy para haberle dicho que en su voz me hubiera gustado escuchar todas las oraciones, aunque yo no fuese creyente.

El mejor lugar, la mejor cerveza, esto ya lo han dicho muchos, yo solo voy a repetirlo, ese lugar y esa cerveza están en donde me encontré con mis amigos de colegio, no voy a mencionar uno tras otro, la hora no es adecuada para dejar que los recuerdos me obliguen al llanto, tal vez más tarde, igual me daré oportunidad de olvidar esto que dije.  Le compraba chocolatinas a una compañera, ella dejaba las vocales de su nombre y apellidos en mis cuadernos, yo en casa los completaba, luego la timidez me presionaba a quitar las hojas y mi madre me regañaba por desprenderlas porque el cuaderno se iba descosiendo, así como yo, me iba descosiendo sin saber que a eso se le llama soledad, sin saber que también el amor, esa palabra en donde solo estaba una de las vocales de su nombre me haría desistir de seguir rompiendo hojas o tachar las letras impresas con mi bolígrafo.

Las neveras, en otros lugares les dicen hieleras, frigoríficos, heladeras, yo acá les digo neveras, entonces esas de las que ya dije su nombre deberían tener un lugar en donde uno ponga el líquido de la cerveza, ella lo conserve frío, y un elemento afuera de ella permita mediante un botón que al presionarse surque directamente a un vaso helado.  En la barra de la librería en donde un trago de tequila nos dio oportunidad de conversar hasta cuando el librero nos dijo, ya es tarde, no sé ustedes, a mí me esperan en casa, y nos recomendó un sitio cercano, en ese pequeño espacio formado por una tabla de madera la conocí, yo buscaba lugar para deshacerme del día que quería seguir naciendo de mis ojos hecho una repetición sin ecos, ella en cambio iba por algo concreto y sensato, preguntar por un libro de poemas de un poeta que no ha sido traducido al español, eso esa noche, luego me confesó que otras veces llamaba a preguntar por un libro, si le confirmaban su inexistencia en el inventario, pasaba en la noche con intención de comprarlo, y, esto es mala práctica, en la librería dan café gratis a los clientes.

Me gustaba con buena y mala intención, no llevaba escote y me atreví un par de veces a pedirle que rompiera el protocolo y abandonara el saco, ella respondía, no tengo nada debajo, así, una tortura verbal comenzaba.  Me gustaba, usaba el lenguaje para describir cada detalle, yo ponía mis ojos a prueba para no salirse. Tenía novio y eso fue suficiente para repudiar en modo propio cualquier intención de ponerle un verso entre las líneas de la mano.  Supe yo de su afición por verme, me buscaba para sentirse consentida por mis ojos, le parecía una aventura verse en mi pupila.  Tenía novio y yo no quería competir con nadie, los encuentros eran quirúrgicos, una vena rota, una vena cosida, un órgano extraído, uno repuesto.  Parecía querer sumar sus horas conmigo, y yo me atravesaba un orgasmo por ella en las noches mientras me la jugaba a soñar con ella.

No conozco el origen de la palabra, no voy a buscarlo, no sé en dónde fue su origen, misma respuesta, no voy a buscarlo, para qué saber los ingredientes, no voy a prepararla, solo me la estoy tomando, esta no es la primera de esta noche, según veo no será la última.  Ella estuvo en el sofá de mi casa viendo películas conmigo, se ataba mi pijama a la cintura con una tela de plástico con la que se hacía moños en el cabello, a veces dormía en el sofá, o en mi cama, o donde yo estuviera porque de madrugada le gustaba llorar por todo lo malo que le pasaba al mundo, y cuando lloraba solo se calmaba teniendo sexo.  La primera vez que lo supe me hice el propósito de dejarla desprenderse del llanto por cualquier motivo.  Por cualquier motivo he tomado cerveza, ahora mismo es uno de esos momentos, digo salud mientras la canción de ‘Los Rodríguez’ dice, “quiero ser el único que te muerda la boca”.  A propósito de eso, a una amiga de ojos claros que se acerca a sonreír conmigo mientras se ríe de las cosas curiosas de la vida, de lo que yo escribo y de lo que imagina hago en mi casa, a ella le debo estas letras de ahora.

Una mujer de voces líquidas, igual a esta cerveza a la que le pido se mantenga interminable, a esa mujer voy a timbrarle para saber si también mañana estará conmigo para usar de excusa la lluvia de estos días de invierno y quedarse conmigo hasta cuando las latas de cerveza hayan desaparecido de estas palabras a las cuales les dedico mi tiempo.

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