Perplejidad, que palabra tan bonita para estar contigo

Ella me dice, te amo incluso en el hartazgo de la rutina, cuando me veas así fatigada, toma un poco de distancia, en perspectiva verás que abro nuevas maneras para recibirte.

Ella me dice, no tengo tu religiosidad, no creo en tu Dios, pero me fascina saber que por encima de la racionalidad una divinidad vive en ti.

Ella me dice, no puedo transgredir mi libertad, cederla o negarla, aún así puedo ofrecértela para que en ella encuentres mar y puerto para tus navíos, noche y bosque para tu grito de luna llena, te la ofrezco para ser trenza con la tuya.

Ella me dice, no te fijes en la sombra que me circunda, ocúpate de la luz para inundar mis formas con tu forma de mirarme.

Ella me dice, ven acá, entra confiado pero seguro de que estás en peligro, el amor como la muerte inevitablemente acabarán con nosotros.

Ella pone la mano en su corazón y me dice, este lugar está libre de humo para que lo llenes de ti.

Yo he plantado una noche en tus ojos y te veo largamente esperando el nacimiento de una luna.

Ella acercó el rostro con descuido, sin prevención alguna, yo aproximé mi boca sin propósito, el movimiento apareció de repente, sin estar previsto, la besé, dio valor a mi beso con otro en el mismo tono, repetimos un instante la secuencia, volvimos a charlar de una y otra cosa, luego llegó el tiempo de tomar camino a casa, no dijimos nada y nos besamos para despedirnos.

En tu beso, igual que en el poema, el universo se condensa.

Ella pone su mano en mi boca, besa mis manos y toca mis pies, luego me dice, recuerda que tus palabras tus acciones, tus pasos también hablan por mí. Pone un beso semilla en el bolsillo de mi camisa y me pide, déjalo crecer para que tomes su fruto al final de la tarde.

Hay eventos a los que uno asiste y en ellos recuerda que dormir es estupendo

Yo recuerdo una noche, un recuerdo suficiente, para mantener la memoria viva de ti.

Ella me da dos besos antes de salir de casa y me dice, salgo a la calle para encontrarte entre la gente, aunque sé que solo estás en mí.

Ella me dice, no presumas de inteligencia o de poesía, solo quiero tu ímpetu dentro de mí.

Despierto y noto que me observas, descubro un lápiz en tu mano y una hoja sobre tu pierna, me muestras que estás dibujándome, una geografía de mi rostro dormido, te ríes, sabes que la exactitud no es una virtud necesaria en el arte, dices, aunque no puedo dar certeza de que sea una reproducción de tu cara, la imagen que tengo de ti es perfecta en el seno de mi corazón.

 

No eres finito, eres infinito, deja de medirte.

 

Cosas que hacen para que a uno le queden bien claras las cosas.
Ella se sienta al otro lado de la mesa, suelta los botones de su blusa, se desprende de ella, encuentra sin esfuerzo el mecanismo que ajusta el brasier y lo quita, sus senos se expanden, parece no fijarse en ello, abre el cierre del pantalón, desnuda sus piernas, se levanta de la silla, retira la tanga, respira mirando a la mesa, y luego repite acciones a la inversa hasta que la blusa está en su sitio, vestida como estaba al comienzo.
Me mira y dice, espero te quede claro que me eres absolutamente indiferente, ni siquiera considero tu presencia. Sale y se va sin que yo tenga aún una respuesta.

 

Apagas el sonido del despertador, te acercas, me das un beso en la oreja, la muerdes, preguntas, ¿Soñaste?, muevo la cabeza para negar, te digo, No lo recuerdo, me dices, Yo soñé por ti, soñé un día maravilloso para ti, levántate, hoy tú haces el café. Trato de levantarme pero tus piernas pesan más que el afán de salir de la cama, el café estará un poco tarde hoy.

 

No estoy enfermo, solo hace mucho tiempo nadie me consiente.

 

Junto a la taza de café, pones un par de galletas, con una cuchara de postres la untas de dulce, llevas una de las galletas a mi boca, yo reclamo, El café sabrá muy dulce, y respondes, Deja lo amargo para después, por ahora toma para ti el azúcar de mi boca. Me besas.

 

Este lugar como todo puerto de río y de mar, es un lugar de paso en el que nadie te obliga a estar, lo que ves es menos de lo que hay, lo que esperas quizá es más de lo que puedes encontrar.

 

Hay verdades que guardadas conservan una dignidad meritoria, en cambio expuestas son izadas en el ridículo.

 

Dentro de tu corazón hay una idea sobre mí que me es difícil superar.

 

Una gotera de utopías cercenaba el vientre protector de mis temores y exponía en tu nombre la esperanza entera por nosotros. Tú, en cambio, habías decidido el abandono y, rendirte por mí y lo hiciste sin esfuerzo.

 

Hoy mis deseos son simples, agua para tu sed, tierra para tus pasos, horizonte para tus metas, sal para tu carne, caricias para tus besos, abrazos para tu voz, paz para tus horas.

 

Me quedo para ti, para que me encuentres cuando una voz te sea necesaria, para que me busques de la manera en que se busca lo bello e imprescindible, me quedo para ti, porque sin estar juntos el universo está incompleto.

 

Después del sueño, cuando el sol alarga su ojo hasta mi ventana, me apresuro a recomponer para ser nuevamente el que esperan.
Ocurre tantas veces, pongo en vez de lengua un pie, y a cambio del oído un hombro, cuando no son otras cosas, así sin poder escuchar a los otros les hablo a las patadas.
Pasa que me olvido de lavar la noche de mis ojos y saltó con ella puesta, doy pasos de acuerdo con mi mirada oscura y voy por ahí atropellando a los otros sin verlos.
Hablo lenguas extrañas en mi sueño, de otro tiempo y otra siembra, aunque me lavo los dientes, no me quito de la boca esas palabras, esos idiomas, y odio a todos porque no me escuchan ni me comprenden.

 

Solo cuando estoy contigo sé a dónde voy.

 

Este lugar en mi frente donde se arruga la piel es una herida amorosa que apareció de pronto cuando me dijiste no, no quiero contigo.

 

Tú miras la cicatriz en tu tobillo, te atreves a imaginar mi boca extendiéndose húmeda sobre aquello dónde sabes el universo se condensa.

 

Yo estoy donde tú me nombras,
soy la sombra de tu boca en movimiento,
el asombro entre tus dedos
enumerando las veces
cuando recordabas tardíamente el olvido,
el olvido con el que peinabas mis ojos.
Tú no me nombras y lo que escribo no lo lees
siendo por esto innecesarios estas vocales frutales,
estas consonantes que no suenan en tu oído.

 

¿Qué lugar de ti se elevó al firmamento para que yo quiera ver los astros?

 

Yo soy el hilo amasado sobre tu piel en el silencio esférico de tus ojos. Tejo invisibles entre tu ahora inmediato y tu mañana imprevisible.

 

La visión es torpe
Los lentes no son suficientes
Un paso sostiene frágil al cuerpo
La rodilla erra y se vuelca adelante
Es precario el apoyo del brazo.
No se rompe el hueso
La piel sanará veloz
El ego se quedará herido más tiempo.

 

En su escote asomaba la imagen de notas musicales elevándose como alas en la espalda de una mujer, al saberme descubierto observándola, pregunté por el tatuaje, ella sin terminar de escucharme respondió, es una mancha, a lo que dije, está muy bien elaborado, y ella como si conociera de antemano lo que yo le diría dijo, estoy leyendo “El hombre ilustrado”

 

Qué todos mencionen tu nombre para alegrarse contigo

 

Te negabas.
Era imprescindible aparecer en tu sueño.
Anoche me soñaste.
Hoy puedes olvidarlo.
Aunque no era una deuda,
ya está saldada.

 

Uno debe cambiar los olvidos por memorias perdidas; por cada nuevo olvido, el destino debe devolver un hermoso recuerdo que se había perdido.

 

Erguidos ante la lluvia, fue urgente usar escudos ante el agua, paraguas, íbamos los dos compartiendo el mismo escudo, reímos al ver nuestros pies domados por el agua aunque el cabello y el cuello no se mojaban. Le insistí en abandonar el paraguas y correr, ella corrió al tiempo que yo lo dejaba caer, así, desde entonces, la persigo en cada noche de lluvia.

 

Cosas que uno escucha, pasé por unas cervezas al bar, y dos muchachos hablaban en una mesa, uno decía, Mi mamá me pidió que deje de fastidiar a las mujeres y no sea intenso. Cosas que uno piensa, Esa mamá me regañaría a diario.

 

A veces, la versión de uno mismo, esa creación con la que uno ha estado soñando se parece tanto a una idea antigua de la cual hemos perdido la capacidad de evolución.

 

La vecina, una señora que debió cursar los sesenta años hace tiempo, pasa los domingos al comenzar la noche, me ofrece una taza de café, me la tomo en el pasillo hablando con ella, cuando se despide lo hace diciéndome, me gusta escuchar tu voz, escucho oculto en tus acentos un recuerdo a roca y tierra que me pertenecieron. Luego cierra su puerta y yo me quedo sin haber aprendido a darle una respuesta.

 

Hizo una nueva observación, esta vez sobre el color de las botellas de licor, fue inevitable girar el rostro para verla y asentir, aprovechó mi atención para decirme, Parece que te incomoda mi conversación, lo siento mucho, es la barra del bar y se me ocurre que uno puede conversar… No permití que siguiera, me disculpé y toda la vejez cayó sobre mis palabras, Es difícil para mí creer que una mujer hermosa se plantee siquiera como curiosidad hablar con un feo como yo, así que ahora cuando ocurre, me altero y levanto todas mis formas de defensa. Soy muy tímido con las mujeres, quizá porque parto de la idea de que rechazarán cualquier afecto ofrecido por mí, de hecho ya me ha ocurrido antes.

Dos tragos repitieron la dosis servida previamente, ella había pedido al barman cambiar las copas. Seguí, De hecho creo que si una mujer hermosa, tú lo eres, se me aproxima es porque no tiene una intención buena conmigo, un poco sospecha de las bellas. Ella rió y puso su mano izquierda debajo de la mejilla, luego se movió dentro de la silla, apuró la media copa y ofreció un saludo para que yo hiciera lo mismo con la mía.

Dijo, me gustan los feos, la curiosidad por ellos me supera, creo que detrás de cada hombre feo debe haber una sorpresa, un gran secreto que el universo ha puesto ahí para ocultarlo, para evitar que sea descubierto.

Un tango empezó a tragarse el silencio, el barman atendió mi pedido y las copas estuvieron nuevamente llenas.

 

Prefiero la ignorancia cierta de la fe al vacío racional que rompe el átomo.

 

La confesión, Te extraño.
Intención, Obtener tu atención.
Excusa, Demasiados errores para volver a tu geografía.
Final, No estoy.

 

Con el tiempo los objetos son un lugar para la memoria, un lugar al que la memoria le destina emociones profundas, y cuando llega a ellos condensa en el objeto todo lo que no puede olvidarse.

 

El dictador insiste en decomisar el mazo del tarot de la adivinadora porque es un problema de estado que alguien fuera del establecimiento pueda saber más que él sobre el pasado y el futuro. Todo empezó el día en que uno de sus contradictores fue sorprendido saliendo del consultorio de la adivina, y varios días después dijo lo que el sentido común mostraba de manera evidente para todos.

 

Una de las cosas que más duelen en las relaciones amorosas, por encima del desamor y la indiferencia, es haber hecho el ridículo.

 

Dormías etérea, salí a la calle por unos tequilas, cuando volví eras nube.

 

Ella le dice, yo esperaba encontrarte con la misma edad que tenías pero estás tan viejo como mi espera, ya no eres a quien busco

 

Salí a buscarte porque hace falta vida sin ti.

 

El óxido es mi desconfianza. La erosión es tu indiferencia. La corrosión son tus apariencias. Por nosotros el azar no se juega sus apuestas.

 

Has parido la luna, y tu parto astral te obliga a imaginarla noctámbula, así, te tragas la noche para imaginar el astro de vuelta a tu razonar sin imaginación. Has parido la noche con un dolor que ya se pudrió y se atraviesa en ti la costumbre de sentir a la noche llegar.

 

La noche cobra por horas, ella te pide un espacio en tu tiempo y por eso te da una ilusión. La noche te roba la prisa, sustrae de ti la quietud, sin que lo sepas, ella suma lo que a tu vida le restan.

 

Después de un examen en el espejo, los ojos han llegado a la conclusión, las emociones del cuerpo observado están hechas en su mayor parte del color de las hojas de libros expuestas al sol y a la noche, y por extensión a la luna, al invierno y por ley de transitividad a la lluvia. Otra porción de la composición cromática es igual al de la madre tierra, no de la de antes que aún no negaba a sus hijos, de esta tierra, la de ahora, a quien la opción de negarlos es la única salida. Varias tonalidades atraviesan el rojo del enojo, pasan por el verde pálido y viscoso, y raspan largamente amarillos leprosos. Tras el examen, los ojos se cierran, el cerebro reproduce la imagen, la empeora y toma la decisión de apagar la luz, sale del lugar, toma camino a la calle y se niega a los reflejos.

 

El gato arañó el vidrio, rasgó los pies de la cortina, maulló al cruzar sus patas sobre el sofá, se estiró junto a la mesa, dio un pequeño salto hasta la silla del comedor, desde allí plantó su mirada sobre mis pies y cuando quise fijar mi vista en él, dejó caer sus ojos y saltó hasta la ventana, giró su cabeza y abrió para mí dos soles oscuros que se tragaron mi luz.

 

Cosas que uno escucha en la fila detrás de la caja en el supermercado: la mujer dice, te amo, te seguiré amando, pero mi amor no incluye la fidelidad.

 

Otra vez la abuela muerta viene a preguntar por los que prometieron morirse con ella, yo le ofrezco mi ignorancia y ella responde con un gesto que agrieta el vidrio antes de que el frío lo atraviese. Amanece más pronto que antes, y antes, antes todo se rompía sin dolor de piel porque la muerte era, era algo de lo que yo no sospechaba, ahora, ahora la veo tan cercana y diligente que prefiero la ignorancia al conocimiento de la abuela.

 

Soy líquido, acuoso y espeso, una ligera y lejana colina de agua se sumerge en mi cuerpo.
La piel, la mía, no se duele al reconocerse recipiente, los huesos no se talan a sí mismo por observarse columna que da forma a un cuerpo.
He usado sombreros extirpados a la fuerza tibia de la luna, pálidos anochecen su borrasca, me piensan y sucumben al sol que los ignora.
Soy tú, quiero ser tú, suponer tus exigencias y pedirlas, dar pasos valientes sobre la grieta y al caminar bajo el ocaso tener por certeza el amanecer que sigue.
Aprecio tu oído y tu mirada transparente, me escuchas y me ves, sin ánimo de crítica, sin inteligencia presumida o torre de babel exigiendo un lenguaje, una lengua escrita.
Reconozco tus horas de navío cercenando olas para dar cabida a mi canoa de milagros incumplidos.
No soy un árbol o una roca, me suplanta la lluvia.

 

Ha vuelto a mi casa la primera amante, sus preguntas las ha respondido ella misma. Tomamos café en el balcón, nos alegramos de la memoria, recordamos lo simple y apostamos por una oportuna risa. De un bolsillo oculto en su bolso sacó una fotografía desteñida.

 

Tu palabra es urgente y necesaria. Tu desnudez no abre puerta alguna. Caes sin ser tú, y te levantas siendo tú misma. Mi mano, mi voz, mis ojos, son imaginados por tu nombre, te llamas sorpresa y dentro de ti todo se sostiene, incluso yo que vivo fuera.

 

¿Dónde estás? En el lugar donde me extrañas. ¿Cómo puedes hacerme falta si estás ahí? Solo cuando ocurre de esa manera es real. ¿A dónde vas? Lejos de ti, y sin ti, porque solo de esa manera puedo llegar a tu interior.

 

Tú juntas orillas, atas botones, cierras cordones, obligas al borde superior la cremallera, das forma a lo que cierra, ocultas la página blanca, tapas la página escrita y toda tu piel desnuda es arrojada a la interioridad de tu ropa.
Yo, en secreto, como suceden estos pensamientos irresponsables, al contrario de ti, pienso en desnudar, soltar, abrir, ver, leer, escribir sobre tu piel, en tus lugares de silencio, a donde la lluvia de ducha lee tus bocas secretas.
Acá entre nos, y sin que sospeches, tú cierras de ti lo que yo memorial imaginario abro para mí.

 

Yo impertinente, tú descortés,
yo tímido, tú espontaneidad,
Yo lentitud, tú agilidad,
así, sin más, el uno del otro,
Yo de repente, tú de siempre,
Yo culposo, tú sin atar,
Así, sin más,
tú olvidar, yo huir.

 

Ella comprendió rápidamente que su voz había calado hondo en mi gusto, continuó hablando con sus amigos al tiempo que yo la oía sin tener certeza del significado de sus palabras. En la mesa junto a la de ellos yo simulaba leer, había perdido la concentración y me era imposible seguir las líneas en la página. Al terminar sus frases miraba hacia mi mesa, quizá temía ser descubierta por sus amigos. Yo trazaba tímidamente una línea imaginaria desde mis ojos hasta sus manos, ella las movía insistente al ritmo en que se sucedían las palabras en su boca. Se levantó por una servilleta a la barra del café, yo la seguí, fui a pedir una nueva taza, nos encontramos en la barra, le dije, a veces dejan poemas de amor en las servilletas, respondió, ojalá me toque uno, tomé la hoja y escribí para ella, ahora que te conozco sé que siendo Dios crearía nuevamente el mundo para hacerlo según le plazca a tu antojo. Sonrió, me devolvió la servilleta con su dirección e-mail, dijo, envíalo a mi correo, allí lo leeré mejor.

 

Te sucedes imperceptible en mis horas del mismo modo en que la luz se persigue así misma en la sombra.

 

Me gusta tu imperfección; gracias a ella quepo exacto en tu vida.

 

Temo, con silencio culposo, que sembraré una distancia suficiente para extrañarte sin que la fuerza de para buscarte.

 

Ella sabe que la mesa no es muy alta pero su estatura no le permite erguir más su cuerpo, así sus senos, al acercarse, descansan sobre la tabla, solo lo reconoce al comienzo pero la conversación la entretiene y se olvida de sus senos descansando, bien puestos, sobre la mesa. Alguna de las personas, no sabe quien, mueve su pierna y con su movimiento se estremece la mesa, ella también y tímidamente sin que pueda evitarlo, bajo la blusa, una fuerza cambia la forma de su blusa.

 

Otra vez la mujer del librero ha puesto besos entre las hojas de los libros. El esposo le ha repetido que la gente que roba libros no se roba sus besos, no sabe él que ella pone una nota con hora y lugar para ofrecer su boca.

 

A la mujer del bar le duelen los orgasmos. Esta noche han quedado con el mesero en salir y terminar la noche en su apartamento. Yo vengo desde la farmacia con el domicilio, unas pastilla para ese tipo de dolor. Antes de que yo llegue a la barra, sale a mi paso y toma la bolsa con la medicina. Solo debo entregar el servicio, no recibo dinero y esta es mi última entrega. Pregunto por los precios, me parece costoso para mí salario, el antojo de una cerveza en el lugar me convence y voy hasta la barra. Pasan un partido de fútbol. La mujer del bar y el mesero cruzan secretos son cerrar los párpados. El lee, está noche seré tuya, ella piensa voy a disecarte si me duele tanto como antes.

 

Una canción se amontona en el oído ajeno, un desconocido se da una vuelta de tuerca en la oreja, escucha música, esa es mi impresión al verle audífonos conectados en sus oídos. La camiseta negra ha observado varias veces el interior de la lavadora, más veces de las que pudo haber estado registrado en las advertencias sobre el lavado de la prenda cuando fue comprada en la tienda. El pantalón azul mantiene una oscuridad nocturna que le debió ser cedida desde su gestación en la fábrica. La rudeza de los zapatos negros es minimizada por unos calcetines de color gris que se asomaron bajo el pantalón cuando dobló la rodilla hace unos minutos. El desconocido entierra su mirada sobre el vidrio en la ventana del bus, el vidrio no le devuelve la imagen de su rostro, aún así, aunque lo hiciera el muchacho no se fijaría en lo que el vidrio pudiera mostrarle, sus ojos quieren un atajo que los acerque a la mujer que recuerda de un tiempo en que sus aciertos por ella eran mínimos

 

Invisible, es un adjetivo para referirme a mí en tu memoria, no me ves, no me oculto, tu sol me sobrepasa transparente, mi existencia está cedida al lado oscuro de tu luna.
Inevitable cruzo la línea permitida y caigo vencido ante el ataque de tu indiferencia, entonces vuelvo a mí, al derrocamiento de mi impulso.
Las horas frágiles exponen al viento una llovizna de pequeñas miradas a las que sucumbí cuando eras una imagen en mis ojos, una llovizna atómica, imperceptible en tu tiempo

 

Hay amores condenados al abandono mucho antes de iniciar su existencia. Aunque, y quizá es del todo cierto, amar es abandonar un poco aquello que fuimos, aquello que seríamos si el camino hubiese sido otro.

 

Un día yo habré desaparecido y tú ni siquiera me recordarás, es más, hoy por una suerte azarosa que trae la lluvia, pienso que me olvidarás antes de mi desaparición. No logro desanclar de mi pecho una cuerda que toma notas de cada vibración que ocurre en él, y sus notas son amargas. He puesto sobre tu nombre todas mis derrotas, se me antoja erguir sobre ti cada una de ellas, quizá con tu desaparición también se evaporen los dolores antiguos, los que se acumularon en los ojos llenándolos de arena movediza.

 

Sonrío asombrado de pensarte.
Me asombro de los celos que se anuncian en mis ojos cuando pienso que no estás y entonces imagino otros pasos que alivian la fatiga de los tuyos. Sonrío de los celos que me angustian en modo tal que cualquier certeza es quebrada por la duda y la duda misma es rota por acertijos lógicos. Aprecio saber que provocas en mí una pasión que en otro momento me apenaría, claro está, ahora cuando apenas se de tí y tus espacios, cuando tus bosques me son ocultos es una bonita manera de saber que me abruman los sentimientos que nacen hacia tí.

 

Otra vez la gitana se niega, pone su pañuelo en mi mano e insiste en tomar café sin hablar del destino. Yo sospecho que las líneas en mi mano no hablan de mí sino de ella. El café nos permite una larga charla, ella vuelve a mi mano y la pone en su rostro, sonríe y besa largamente la palma, luego me dice, no lo sabes, no lo notarás pero nos estamos acercando a los ríos que dan vida a la selva, a nuestra voz de bosque y lluvia.

 

Te veo etílica con voz de sangre, no puedo acercarme platónico a tu periferia, me es imposible no atreverme a tus feudos.

 

 

Ahora vivo invencible en tu memoria.

 

No sé si estabas lejos cuando decidí medirte con silencio e indiferencia, pero me es necesario que lo sepas, una indiferencia de Alzheimer y un silencio de mimo se congregan para olvidarte.

 

No espero de la esperanza algo concreto, con la financiación del corazón espero obtenerlo todo

 

Yo no volveré a ti porque la casualidad no querrá nuestro encuentro, seguiré amándote y mantendré en silencio esta ansiedad con la que cubro tu nombre. No lo sabes, y no ha de importarte, digo esto porque te amo y sé que nada nos une porque tú no te atreves a decir en secreto mi nombre.

 

Hay varios regalos en mi casa que te recuerdan o es al contrario, te recuerdo porque hay regalos en mi casa que fueron tuyos. Cosas así pasan mientras la noche da dos vueltas sobre si misma.

 

Esta noche algunos recuerdos parece que estorbaran dentro y la memoria decide sacarlos, hace muchos años una mujer me afeitaba el rostro, ella sentía temor y no quería cortarme, es una escena no imaginada, real, ella tomó la cuchilla y empezó a hacer lo que yo hago a diario, temblaba, y sonreía, yo la veía y amaba como lo hago ahora ese momento. No sé si antes o después, ella apretaba mi mano, se dolía por mi dolor, a mí me dolía el cuerpo y ella no podía quitar ese dolor.
La recuerdo ahora, y me gusta imaginar que esa mujer me recuerda aún.

 

La vecina vino hace poco, esta vez me dijo que tenía la impresión de que había una humedad en mi baño y se filtra al de ella, en el piso debajo del mío, me pidió ir a ver para asegurarse de poder hacer algo para resolverlo. Estaba descalzo, le dije, dame unos minutos busco unos zapatos, repitió varias veces, baja así, no te vas a lastimar. Apenas me dejó tomar la llave de la puerta y sentí me empujaba hacia las escaleras.
Vino con una blusa blanca, sin lugar a otra ropa debajo de ella, me fue imposible caer en la tentación de verla con pasión, traía un pantalón de pijama de hombre, uno mío con el que se quedó alguna de las noches que se quedó conmigo hace un par de meses.
No hay humedad. Estuve un par de minutos en su baño. Demasiado cerca el uno del otro para no caer. Dijo, ves, no hay humedad, tenemos que resolverlo. Su celular sonó, me dijo, vuelve más tarde, es mi mamá y hablaré bastante con ella, si no vienes yo iré.
La película sigue. No termina aún.

 

Si me ves inquieto y absorto en pensamientos, si me ves caminar y hablar solo en la calle, si me ves tímido ante la mañana y agitado ocultándome en la noche, es que estoy rescatándome a mí mismo.

 

Ese dolor que traes entre los dedos y viene desde tu boca, ese dolor que sufre de espanto y cae sin redención sobre las repeticiones, ese dolor me conmueve pero no evita el sentimiento.

 

La luz de la vela tiembla, ella se acerca a tus orgasmos, su movimiento nace de tu agitación.

 

Si no existieras sería necesario y urgente inventarte para que algo me sostenga en el mundo.

 

Hay días en que no te extraño, son los peores porque paso el día desconectado de todo sin una pregunta que apague la claridad de mis dudas.

 

Decir «he vuelto» es una manera de negarse, de mentir, para empezar, el que vuelve es otro, y todos los lugares mudan sus formas.

 

Tú abres los ojos y recuerdas tu presunción de inocencia, dices para ti misma, si el mundo ha desaparecido no es culpa mía, yo anoche lo dejé hecho, y mis sueños no son tan sediciosos como para destruirlo de un parpadeo. Tú repites la mirada y ves todo rehacerse, incluso me ves a mí, tímido desde la puerta buscándote.

 

Hay citas postergadas pero inevitables. Cada cierto tiempo, sin que uno lo sepa nos dan un nuevo tiempo para cumplir, claro está, y es doloroso saberlo, el tiempo se acorta, la llegada de la cita no puede alterarse, y la postergación no es una opción a la cual pueda accederse. Así estamos, tú allá, yo aquí, los dos sin posibilidad de enumerarnos en pares.

 

La única razón por la que voy afuera con el propósito de descubrir el mundo es que estoy seguro que tú siempre me esperas.

 

Venias a mi casa y dejaba hilos de colores en mis libros, con una aguja cosías algunas palabras en las páginas, y cuando preguntaba el motivo por el que lo hacías me decías, es para que sepas que entre los dos las palabras se atan sin razón aparente y si quieres soltar aquello que ha estado atado, quedará una huella que no puede explicarse.

 

He visto al árbol atar su mirada al vuelo de los pájaros,
sacudir su cuerpo ante la presencia del viento,
hilar su voz al silencio del azul etéreo,
abarcar la tierra con su temblor aéreo.
He quebrado el espejo acuático con una piedra,
doblado el agua entre los dedos de la mano abierta,
entrenado el ojo veloz en busca de la felicidad líquida,
sumido en oscura tentación el cielo de agua.
He marcado con la piedra la planta de mis dedos,
lanzado con flechas el polen de la tierra al viento,
erguido una ruta que va del polvo a la arena,
agitado marcas ante el paso herido que resume dudas.
He hablado en secreto al bosque,
pedido instrucciones al agua,
agradecido la ayuda de la tierra,
para que tus pasos y los míos se encuentren

 

Tú sueñas conmigo y temes que la distancia que en el sueño te protege desaparezca y yo te alcance.
Tú despiertas y te aferras al sueño porque a veces encuentras más cercano a ti el sueño que la realidad que te rodea.
Tú te sorprendes al encontrarme en lugares tuyos a donde solo ingresan tu memoria y tus pensamientos.
Tú sonríes y de pronto comprendes que una línea invisible me lleva a hasta tu boca.
Tú reconoces un sabor a otra voz en tu palabra y crees que son de una página hecha de árboles que nacieron en mi huerto.
Tú reconoces la tristeza en el vidrio de tu cuarto y piensas en la mía, sabes de una sabiduría antigua que al igual que la mía es una tristeza transparente.
Tú caes en silencios que desbordan el entorno y te fatigas de la presencia de los otros, entonces caes en mi nombre y te agitas conmigo silenciosa.
Tú das vuelta a la luna y evitas la plata que la cubre, das un grito en el lado oscuro y te detienes a ver el mundo desde lejos hasta que me encuentras siendo tu eco.
Tú odias la rutina gaseosa y te desprendes del hastío planetario que lleva a la costumbre que escupe el comercio, tú das un paso hacia la cordura y te alejas del mundano medio que obliga a las masas.
Tú tienes como yo la edad de la literatura

 

Tu beso me es urgente, por eso no vigilo mi prudencia.

 

La abuela me regaló un espejito en el que se miraba los ojos cuando la luz de la madrugada abarcaba completo su cuarto, y me decía que tuviera claro que igual que en el espejo las personas solo aparecen cuando en él se ven, así en la historia uno solo aparece cuando se asoma en ella, pero igual que en el espejo uno desaparece de ella sin posibilidad de volver.

 

Ante el encuentro de escritores y aficionados a la literatura, el diablo pasa y dice, gran favor les haría un kamikaze a estos potenciales suicidas.

 

 

Antes de ser pronunciadas estaban rotas tus promesas, ocurre eso cuando se teme al encuentro.

 

En la tienda, el niño pregunta, ¿Vende buenas noticias? El que atiende le responde, los dulces de color rojo están con descuento. El niño le responde, eso no es suficiente. El que atiende le dice, lo demás son gratis.

 

Existen la tierra y el sol; tú estás para reunirlos. Existen el mar y la arena; tú estás para convocarlos. Existen el futuro y el pasado, tú eres el presente que los une.

 

Me duelo, hormigas afiladas cortan con sus patas el camino recorrido por la sangre, solo se nota en mi rostro un silencio sereno. Usted no sabe de ni dolor, y está bien esa ignorancia, supongo yo que si lo supiera igual no haría nada y eso sería indiferencia. Sabe algo, sigo callado aquí al lado donde usted no me ve, en este lugar al que acudo a encallarme.

 

Después de cierto tiempo queremos el anonimato, la placidez de los no nombrados, sin embargo, alguien aprendió a extrañarnos y nos busca, su búsqueda impide que seamos nominados invisibles en la calle.

 

Hay quienes compran fronteras y miden con ellas lo que creen es el croquis de su forma, relatan un culto en algún lugar de su periferia y someten a todos a pasar por el peaje cultural que han inventado para permitir el paso de los otros. Sus medidas y el nombre de sus fronteras han sido alquiladas por el miedo, quieren evitar ser atravesados por la cultura de los otros, no quieren ser amados en el fondo, temen a la palabra y la música ajenas. Son así, temen ser observados dentro de sí y huyen de la manera más simple, comprando fronteras de miedo para evitar la entrada de los otros.

 

Hay quienes necesitan de la exageración para soportar su pereza, toman un instante de amor, una relación y la sacralizan, toman una resaca mínima y la ponen en la piedra de sacrificios, necesitan de sus exageraciones para sobrevivir al tedio que le producen el televisor y la familia.

 

Quiero ser más que un dato biográfico en tu vida.

 

Igual que el árbol en otoño, el barco se desprende de velas y de remos, aún así, mantiene dentro la brújula, y como el árbol también sabe que es un instante más, pronto volverá el movimiento

 

No me hace gracia la muerte, llegar de pronto y sin más desconectarnos del sueño para devolvernos al lugar en donde la realidad espera.

 

Me dijo, te amé con convicción tardía, es decir, ya no había tiempo de recuperar nada cuando me di cuenta de que estaba convencida.

 

Todos somos un amor imposible para alguien, todos tenemos un amor imposible. La vida juega dolorosamente al equilibrio.

 

A veces la gente cree que al escribir un libro deja huella, pero la verdad por ese camino muchas solo dejan un tachón

 

Sí un día pudiera ser otro quisiera ser tú

 

Yo estuve en las mil y una noches, y salí muy triste de ese libro porque tú, a quien buscaba, estabas en la página siguiente y no te alcancé

 

En la ciudad de los paraguas largos navíos cruzan sus velas por el asfalto y dan tres y cuatro azarosos asaltos antes de huir.

 

Esta noche abrí el libro que me prestaste y entre sus hojas encontré un beso que dejaste de manera desprevenida, y sin poder evitarlo dejé el libro sobre la mesita de noche para que en el sueño me alcance tu beso y me lleve a ti.

 

Todos los árboles te nombran, la tierra ha sembrado en ellos tu voz.

 

Usted no lo sabe, y quizá si lo supiera no intentaría provocar mi ira, me es permitido un momento de furia cada año, y durante milenios no ha sido necesario para mí levantar el puño, entonces, sumada esta fuerza, si me lo propusiera, rompería su silencio y eso, no lo sabe usted, le marcaría la cara para ser recibido con odio en el infierno.

 

Yo estoy enamorado, la miro a los ojos, le sonrío timidamente, ella habla, su voz encuentra lugares inéditos que le responde con el eco de mi tierra. Mueve sus manos, yo enumero sus dedos, apuesto por el número de pecas en sus hombros, juego mentalmente con su cabello, ella sigue, la amo, no creo necesario decirlo, sé lo mucho que se nota.
Ella mira a mis ojos, los observa gaseosos, pregunta, respondo, no es suficiente la respuesta, se olvida de la pregunta, se fija en mi boca, da una vuelta de ojo, da otra vuelta, insiste en otra pregunta, es una conversación con el tono de la duda, no me comprende, no sé explicarlo, la amo, no nos importa en este momento.

 

Deja de creer que no hay una segunda o una tercera oportunidad, solo hay una, y esta oportunidad se mantiene dispuesta para que la alcancemos cada vez que la buscamos. Ten fe en ti mismo y la oportunidad se abrirá a ti cada vez que quieras, esto es lo que te ofrece la humanidad, la humanidad es esperanza, está hecha de lo que esperamos, de lo que queremos, cree en ello y sentirás que esto te diferencia de los otros, de los que creen que las oportunidades se pierden. Ten fe, cuando tienes fe en ti mismo, la humanidad sigue existiendo, cuando la pierdes, la humanidad se extingue.

 

La esperanza es algo bueno, y lo bueno nunca muere.

 

A veces, muchas veces, raramente, yo vivo en un lugar lejano, yo vivo lejos de mí mismo y los demás, esos otros a los que saludo suponen y creen fielmente según ven sus ojos, creen que vivo aquí, en este lugar al que le llamo sueño.

 

Uno se desprende tibiamente de las cosas sin reconocer que tibiamente no es una manera de desprenderse.
Uno cree a ciencia cierta que no es el centro de nada, sin embargo, necesita centrarse en sí mismo para lograrse.
Uno vuelve, va, mira y vuelva a mirarse, la vida no es un espejo, no se ve lo que uno es, más bien una espera por la cual uno quisiera ser uno mismo.
Uno mira a los ojos y es mentira que los ojos digan algo, no vemos nada, no vemos más allá que una intuición ajena, de la que nos hemos apropiado y creemos que nos pertenece.
Uno quiere llorar por aquello de que las lágrimas limpian pero realmente empañan, empañan más de lo que limpian.
Uno sabe que se ha desconectado de las cosas y de la gente, aún así tiene que mantenerse alrededor de ellas.
Uno quisiera decir que está enamorado y no tener que imaginarlo.
Uno quisiera imaginar que también existe el odio y sabe también que puede ser una mentira.
Uno va desprendiéndose de sí mismo.
Uno camina, habla solo y se apena cuando la gente lo nota, claro que uno sigue, y a la vuelta de la esquina continúa su conversación propia, no como monólogo en teatro, hablar con uno mismo de manera sediciosa.
Cada cierto número de veces, cada cierto número de voces, cada cierto número de palabras, cada cierto número de letras hay un naufragio. No hablo de naufragios en el mar, de balsas en lagunas, de barcos en los ríos, hablo de naufragar de verdad, de caer en uno mismo y no poder zarpar a ninguna parte, sin poderse rescatar de lo que se vuelve uno mismo.
Uno va por ahí dentro de sí mismo convencido más de lo que dicen los otros sin darse tregua para mirarse sin prisas, para mirarse pronto y reconocer que en uno mismo son necesarios tanto la fuga como el cuarto oscuro al acecho, el barco en danza sin límites sobre las olas, la seca arena observada desde lejos.
Uno va por ahí, pensando estas cosas mientras una joven bella, la más hermosa, se pone los patines antes de pasar a rodar sobre la pista y cuando ella me pregunta, ¿Por qué no hablas? Yo le digo, solo observo a la gente

 

Los dos hombres seguros de la sentencia de muerte enfrentan el momento antes de escuchar el estruendo. Cada uno piensa en el pelotón de fusilamiento y mira al frente. Uno de ellos le dice al otro, son muchos, mira tantos fusiles dispuestos a dispararnos. El otro solo atina a decirle, no importa cuántos, solo una de esos disparos va a matarnos, entonces, no deben importarnos los otros, y cómo no sabemos cuál de ellos disparará primero no vale la pena que nos importe si son muchos o pocos, va a matarnos cualquiera de ellos.

 

Ahora que despierto en la madrugada y te encuentras a mi lado sudando un poco de sueño, hiriendo el aire con tu respiración serena, es ahora cuando me parece que el tiempo nos da treguas y detiene sus pasos antes de ofrecernos a la muerte. Tú eres la tregua, por ti el tiempo deja pausado su reloj y yo puede gozar el instante sin que el reloj tenga movimiento.

 

Ella dice, me he hecho promesas que voy a cumplirme contigo. Luego me besa.

 

A donde van los besos que sueña tu desnudez conmigo allá va también mi noche a sumarse a tus dudas.

 

Ahora que está prohibido besarte, y quiero acercarme un poco a tus labios, te pido que pongas tu mano en tu boca y yo besaré la palma de tus dedos pensando que son tus labios. Tú me dices, mis manos son invisibles, aproxímate, la palma de mi mano evitará el beso. Lo hago y, bueno, ahora sé que mientes.

 

Uno va por ahí, sin los pasos perdidos porque ya ha reconocido que solo está perdido lo que se busca, da dos pasos y suma una calle más al uso dado a los zapatos. Escucha una sirena no marítima, una ambulancia chilla, ese sonido produce miedo, desaparece, uno sigue caminando.
Junto a la esquina, o en la esquina, o al lado, hay un lugar abierto, la puerta conduce a unas escaleras, las escaleras al piso que sigue, luego una puerta se abre para dejar dispuesta una gran sala donde hay mesas dispuestas.

Ofrecen sushi, una muestra gratis, uno se antoja y mientras tanto un escritor se prepara para leer los versos de su libro. El mesero recoge el pedido, el cocinero se esfuerza y pronto la mesa está servida.
Uno da pasos verbales, deja cruzar la comida por la boca y la mesa queda abierta.

 

Despierta para soñarme.

 

Contigo una timidez de piedra me pone un poco silencioso y me apago detrás de mí sombra.

 

Estamos a cinco promesas incumplidas para la reconciliación.

 

Para dejarlo claro, no puedo aceptar los besos que dejaste empeñados en los labios de los otros. Ella insiste, él reclama. Ya los diste, son de nadie, no existen, menos van a ser míos. Ella reclama, ahora me decías que me amabas desde siempre y yo quiero darte los besos desde siempre. Él intuye un sarcasmo, y le propone dejar la charla en ese punto.

 

Acá entre nos y muy en secreto, te extraño diariamente desde el ocaso en el que se despierta la madrugada hasta la noche cuando el sueño vuelve roca al cuerpo, pero como tú bien sabes, siempre quise tener un secreto que me fuese propio, sin que alentara indiscreciones por parte de los otros, es por eso que extrañarte me produce melancolía al tiempo que alivio.

 

Para ser precisos, soy parte de esa mayoría que se sucede indiferente en tus ojos, esos otros que no hace parte de cálculo amoroso. Siendo así, y ya que la exactitud lo permite seguiré como el polvo de arena evitando que en tus parpadeos me hagas tormenta.

 

Hay mujeres a las que la víspera de la procreación no les sucede porque ellas quieren primero conocer uno a uno los espermatozoides que irán en gala ciega tras la madurez de sus ovarios.
Hay hombres cuya maduración ocular se queda en vidrio infértil porque duermen en fatigas mentales el movimiento físico que debería aproximarlos al orgasmo que se da en la víspera que da paso a la génesis.
Ahora, para ser exactos, no es imperativa la madurez del ovario para que la víspera produzca orgasmos que dan gozo.

 

Ella me pregunta, ¿Sí tuvieras el poder de hacer lo que quieras en una noche sin que nada se te niegue, qué harías?
Le digo, haría el amor contigo. Ella responde sonriendo, que pronto se conceda y no dejes que se acabe esa noche.

 

Van veinte minutos sentado en el borde de la cama esperando a que llames, miro el reloj en la mesita de noche y con él cuento los minutos, se me ocurre que tu mamá te ha prohibido llamarme y estás buscando un lugar oculto en tu casa para hacerlo. No vives con tu madre pero esa me parecería una excusa válida.
Podría ser que tú esposo insista en saber con quien hablas y estés esperando a que él salga a la calle a comprar, digamos que el pan para mañana pero también sabes que en la alacena hay del que trajeron el fin de semana del mercado. Esta idea me gusta menos y tampoco es cierta.
Han sumado unos minutos más al reloj, yo los he contado, lentamente en el mismo modo en que un tic olvida que viene un tac porque el reloj es digital y no hace ruido alguno. La señal de la telefonía ha estado fallando, no es que me guste esto de hablar mal del servicio que prestan estas empresas, eso sí es cierto que muchas veces, más de las que uno quisiera justo cuando se trata de una llamada importante y urgente, el servicio hace “crash” y la señal se pierde en el nebuloso horizonte de la noche digital a la que nos aproximamos. No es, no es la empresa de telefonía, me hubieras podido llamar al teléfono fijo de la casa desde la línea fija de la suya.
La idea de enviarte un mensaje es la mejor. Varias letras después el mensaje se ha ido. Un minuto después llega la respuesta. Aún estoy en clase. Solo puedo llamarte al salir. De todas maneras iré a tu casa esta noche. Haz café porque debo estudiar para mañana. Ahora iré a la cocina, dejaré el agua lista en la cafetera y pondré unas galletas sobre la mesa.

 

A veces creo que no he mutado nada en los últimos años, me quedo en el espejo y encuentro alguna arruga o una cana pero eso es apenas maquillaje, en lo fundamental, lo que considero mi esencia, pienso que sigo siendo el mismo. Y voy adquiriendo una memoria de mí que se queda estática, con la cual más me gusta pensarme, así voy divagando hasta cuando digo que he dejado de amarte, igual no le doy mucha importancia porque sigues siendo especial, muy especial para mí y seguro te amo de otros modos aunque no tengamos contacto de ningún tipo, pero, después de esos pensamientos caigo en cuenta de esto, ya no me importa si me amas, y entonces tengo que aceptarlo, he cambiado, y mucho, solo después de hacerlo en lo fundamental podría dejar de importarme que me ames.

 

Del periódico impreso me gusta su finitud que me permite abarcalo completo, en cambio leer el periódico en Internet, me produce una sensación de buscar en un barril sin fondo que me irrita.

 

Ahora lo recuerdo, te gustaba poner tus piernas alrededor de mi cabeza, tapar con ellas mis oídos y decir, escucha la música dibujando ondas marítimas en mi piel. Yo de verdad te escuchaba, una voz de árbol y de fruta, de vino merecido en la batalla, me acercaba a tu vaginal acento y tú grito antes de morder tus labios decía, sé tu dentro de mí

 

Ven con tu esperanza, ven, juntos lo haremos posible.

 

Somos menos que un pulso atómico en el reloj del universo, aún así prometemos amar por siempre. Por siempre, es un asunto tan devaluado, tan poco cierto y difícil comprobación. Así, pensando en estas cosas mientras doy un paso atrás en la ventana y abro la cortina, pienso en amarte un poco más, solo un poco más, para que no requiera esfuerzo ni desazón, como esas promesas que se dan porque lo prometido ya está. Te amo, apenas ahora, para también saber que es poco lo que tengo que olvidar dado el caso que nos alcance el olvido.

 

Me dijo, sé que te amo y las razones no importan, saberlo es suficiente, sigue aquí.

 

Mientras la lluvia artificial sucede en lo alto del techo, yo me desprendo atómico sobre tu pensamiento y llego igual que las gotas a los lugares donde viaja tu cuerpo

 

Hay quienes quieren hacer sentir culpable al otro para que aún les quede el perdón antes del olvido.

 

Uno vuelve con devoción antigua al bar de siempre para ver a la mujer del bar que uno ha decidido incluir en la noche de amores imposibles.

 

Tomas tus memorias y las juntas en tus ojos,
Detienes los párpados en la mediana de tus ojos
Rompes la distancia mirándome a los ojos
Llegan a mí tus ríos en pretérito
Eres la geografía hídrica en mis ojos líquidos

 

El hombre le reclama a Dios porque las obras de maldad han superado a las de bondad, Dios le dice, te he dado una tierra fértil, todo lo que siembres en ella florecerá, eres tú el responsable de la semilla que pones en la tierra.

 

Hay un instante en que tu belleza se ufana de encender con éxtasis mis ojos. Tomas la pijama, te vistes con ella, y pasas formal hasta la cama, sonríes entera y encuentras tu lugar debajo de las sábanas con la certeza de que unos minutos después tu desnudez evitará la formalidad de la tela y yo comprenderé que amarte es un lugar invisible en que construyes tu belleza.

 

Pongámoslo claro, usted va casi a diario a un lugar al que llama lugar de trabajo y está en él más del tiempo del que dedica a las personas que ama o del que utiliza para dormir.
Tarda quizá dos horas en el transporte para llegar a ese lugar, y solo por preguntar, como quien hace preguntas ingenuas:
¿En ese lugar, cuántas actividades se programan con el único propósito de que usted sea feliz?
¿No le parece una falta de cordura de su parte mantener esa costumbre sin inquietarse de manera alguna por su falta de tino al asistir a un sitio en donde nada se hace para su felicidad?

 

Ella, a diario, cortaba trozos de las cortinas y del mantel en la mesa, tomaba del costurero de casa hilo y aguja, luego venía a mi casa y me decía, voy a coser lo que esté roto o rasgado en tu corazón. También sabía que su presencia todo lo sonaba.

 

He convenido con el viento a que antes de que digas verso yo pondré un poema en tu oído. El viento ha comprometido su velocidad para llevarlo antes de que la O en tu boca tenga forma de beso. Cuando dijimos beso, discutimos porque el viento al igual que yo quiere besarte. No llegamos a acuerdo, no hay verso, poema ni beso

 

Uno va por ahí, equivocándose y avanzando, tropezando y aprendiendo, dando una vuelta de más o cruzando ágil por los caminos, unas veces bien, otras mal, así va uno creyendo una y otra cosa, hasta que se da cuenta de nada y todo ha terminado

 

Con un poco de suerte las flores caerán en combate y en el jardín será instaurado el régimen de una fuente de agua.

 

 

Debió tardar varias semanas en hacerlo, tomó los libros de mi biblioteca y borró en cada una de sus hojas la palabra “amor”. En el diccionario la resaltó con una línea debajo de ella, en la página dejó una nota, es la única definición de amor que conoces, las demás, las de las historias son mentiras para ti, y el diccionario es la expresión de algo que aún no tiene sentimiento.

 

Inquieta por mi mirada descansa de su silencio y jugando con un lápiz entre sus dedos dice, cuando me ves de ese modo estás buscando la poesía que cada noche dejas en mi cuerpo. Debes saberlo para encontrarla has de venir a hurgar dentro de mí hasta que la palabra sea un gemido.

 

En esta bolsa de imposibles no caben más cosas tuyas

 

Le dice la noche al espejo, solo para que lo sepas, tú, nadie más, y guardes el secreto, a veces extendemos murallas, alquilamos nieblas espesas, sembramos ruidosas tormentas y labrados caminos en espiral que dan vuelta a sí mismos, todo eso para que los hombres supongan que hay algo oculto afuera y vayan con su curiosidad a descubrirlo, nuestro propósito es que salgan de si y no vean que toda la verdad la llevan dentro.

 

Tú no sabes si el recuerdo del primer momento en que sucedimos lechosos él uno para el otro es cierto, o si inyectaste en tu memoria esas imágenes y cosiste el instante para decir que fue una noche mientras todos bebían vino y tú tomadas café cuando nos conocimos.
Te hace falta saber que hubo un inicio porque de otra manera yo estaría aquí sin una raíz que me conecte en la historia, como un ángel que llega de pronto y es todo alas y música de voces, pero tú no crees en ángeles. Es por eso que vuelves al instante aquel para impedir que trepen a tu mente ideas sobre seres sin principio y fin en tu vida.

 

Ella dice, siempre me cae la noche en tu cama y la madrugada me duele en los ojos, te congregas para calcarte en mi sombra y las ojeras dan cuenta de las horas que pasas alentando mi verbalidad en la piel.

 

Con la serenidad de quien sabe que en el amor pesan por igual la victoria y la derrota, un día estarás a mi lado para seguir libres, siempre el uno con el otro.

 

 

Te quiero, acá en la esquina del sofá en donde me siento a esperar el sol en la mañana del sábado.
Te quiero un poco más, cuando cruzo urgente de una orilla a la otra en la cama y sé que ignoras esta mi manera de buscarte.
Te quiero tras la sombra del árbol de templos marítimos agrietando el oído con sus olas.
Te quiero ahora, no mañana o más tarde, en este instante cuando la noche dice mudez y le responde el silencio.
Te quiero, cuando abro la nevera y encuentro junto a la caja de leche una porción de arequipe.
Te quiero, así sin predicados en la oración y sin adjetivos, nada más, solo así, y espero que sea suficiente.

 

Lugares públicos.
Ahora, cada día, en un sitio público he dejado una carta. Imagino a quien la encuentra leyéndola y compartiéndola con algún amigo. Dejaré de hacerlo cuando un día tú me digas que uno de tus amigos te ha compartido una de esas cartas.
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Durante las últimas semanas, en diferentes lugares públicos han aparecido suicidas, paraderos de buses, bibliotecas, baños públicos, parques, calles, plazas, museos; venas cortadas, venenos sin marca de origen, golpes de suerte afilados en la sien y sobredosis.
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La última carta será una de amor. Espero que sea la que llegue a tí, las otras son apenas una píldora para ofrecer la fragilidad de la muerte a quien la lea.

 

Todos los que creen en el amor eterno deben saber que la eternidad es tan fugaz como un instante.

 

Le digo a la muchacha con la intención de obtener su atención y claro corro un riesgo innecesario por la imprudencia de mis palabras, «París lleva tilde»
Ella, que sabe lleva una blusa con esa palabra en su pecho, y el punto de la “i” se aproxima a al zona del pezón, me responde con el desparpajo de quien se sabe feliz, «Se la pongo cuando hace frío»

 

Hay costillas que vuelven a su lugar hechas puñal y solo caben cuando se les cede la muerte.

 

Yo recuerdo besarte y entender mi caricia sobre tu cuerpo, aún así no encontré tu sexo, se ocultaba con tu miedo tras el espejo de la indiferencia.

 

Sé amar en modos imposibles para no comprometer mi recuerdo del amor que seré.

 

Después de un tiempo recibo un correo en que me pregunta si la amé con la pasión que le confesé, y un poco inocente contesté, sinceramente fue así. Ella responde, no extraño que me ames, sin embargo, tengo una envidia irreprimible al saber que alguien ve en mí algo superior a lo que soy y que jamás veré.

 

Algunos prefieren cambiar los peces de la pecera antes que alimentar y cambiarle el agua a los peces. Y así se comportan en el amor.

 

Con la puerta en mi cara se despidió diciendo, no hay amor sin cicatriz. Yo respondí, entonces no había amor. Abrió la puerta y con los ojos agitados clavando espinas me dijo, pues hasta que lo haya, ya me ocuparé yo de tus heridas. Y la puerta repitió el tono con que había sido cerrada previamente.

 

Ella me dijo, apenas he pasado unos años después de los treinta, no es apropiado que la vejez que has adquirido en los libros me mire con esa sonrisa de letra cursiva usada en epígrafes, detente, si continúan tus ojos sobre mi boca y pasan a prisa a rodear mi cuerpo tendré que ser la mirada con la que apuntas largamente hacia el olvido.

 

Te lo digo ahora, cuando yo muera me voy conmigo. Te quedan los lugares, tu memoria, mis letras, una camisa que quizá olvide en tu casa, los libros que no devolviste a mi biblioteca, las películas que llevé para ver contigo, el silencio de mis ronquidos y no puedo saber ahora qué otras cosas queden después de mi abandono, pero yo, este que te suma deseos y tú rechazas, este que te busca ruidoso tras la lluvia mientras tú cierras la ventana, este al que los labios se le secan acechándote tras tus ojos distraídos, este se va conmigo.

 

Insisto en poblar tu memoria con recuerdos en los que yo exista. Cuando yo muera, si no me recuerdas estaré en tu olvido, y si me recuerdas será esa la única sustancia dónde exista.

 

Tu lengua y la mía en el centro de la palabra dicen beso y caricia. Tus manos y las mías promueven una misión al encuentro mismo donde el diccionario ofrece la palabra abrazo. Mantenemos alejada la abstención y poblamos de humedad y sombra tu nube secreta en donde elevo mi cometa. Así estamos decididos ante la llama, dispuestos a desarmarnos para luego comernos la piel con el músculo del otro.

 

No estoy loco, solo he olvidado que al igual que tú yo estaba ahí, consumiendo de lo que tú te alimentas, dando de lo que tú produces, relacionándome como tú lo haces y sobre todo ciego a los principios que dan a un hombre la libertad.
Lo he olvidado, he decidido talar la cultura en la que reproducen aquello que te venden sin que sepas aún que lo estás comprando, y bueno pues por ese olvido ahora no voy por ahí como tú siendo una cifra más en la número logística de los publicistas que hacen la tarea de los economistas, así es, y la tarea es simple, obligarte a ser aquello que ellos necesitan para mantener el círculo de su producción.
Si lo quieres llamar locura, está bien, con lo que te han quitado de consciencia es normal me veas en estado de alienación aunque seas tú quien lo está. Eso no nos hace diferentes, fíjate en esto, somos iguales porque nos cobija la misma humanidad, a ti y a mí nos acompañan las emociones en cada instante, sin embargo, tú aún sigues convencido de que para mantenerlas en equilibrio debes encajar en una sociedad hecha a imagen y semejanza del que sólo quiere vender para acumular, de quien cree que nos hacemos diferentes y mejores acumulando posiciones y posesiones, desechando pronto, sin dar oportunidad a los objetos de tener antigüedad, ostentando lo nuevo cada vez con mayor velocidad.
Solo he olvidado, desaprendido, talado, desconectado de mí los canales que construyeron para mecanizar dentro de mí aquello que necesitan para ver solo lo que me quieren mostrar, para vivir solo lo que me pueden vender, para admirar solo lo que pueden ofrecer, para leer solo lo que ellos pueden escribir, para que pinte solo lo que ellos pueden entender, para que construya solo aquello que pueden masificar para vender, para que esté conectado en línea más tiempo y tenga oportunidad pronta de reconsiderar mis maneras de ser al antojo de sus cifras y deseo de poder.
No estoy loco solo he olvidado estar ahí en donde tú estás siendo condicionado para vivir una humanidad que no es natural.

 

Esto de ser anónimo tiene sus ventajas; nadie te hace preguntas y a nadie le importan tus respuestas.

 

El mayor encanto de la noche fue la proximidad de tu bostezo

 

Parecía poético escucharla decir que se tejía a sí misma con mis palabras, no era poesía, era cierto. Yo caí en un silencio repentino, uno de esos que se traga la voz en cuarto menguante, entonces lo supe, ella se quedó sin forma esperando a que mi voz la rehiciera.

 

Lo mejor de algunos libros de poesía son sus hojas en blanco, siempre da alegría descubrir que para algunos es imposible llenar el espacio blanco con su boca manchada de tinta sin lengua.

 

Amarte, con eso me basta, porque con eso me amo a mí y es suficiente

 

He comprado el sueño. Me ha costado cuatro unidades de trasnocho. Las ojeras estaban incluidas en el combo. Duermo sin opción, atrapado en onirismo.

 

A veces olvido, no lo hago a propósito pero así son todos los olvidos, se me van perdiendo los recuerdos con una obscenidad de culto, y no logro retenerlos el tiempo suficiente para recobrar la forma de los días cuando en otra vida nos prometimos el amor eterno en esta reencarnación en curso. Tú no crees en eternidades o reencarnaciones, así estamos, yo con olvidos y tú sin creencias.

 

Así como para leer no soy un hombre serio, para amarte tampoco lo soy, acá entre nos, la adolescencia con sus horas y paradojas me cubren azarosas, más ahora cuando encuentro la historia universal escrito en la boca de tus ojos. Y qué tiene que ver una cosa con la otra, nada, de eso se trata el amor, de ir y venir sin ruta o acierto aferrado a las exactas medidas

 

Acordemos la diferencia, yo te quiero para descontar las hojas artificiales en tu cuerpo y acometer delirio sobre el humo de las nubes en tus piernas. Tú me quieres para darle vuelta a la indiferencia y dejar constancia de que podemos contar el uno con el otro.
Yo quiero compartir la cama tendida después de haber resuelto la noche hasta ser objeto de sudor en la fatiga. Tú quieres reconocer el juego de la infancia en la charla abierta mientras sin olor a cuerpo nos sentamos en la cama hecha.
Tú me quieres breve en la distancia y esperas de mí una austeridad en la brevedad de la compañía. Yo te quiero extensa, amplia y profunda como solo puede ser el mar, y entrar en ti dispuesto a sanar mis heridas con la sal de tu sexo.
Tus recuerdos de mí son imágenes en un álbum de momentos, los míos contigo incluyen la sustitución de mis horarios nocturnos por una diurna y cierta imaginación en la que cruzas mi deseo en orgasmos.
Cuando yo digo te quiero incluye la saciedad del cuerpo, la explosión de la imaginación sobre la piel desnuda, en cambio tú dices te quiero con una hermandad sellada en la amistad redonda sin esquirlas perdidas en la noche.
Acordemos la diferencia. Hay una sexualidad mayor en la amistad aunque no se condense la caricia, eso digo yo, mientras que para ti hay una virtud superior en la amistad sin imaginar siquiera el contacto.

 

Después de un tiempo la furia contenida se hace polvo en el recuerdo y una prudencia necesaria emerge del agotamiento, el olvido, igual que el mar con las pisadas en la arena, borra las marcas y deja espacio para nuevas pisadas.

 

Libro abierto en donde el placer es entregado al que entra solo le es permitido su camino, el aroma, la humedad a quien ama.

 

Comprende que las hojas del árbol caen sin distingo de sombra o de forma.

 

Tú destino está escrito y tardarás toda la vida en entenderlo, solo al final cuando es inútil el esfuerzo te será declarado y lo verás preciso y claro. Por ahora ve ciego que el camino te llevará sin falta aunque no mires líneas que conectan el movimiento en el mundo para llevarte al destino que te toca.

 

Tú cabello afila las caricias en tu cuello y mis manos caben exactas para ceder a las heridas.

 

La punta de la flecha es el lugar donde tus labios dan comienzo al cuarto creciente de tu lengua.

 

En los ríos de tus manos, peces de mi noche ruedan y agitan palabras por el torrente de fuego que llega a tu pecho.

 

Hazle caso a tu mamá cuando te dice que me trates bien porque estoy enamorado de ti.

 

Después de las once vino a mi casa, se tendió en mi cama y me pidió ofrecerle solo mi descanso a su lado. Dormimos hasta que el despertador alteró el aire, me pidió silencio, se sentó en el borde de la cama y se zafó la blusa. Media hora después me dijo, siento que me han atornillado las alas. Me acerqué y vi que unas formaciones mínimas le nacían nuevamente.

 

Hay suficiente silencio entre los dos para decorar una distancia insalvable.

 

Mi mano izquierda no sabe lo que hace, es por eso que a la derecha nunca le importa.

 

Yo quería el momento,
la fugacidad del ya,
ella el recuerdo,
la memoria escrita para después.
Nos juntamos en el útero nocturno para darnos movimiento,
ella caía conmigo
yo me elevaba con ella.
Era imposible salir ilesos de la noche.
Ahora tomamos café,
buscamos una excusa para huir
Y nos detenemos sin saber por qué.

 

Cuando mi palabra cambia de nombre y se hace llamar caricia sobre tu piel, tu mirada la sigue atenta, explora cada movimiento, le urge saber a dónde viajan mis manos. Yo presiento tu pupila líquida sobre mi voz y encallo sobre la diéresis encumbrada en tu pecho para volver a nombrar a mi palabra mano y a mi voz boca.

 

Ella dice, nunca estoy desnuda cuando me ves, me visten te ternura y tú timidez. Yo digo, siempre estás desnuda cuando te veo, acaricio tu piel tras cada parpadeo.

 

El azar niega como propio el movimiento involuntario de tu boca y yo presumo de inocente ante el beso que te di. Alguien se jugó a los dados tu beso cansado y sin saber que era conmigo la apuesta la perdió. Ahora ruedas el instante en permanente repetición, juzgas incierta la ocasión y quieres probar tu fortaleza ante mi boca. Perderás, no porque el beso se repita, o quedes prendida de mis labios, hay una imprudencia necesaria que nos empuja a juntarnos, a astillar la periferia y darnos sin saber qué.

 

Busco la desnudez de tus senos en la voz del verso que leí ayer. Enumero lenguas y puentes verbales hasta llegar al número que abre tu botón umbilical. Observó nubes y todas forman la línea de tu caldera para que yo la abra.

 

Llegas a la cama con el silencio salpicado de sugerencias en tus ojos, me miras como si todas las plegarias hubiesen acudido a mi boca, me besas y dices, el beso es el milagro mientras tú lengua ora en mí.

 

¿La palabra esquiva está contigo?
Sí. Me sigue y debes buscarme a mí con ella.
¿Juegas a las escondidas?
Descubrirás más de lo que buscas.
¿Es cierto ese encuentro?
La duda copula con la certeza.
¿Fruto de ese coito casual que hallaré?
Incertidumbre real.

 

Para las preguntas que no obtuve respuesta he dejado un atado de botellas, un día arrojadas por el ocio irán al mar, al de las olas sin sal.
Quieres conocer las preguntas que olvidaste, yo no quiero conocer tus respuestas y me opongo a extraerlas de las botellas pronunciadas en el bar.
Dijiste no, desde tu boca y afirmada por tus ojos la negación agotó en un instante la esquirla lunar a la que aposté mi valentía.
No seré yo el lugar desde donde puedas otear el momento preciso en que eras la cumbre en mi deseo aún por encima de tu indiferencia.

 

Lengua vegetal, en verduras y hortalizas has atado la humedad de tu espíritu sexual que calla ante tu negación a la carne.

 

Ella dijo, ven; el fin del mundo soy yo, el futuro lo construiremos los dos.

 

Hay quienes acarician una gota de sexo en su boca y hablan por hablar.

 

El desayuno lo preparas tú y yo lo llevo a la mesa, esa fue el acuerdo al que llegamos porque lo hacíamos para no cumplir. Ambos, con afanes de ciudad salimos a la calle, beso, beso, labio, labio, paso que toma ventaja, adios.

 

Ella dijo, quiero vivir a tu lado por siempre, entonces cerré el libro y no volví a buscarlo en mi biblioteca.

 

Yo no voy a preguntarme cuáles mujeres quisieran jugar con mis palabras sobre su piel, mejor y me quedo con la duda y voy imaginando a una y otra jugarse la suerte una tarde a los dados por mí. Y cuando tira los dados y los números no suman, restan y al final, cuando la noche llega dice, amo este juego que te niega, y amo esta ansiedad sin saciedad porque tú no vas a estar.

 

Acá entre nos, y en secreto, debería yo estar escribiendo versos en el estómago de una muchacha que ría con cada cosquilla que le hagan mis dedos al pasar de su ombligo cruzando meridianos hasta sus senos. Acá entre nos, a mí me gustaría que esa muchacha de la que hablo tuviera tu nombre y al llamarme dijera, amor, sigue, siempre es temprano para tu caricia.

 

Ella, con un par de cajas llenas de libros vino a mi casa, traía decenas de libros, y sin que pudiese hacer preguntas me dijo, esta es mi fortuna, me la he ganado a punta de sudor y miedo, de astucia y espera. Los robé todos, y valen para mí más que los libros de tu biblioteca que pagaste con efectivo o tarjeta.
Yo, sin otra fortuna que ofrecer, de mi billetera tomé un beso pintado en papel que alguna vez en la calle encontré, le dije, no sé qué es, no luché por él, no tiene valor, a mí se me antoja creer que en ese papel está pintado el último beso que me vas a dar.

 

Yo quería llegar a tus plegarias matutinas, tú, en cambio, querías mi rezo nocturno irguiéndose en tu cama, así poco a poco, comprendimos que alabanza era tu cuerpo y culto mi boca, que erección y orgasmo eran inicio y fin de nuestra liturgia.

 

Cuando la noche atraía luces a su cementerio de luces, ella vino a mi casa, pasamos del silencio sin reclamo a la agitación con ruido y sin verbos. Cuando la mañana advertía la hora de los pasos, ella estaba en la puerta reclamando una llave para la puerta.

 

Fue extraño compartir la mesa contigo, un lugar esquivo, olvidado, sin conjunción previsible entre nosotros, tú ibas, yo igual, y nos encontramos sin posibilidad de negarnos, de huir para no compartir lugar en el restaurante. El ofrecimiento, la silla, la carta, tú escoges, yo escojo, toman el pedido, algunas palabras se atreven a una conversación arañada de la boca con bisturí quirúrgico. Los platos llegan, “provecho”, “buen apetito”.
Sin advertencia oportuna, de un frasco de vidrio tomaste cuatro gotas, una cayó sobre la crema de verduras, otra se derritió sobre el vaso de jugo, la tercera la pusiste en la cuchara antes de introducirla en la sopa, y la última, sin lugar a dudas la que más me produjo inquietud, en la mitad de la mesa.
La quietud de tu boca impidió mi pregunta, la quietud tatuó en el aire la austeridad con la que atravesamos el abandono, el tuyo conmigo, el mío con mis sentimientos, un amor sin persistencia.
Al terminar, cuando aún el postre no había sido servido te pregunté por las gotas, con la gravedad del vidrio ante el espejo dijiste, mi médico recomienda tejer, este, oeste, norte y sur con gotas de rocío cuando ante mí el universo quiere tragarse de mí aquello he apostado al olvido.

 

Ordenas tu cuarto y dejas un espacio libre en donde poner mi noche para que al finalizar el día yo brille en tu luz.

 

Dejé de llevar hielo a mi pecho porque al corazón volvía la palabra con la cual te nombro y todo volvía a encenderse.

 

Surcar lentamente entre los libros de la biblioteca de casa tiene una magia cuyo lugar es la memoria. Acabo de encontrar, entre dos novelas de Kawakami, un libro de poemas de Octavio Paz, con él llega el recuerdo de un día cuando los libros se cayeron sobre nosotros, queríamos hacer el amor en el escritorio, luego de los golpes no previstos y la risa oportuna continuamos sobre la alfombra, el libro del que hablo quedó bajo tu orgasmo. Aun crecen húmedas sus hojas.

 

Rápidamente el filo de la navaja fue perdiéndose y la navaja perdió su forma y aquello pesado en la bolsa de amor joven pasó a maduro, y luego, fácilmente luego envejeció hasta ser cementerio sin almas.

 

Voy a sacarte la boca de la palabra, porque tu lengua se ha metido en ella y no la deja cometer abandonos, tu boca quiere seguir atándola a un beso que nunca tuvo. A la palabra, déjala seguir fuera que es donde más le sienta la intimidad ajena.

 

Despierto cuando en los apartamentos de los vecinos todos están empadronados en el sueño, solo el murmullo del motor de algún auto, me parece grato, el silencio es demasiado, exploro por avenidas auditivas y voy encontrando ruidos ajenos, me sorprenden rápidamente unas preguntas y se queda sin respuesta ¿A quién le pertenecen los sonidos, al que los escucho o al que los produce? ¿Es de razonamiento simple para el que lo produce que será escuchado?
Debajo de mi cama hay cuatro piedras, las recogí de lugares que no recuerdo en este momento, y quizá nunca vuelva a hacerlo porque no es algo importante, están ahí, alineadas para reflejar la cabeza, la espalda, el sexo y los pies. Al tiempo que enciendo la Tablet pienso en la persona que me recomendó ponerlas ahí, lo he olvidado también. Escojo una aplicación para ver videos de personas hablando acerca de la importancia de las emociones, pasa uno, pasa otro, acomodo las almohadas, abro el correo y no lo leo, paso al siguiente mensaje y no leo ninguno hasta después de haber abierto quince, el dieciséis es un correo de un escritor mexicano a quien hace unos días le había enviado un mensaje por el mismo medio.
Leí unos poemas de este escritor en internet y encontré uno dedicado a una mujer con el mismo nombre de una muchacha a la que yo le había escrito versos. Mi correo, con la simpleza con la cual los adolescentes relatan los amores, hablaba de que ese nombre me llenaba porque amaba a esta mujer, también le compartía el poema que yo había escrito. El mensaje del escritor estaba roto por un dolor que me contagió, una historia como la mía, el desamor de quien nos hace reconocer el amor. Pensé en contestar inmediatamente pero preferí aplazarlo, me dolía ahora a mí haberle recordad al escritor ese momento, y también me dolía ahora a mí recordar el mío.
Pasan un par de horas, la madrugada deja pasar su frío por la puerta donde entra la mañana, la mirada se me agota, y recojo la última pluma del sueño nocturno, doy un par de giros y me levanto a mí mismo, es el mayor esfuerzo físico que hago a diario, levantarme a mí mismo, si me diesen un bulto del mismo peso me cansaría, pero conmigo ya estoy acostumbrado y me siento como carga ligera.
La ventana se atraviesa cerrada a la noche, quiere impedirle su paso, esta mañana, como la mayoría de los días, paso a abrirlas, es urgente para mí abrir las ventanas para sentir que los fantasmas nocturnos no se quedan dentro y pueden escaparse a la calle a buscar la música de la ciudad, así me parece que todo es más ligero.
En la cocina, las opciones no son muchas para preparar un desayuno, afortunadamente para mí y mi poca vocación culinaria, en la nevera unos huevos se ofrecen junto a una botella de jugo de naranja, de uno de los cajones de la alacena unos panes tajadas salen con el café instantáneo. Antes de preparar lo que comeré en mi primer alimento del día voy por la ropa para ocupar la lavadora, camisas, camisetas, calzoncillos y medias. La lavadora apuestas sus ciclos al agua, el detergente se transforma ante el contacto con el agua. Cuarenta minutos, eso tardará la lavadora en apagarse para que la ropa pase a los ganchos y empiece a secarse.

La geometría de sus senos es expuesta a mis ojos cuando ella abre su blusa, mi mirada tiene la medida exacta de su forma; ella me dice, la izquierda es la guerra, la derecha es la paz, la izquierda es la furia, la derecha es la serenidad, una es la entrega, la otra es el olvido. Tu deseo es la caricia entera sin distinguir entre ellas, tú deseo te obliga a vivir en el mismo espacio, guerra, paz, furia, serenidad, entrega y olvido. Yo no escuché lo que dijo, mis manos no sabían medir pero llevaban sobre su piel una cuenta que me traía de vuelta de la eternidad.

 

Sobre la piel del libro de Borges, la mano astral ilumina en blancos de plata las palabras del verso y yo pienso en la maldición que recomienda evitar la luz de luna sobre los libros de este escritor para impedir que de pronto sus seres milenarios aparezcan vivos, de grito pleno y palabra en ascenso.

 

Hay quienes viven una tristeza contagiosa, es inevitable hacer parte de ella. Hoy vienes a mí con tu voz dolida por imposibles y me hago de tu lado, del lado de tu tristeza.

 

Con los objetos perdidos discretamente se van esos amores para los que no sirvieron velas ni plegarias.

 

Incandescentes ojos.
Lo cubren todo.
¿A dónde va la oscuridad?
En la luz cópula una oscuridad.
La luz niega llevarla dentro.

 

Teoría de los objetos perdidos. En relación directa con el amor, los objetos perdidos, extraviados, cedidos sin interés por reclamarlos, significan el olvido de un amor frustrado, el abandono de aquello que decidimos no buscar más. Cuando pierdas objetos, cuando no te devuelvan un libro, cuando quieras hacerte el olvidadizo con algo que no quieres reclamar, da por sentado que estás eliminando de ti un amor frustrado.

 

Este reposo algebraico tiene tu nombre, el equilibrio expuesto al azar va dando pasos hasta que la ecuación expresa exacta tus formas.

 

Te jugaste a la suerte conmigo y ganaste, soledad suertuda.

 

Estoy cansado, el día termina sin que ocurra lo mismo con el cansancio.
Tengo miedo, una lanza de sombra se prepara para herir un lugar en el pecho.
Un bosque de niebla impide ver la luz previa al trueno.
Las entradas están cerradas a portazos.
En las ventanas han afilado con veneno las persianas.
El temor es una soga hilando el cuello con cada pensamiento.
Una manada de pasos se escabulle y pisa sin duelo los ojos.
La habitación del ocio reproduce lanzas de hielo, no permite el descanso.
Estoy cansado y siento miedo,
Dos cadenas clavadas junto al ancla
El día termina, quedan el hastío y un dolor sin peso.

 

Hace frío. El aire acomete con su delgadez de hielo y la piel se cubre consigo misma sin efectividad alguna. No duele, es una definición diferente, no reconocida, el frío toca la piel abriendo heridas sanadas antes por tejidos de lana. Exagero, es así, no podría ser de otro modo, hay oídos escuchando y la queja solo tiene ese objetivo, dejar escuchar en este reclamo todas sus quejas, todas sus reclamaciones.
Recuerdo de otro tiempo, siempre es de otro tiempo, de un tiempo antiguo cuando la noche acostumbraba a dormir bajo la lluvia, una pareja, amantes, así eran nombrados, se encontraban en el parque, donde podían ser observados por todos, casi nadie lo hacía, el frío nocturno y la extensa lluvia superaban la curiosidad. Eran dos sombras largas uniéndose una con otra, dos árboles cobijados por una lámpara ansiosa con su luz, dos sombras amándose hasta cuando la madrugada y la lámpara los apagaban.

 

Cosas que se dicen en un cinema, no prometas bajar para mí una estrella, ellas no tienen la culpa de que tú me quieras, dame solamente lo que dentro de ti te pertenece, no me des lo que está por fuera.

 

No seas otoño y primavera, invierno o verano,
los días en tu tiempo son otros, no los miden las estaciones del año.
No seas sur y norte, este u oeste,
las dirección de tus pasos no las tejen meridianos y paralelos, longitud y altitud son ajenos a tu ruta.
No seas mar y desierto, arena o montaña,
tu piel te nombra con expresiones que llamas arrugas, con líneas en las que una voz callada marca tu historia.
No seas hostal y posada, hotel o inquilinato,
te abrigas en tus propias formas, te cobija solamente tu mirada.
No seas metáfora y alegoría, eufemismo o hipérbole,
llénate de presagios y sé tú sin asepsia alguna.

 

He amado a dos mujeres, la que eras, la que eres, no hay más.

 

Te he dicho que estás formada de ventanas y a cada una de ellas me acerco para verte; me sorprendo porque desde muchas de ellas veo mis paraguas, mi bolígrafo, mis notas, mis palabras extraviadas, y tú expresando tus ideas con los hilos en punta de mis letras.

 

Es mi culpa.
Soy sensible al abandono.
Nunca te lo dije.
Me duele profundamente la indiferencia.
Respondo de la misma manera

 

Yo quiero un lugar en ti, pequeño, desde donde tú y yo iniciemos el camino.
Yo quiero un lugar en ti, al que tú y yo lleguemos para el encuentro.
Yo quiero, aunque sea pretencioso, que ese lugar sea el mismo para ti y para mí,
Un lugar para ir y venir del uno al otro.

 

¿Puedo pedirte un favor?
Claro.
Si mis amigos te preguntan, puedes decirles que eres mi novia
¿Y si no me preguntan?
También dices lo mismo.
¿Por qué quieres que haga eso?
Es porque esta es una declaración de amor. ¿Quiéres?

 

 

¿Tú fumas?
No.
¿Por qué compras Cigarrillos?
Son para los fantasmas.
¿Crees en los fantasmas?
No.
¿Entonces por qué llevas los cigarrillos?
Porque ellos creen en mí, y no voy a fallarles

 

 

Le pregunté por sus cuidados, su vigilancia estricta del cuerpo, la atención detallada de su salud, sus excesos mínimos y su extensa alegría. Respondió, es que contigo la inmortalidad existe y a ti quiero ofrecerme plena todo ese tiempo.

 

Yo compré dos noches
Una para el olvido
Otra para el encuentro
Solo en una de ellas vives
Yo estoy en la otra.

 

Toca mi llanto,
pon tus ojos en mis mejillas y siéntelo,
cubre con su sal el surco musical
en tus oídos de piano,
hazlo,
siente la heladez de lo tibio,
esa pobreza que solo el afán le da a la tristeza.
Toca mi llanto,
hunde tus ojos hasta que se ahogue tu mirar
y quedes ciega de mí.

 

Decime que vos sentís igual que yo cuando la cama tiembla bajo mi espalda tensada y los dedos se alargan sobre la humedad entre mis piernas mientras mis pies se extienden sin ti.

 

Harta de ser sombra dulce de ríos,
la ventana clama gotas de sal,
quiere repetir la voracidad de las olas,
no se le antoja remedar las campanas con su tintineo de lluvia.
Llueve de manera imprecisa,
tus remedios y mis antojos,
tú constancia marítima y mis ecos acunando esperanzas.
Llueve y tú no estás.

 

No duermes con tu cuerpo ofreciendo la espalda a mi pecho ni dejas abierta la vía láctea de tus senos a mis manos, no estás dispuesta a dejar que tú rostro sea del color de mi asfixia o comparta el aroma extraviado en mi aliento. Es así, sin prisa y con afanes das un toque a tus pezones y te derrumbes entre deseos sin leche y saciedad de pan y dulces.
No vienes a mi memoria desnuda, tu esfuerzo se nota en la resistencia que pones a mis narraciones sobre tus piernas de nube y tus olas en par adelantadas a la periferia de tu ombligo.

 

Soy invisible sin la luz de tu mirada, soy invencible con tu fe en mi palabra.

 

La mujer en la panadería estaba perfumada con un aroma que no era ocupado por el olor del pan recién horneado. No es habitual para mí visitar la panadería los días en que voy a la oficina, aunque de manera regular voy cuando llueve, la lluvia promueve dentro de mí un gusto natural por el pan y voy al lugar con una prisa que me niega, se me ocurre que mi velocidad aumenta cuando dirijo mis pasos al lugar, un movimiento obligado hacia el aroma que se escapa del horno. El perfume de la mujer absorbe mi atención, no sé cuál tipo de pan escoger, ahora miro a la mujer y una timidez infantil me cubre.

En la mañana, después de que la mujer puso en una bolsa de papel los dos panes con queso, pasé una de las mesas y sentado ante la ventana tuve una conversación conmigo mismo, una confesión ante el vidrio de mirada larga. El agua caía desgonzada sobre la acera, sobre los paraguas de los prudentes, en las camisas blancas de quienes se fugaban a prisa buscando evitarla, sobre quienes lentamente y con la misma indecisión de la lluvia iban caminando hacia cualquier parte. Una mujer parecía estar dormida a unos metros de la ventana, quieta, sin movimientos visibles era visitada lentamente por la humedad que se propagaba sobre sus hombros y su espalda, el cabello corto ya había cedido toda voluntad al agua. La mujer usaba zapatos invisibles que permitían ver el mismo tono en sus pies, prefiero pensar eso antes que aceptar su levitación sin piernas.
Hubo un tiempo que salía con una mujer que levitaba, era asombroso verla, pasaba encima de la cama y se desvestía haciendo danzas en el aire. Recuerdo sus juegos, además de la admiración que me asistía al verla sentía un temor descomunal que se hizo presente cuando se fue volando por la ventana de la cocina como una cometa.
No dejó de llover mientras comía pan así que debí salir a caminar sin paraguas, fueron apenas cuatro calles hasta la oficina. Llegué con los lentes de las gafas apagadas en gotas largas. Entré al baño para limpiar los lentes, sacudí el agua del saco y luego fui hasta mi escritorio. Una llamada pérdida en el teléfono me hizo volver a la memoria antigua, una ex novia de quien puedo decir tenía los ojos negros como la noche. Le devolví la llamada y no contestó.
Sentado volví a sentir el aroma del perfume de la mujer y el sabor del pan.

 

No puedes exigir una sinceridad que me delate, mis manos aprecian tu cabello y la ternura de tus labios, aún así, su prioridad es el encuentro de la humedad que agita tus gritos.

 

No lo estás preguntando y tampoco es que a propósito me acerque a esta ventana virtual para contártelo, pero a veces algunas palabras son tan innecesarias en nuestra boca que rápidamente hay que zafarse de ellas para poder dar espacio a las que son necesarias, por supuesto, no sabría cuáles ni para qué, pero bueno ahí te cuento que me duele el tobillo izquierdo, es un dolor fuerte, quizá me gustaría decir abundante, abunda en mí un dolor que quiebra mi ánimo. Abundar es una palabra bonita, a mí me gusta, eres abundante en vacíos y por eso caigo en tu nombre, o con abundancia de piel y de besos te maquilla la noche, o abundas en mí del único modo posible, en los escasos partos de tus piernas abiertas en mi cama.
Ahora que he roto el silencio del lugar en donde el teclado de mi computadora se hace notar y reclama por la brusquedad de mis dedos al darle uso, ahora se me ocurre que la calle está muy fría para calentar a las putas y seguro si voy a donde ellas su calle estará vacío y solo las más atrevidas seguirán de pie ante la puerta cerrada del lugar en donde por pocos pesos y mucha vergüenza uno entra a gastarse las mismas calorías que se usan para una carrera de 100 metros planos.
El tobillo sigue resentido, se duele del movimiento mínimo de mi pierna. El teléfono no suena, su mudez me obliga a observar el estado de conexión a la red, parece bien, eso quiere decir que a nadie se le antoja enviarme siquiera un mal chiste. Vuelvo a mirar el teléfono, escojo el último mensaje gracioso recibido y lo mando a un par de contactos. Para eso es la tecnología, para conectarnos velozmente a decirnos las mismas boberías que tardaríamos un poco más en decirnos.
Sabes, me como las uñas, no tienen sabor pero me satisface hacerlo. En una reunión a la que asistí en la mañana, a mi lado una mujer jugaba con su anillo de matrimonio, le daba una y otra vuelta en el dedo, en eso se entretenía mientras los demás expresábamos nuestra mayor virtud a los otros, es decir, decíamos una cosa del mismo modo en que decíamos la otra y nada nos importaba porque la tarea que se asignaría no sería nuestra responsabilidad hacerla. Así somos, un poco lentos para comprender que nuestra inteligencia es para ofrecer lo mejor que tenemos y no para hacernos los tontos.
Esta mañana la muchacha de veinte años que pasa a quedarse en mi cama cada cierto número de noches dejó hecho el desayuno, me dejó una nota que me hizo prometer leería solo después del desayuno, lo hice como lo pidió y me causó mucha gracia, decía, «Imagina que hubiese veneno en lo que comiste, estarías muriéndote o ya lo hubieras hecho. Me gusta saber que confías en mí». No se me ocurrió nada inteligente para decirle, la llamé y con un poco de timidez le dije que era cierto y por eso dormía tranquilo a su lado. Ella respondió de la misma manera, y al final dejó abierta la posibilidad de venir más noches a quedarse conmigo.
En la librería, cuando estaba sacando de mi morral un libro para pedir el cambio porque tenía unas hojas manchadas con tinta, se salió un condón, de los que llevo por si acaso, fue muy gracioso ver el rostro de la señora que estaba atendiéndome, yo me puse rojo, con la cara de color rojo, y ella me dijo algo sobre los libros y el sexo, le parecía que usar condón era como leer un libro sin poder tocar sus hojas. Sabes, quería quedarme con el libro con las hojas manchadas de tinta pero no se me ocurría una historia para justificarlo así que mejor fui a hacer uso del derecho a cambio. La señora me propuso dejar uno de los condones en medio del libro, una especie de marca para la suerte que sería recibida por el próximo que viese el libro. Así lo hicimos, dejamos el libro en uno de los estantes con el condón dentro.
Me parece prudente salir a caminar un poco, las putas me seguirán esperando, el tobillo continuará doliendo, la muchacha quizá vaya esta noche a casa, el libro probablemente ya le concedió la suerte a un lector, y yo escribía esto para lograr una sonrisa de tu parte.

 

Tengo la edad de tus miedos y peso igual que tu sombra, por eso quepo exacto en tus dudas.

 

Para que no dudes de mi amor, eres tú la única que conoce mis límites.

 

De esas veces en que ella llama enojada y me dice, otra vez tu voz renace en mi vientre y tengo que parirte en lo oculto porque me está prohibido mencionarte, otra vez vienes a romperme desde adentro sin que pueda evitarte, y nadie sospecha que alegría y tristeza en mi rostro te pertenecen. Luego, con más enojo repite, si continúas con tu voz en mi sangre que sea para que te hagas carne en mi cuerpo y no solamente voz en mis oídos. Antes de colgar dice, perdone, me equivoqué de número.

 

Uno se cansa, y antes de darse cuenta de que a eso se le llama cansancio cae en una fatiga que lentamente consume todo lo que a uno le hace falta.

 

Amores frustrados

Sangran besos cuando muerden espinas,
aspiran venenos y ofrecen parpadeo de pétalos.
Los amparan los truenos bajo la frustración de la luna.
Sus castillos son de nieve y el verano los espera en cada suspiro.
Sus amores son una línea breve,
viven la desesperanza en párrafos sin puntos o comas.
Sin coraza van a la guerra que los devuelve abonados de grietas.
Su ceguera reconoce la aridez de la tierra
Aunque ofrecen su semilla insistentes.
No creen en la suerte y le apuestan al azar toda su certeza.
Tienen la virtud preñada en la boca
Y hablan pariendo sin editarse a sí mismos.
Su lugar de pesca es el océano pero llevan anclas en vez de anzuelos.
Huir anónimamente es su mayor acto de heroismo
Solo los salva la muerte.

 

Igual que antes de la batalla solo espero el amanecer de tu nombre en mi memoria.

 

Seré sincero contigo. El viento heredó besos a tu boca que yo robé mientras tú dormías.

 

Así, calladita, vienes en secreto a decirme, duerme ya, quiero doblar mi existencia en tu sueño.

 

Déjame ver el borde, la línea en el croquis,
– me es necesaria tu geografía,
no la perfecta del mapa en el álbum digital
ni la que se ofrece abierta en la tela materna,
quiero esa en la que se nombra que te has roto una rodilla,
aquella marca eterna que dejan las vacunas.
Una bahía, un estrecho, una isla, un espejo,
déjame ver en tu vida un accidente geográfico,
que los históricos son biografía mal escrita.
No seas de geografía perfecta,
en la imperfección el amor ebulle, se nutre,
quiere poner la playa ausente al otro lado de la arena,
sanar la herida antigua apropiándose de ella,
reconocer el llanto previo, darle voz a la canción olvidada.
Así es un poco esto de tus geografías,
esas imperfecciones que no se ven en tu álbum
y son relato en la charla pronta de las bocas,
Cuál es el lugar volcánico a dónde va la ceniza cuando a Eros te le niegas
Cómo es la savia – dulce, amarga- del río en que nacen tus histerias
Esa geografía de palabras perdidas en combate,
de guerras a las que no asististe por estar huyéndole a la duda,
de líneas del sol amarillento hechas arado en tu espalda.
Eso es, así como tu furia ante el despertador en la mañana
y el bostezo que obliga a pausar tu mano abierta ante la boca.
Dame un poco de tu fe, aunque no creas en ella,
eso es un accidente más en tu mapa geográfico,
y no se nota poéticamente en la cara.
Pon tu croquis al alcance de mi vista,
no veré las veces cuando preferías la muerte a la pena
aunque comprenderé algunas mesetas donde el miedo oscurece tu mirada.
Vamos, permite mi lectura geográfica
Quizá un acento amoroso se encumbre en tus cordilleras.

 

Quédate en el litoral.
No desembarques;
evita el clamor de la tierra.
No viajes al mar extenso;
evita los bosques marinos.
No seas
solo intenta a un lado
solo intenta al otro
como prometiendo sin promesa.
Mantente ahí, sigue inmóvil,
en ese lugar sin niebla
donde la claridad es oscura y congela.
Quédate ahí, no te atrevas,
sigue sin vereda u horizonte,
sé fantasma sin estela.
Quédate en el litoral si decidiste la espera
o piensas que el apremio es de los otros;
eres tú a quien deben encontrar sin que te muevas,
y mientras esperas lee en lo espumoso de tu idea,
los demás son otros, la piel los migra,
el tiempo al tiempo los hereda.

 

No seas ahora, me gustas más en ayeres y mañanas, ahora es tan escaso, vente en más tardes prometidos, en recuerdos repetidos. No seas ahora, igual se nos ha ido el tiempo en ahoras incumplidos.

 

Tambores líquidos frotados por la luz se desnudan para cantar.

 

Cosas que se escuchan en el consultorio odontológico: Sal pronto o no me duelas tanto.

 

Los demás son la humanidad, yo apenas soy una sombra incierta goteando en tu paraguas.

 

Hay deseos condenados a no realizarse, aún así, uno los convierte en propósito y se llega con ellos hasta el fin último, negados entonces, pueden ser tachados de la lista.

 

Para quitarme la nube ociosa de la cara, tomó del aire tu nombre y lo esparso en gotas mínimas sobre mis ojos, Así, despacio doy paso a la alegría

 

En una estación de trenes; no todos los trenes pasan por ti.

 

Yo que hago una mueca con la mejilla izquierda cuando me siento derrotado y oscurezco los ojos cuando estoy triste, que agito un vaso de agua porque estoy ansioso de perder en la tormenta, que peso apenas lo que la sombra de una cometa cuando pierde altura. Yo que estoy en la perfecta sombra de la nada, estoy pronunciando tu nombre.

 

Perplejidad, que palabra tan bonita para estar contigo

 

Igual que noche diurna fuiste absorbida por la luna.
Un neumático pinchado va regando su lengua en el asfalto.
No usa su lengua materna, es inapropiado usarla;
la ha negado insistente.
La luna empeña su ojo de cíclope a una nube,
un árbol se sacude el orgasmo en la espera.
Desde mi cuarto saludo ciego a la calle,
La luna te refleja, te agitas en ella,
Una danza de sombras me promete tu rostro,
La luz te lleva inevitablemente a mi cama,

 

Antes y después de la frustración pagas un peaje, unas veces la lágrima a pulso en el ojo de la nube, otras el frío conservado en el vacío del olvido.

 

En el lugar en donde compro el café de la mañana siempre me preguntan: “¿Algo para acompañar?” Yo respondo, “No, gracias.” Hoy, la mujer que me atendió es muy hermosa, entonces le he respondido: “Tú”. Ella sonríe y me dice, salgo a las cuatro.

 

– Me quiere
– No me quiere
– Me quiere
– No me quiere
– Me quiere
– No me quiere
– Me quiere
– No me quiere
– Se me acabaron las balas.

 

Contigo + ∞ y – ÷, nada de ≈ ó > ó <, siempre ∝, ∀ tú y yo =

 

Hay días en que hasta los personas en mi narración se me escapan, se fugan de mi texto hartos de mí, no quieren ser narrados por mí, y se van con intención de volver nunca. Hay días en que la letra se niega igual que la palabra esperada en la ruta.

 

La misma tristeza invisible que se cuelga del espejo a esperarme, que se sienta en el sofá sin hablar, que en la nevera encuentra un lugar junto a las frutas, que en la puerta se queda estática sin salir ni entrar, que mira extensamente los cubiertos en la mesa, que apenas atina a decir nada con su boca en la garganta, que se fecunda sola y ahora da paso a sí misma como si estuviese presentándose en una obra de teatro donde soy el público obligado a la asistencia.

Ella abrió la cortina y desde la calle llegó la imagen de la ciudad, diminutas luces atravesaron el vidrio, la forma de los edificios fue aclarándose y las avenidas aparecieron con su rostro lleno de autos. Ella notó que por mis ojos se desprendía una soledad de asfalto y rejas y acero y neumáticos y andenes y ruido y cadenas. Ella se quitó la falda, hizo lo mismo con su ropa interior, tomó la tela y limpió la ventana; me dijo, mi desnudez apagará cualquier bostezo de ciudad que te amargue.

Tú que tomas coca cola y firmas discretamente con tu nombre cuando te lo exigen los documentos, que estás unas libras pasado de peso y te sientes indefenso frente a las corbatas y antes de conciliar el sueño apuestas contigo mismo a soñar con una pareja olvidada.
Dime, ¿Traes en tu billetera el nombre de tu primer amor?
Tú que te quitas los zapatos para ver televisión y te muerdes la lengua suavemente pensando en el filo de tus dientes. Tú que te cepillas los dientes con crema dental y juras pocas veces pero luego no recuerdas haberlo hecho.
Dime, ¿Crees que tu cama es el útero último del cual te desprende diariamente?
Tú que sonríes sin exceso y das monedas a los mendigos sin dejar de sentir una culpa innecesaria porque unas veces piensas en que podrías darle más y otras que no deberías hacerlo. Tú que tienes cicatrices en las rodillas desde la infancia y quisieras narrar la historia de las caídas que las originaron.
Dime, ¿Resumes al final de cada mes, como quien hace un balance, las heridas que no fueron en tu pecho?
Tú que te enojas sin expresarlo y estás con furia pero te contiene para no herir con tus palabras a los otros, que te cansas de la rutina, y te alegras de aquellos que se fugaron hace tiempo.
Dime, ¿Al apagar la luz sigues creyendo en la realidad o das por hecho que desaparece cuando cierras los ojos?

 

Yo quería contarle un secreto en la boca, ella me abrazó sin más, como si beso y secreto fuesen estrella rota en el espacio.

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