Diarios Innecesarios XXXVI

A las dos de la tarde tomé los libros caídos en lectura, los que se abrieron con deseo aparente, los que desbordaron el estante, cada uno en un montón, torres de papel. Encontré bolígrafos perdidos, fotografías escondidas, recibos de pago antiguos, hojas escritas a media letra y medias letras escritas en hojas en blanco. Una cerveza escondida detrás de una torre de libros, una cerveza extraña de la que nunca sabré como llegó a ese lugar. No me la tomé ni la llevé a la nevera, esta debía estar llena de embrujos o de pasiones pretéritas, la incluí en la bolsa en donde iban cayendo rotos los varios papeles que encontraba sin uso en el escritorio y entre los libros.

Me encontré un lugar lluvioso, absorto en neblina, metí la mano con un poco de temor aunque iba pensando que lo que estuviese oculto no sería peligroso porque solo yo ponía tapas y mantas a las cosas en mi biblioteca. Un libro de Palahniuk, otro de Kawakami, uno más de Sándor Márai, y detrás de ellos unas figuras decorativas que me regalaste hace unos años. Bonita sorpresa descubrir que oculté tus regalos detrás de libros leídos a los que no vuelvo con frecuencia.

Una sonrisa sin desvaríos, al comienzo tranquila, luego una línea de negaciones entre los labios, y segundos después amplia y transparente, llena y plena mi sonrisa se plantó en mi rostro. Bonitos detalles me habías dado, recordé los momentos, los dejé seguir, me senté con ellos, al tiempo que iba moviendo libros, reacomodando autores, limpiando el polvo, sorprendiéndome de compras que hice sin previo aviso, así iba sonriendo y recordándote. Pensé en tus formas, en la apariencia de tu cuerpo, en tu escote tímido, los colores tiernos de tu ropa, tus maneras de mirar y tus maneras de no hacerlo, pensé en tu risa y tu voz, tu cabello de pausas al caer sobre los hombros, tus dedos y su delgadez de líneas, tu palma abierta y tu negación a mis afanes esotéricos.

Un calendario marcando el día de tu cumpleaños, una carta nunca enviada, un dibujo de tu rostro hecho por mi mala puntería artística, dos poemas que leí en voz alta, ya no recuerdo si te los envié, una manilla que no me regalaste. La manilla dice: la fe mueve montañas, es de color verde, no sé de dónde llegó o cómo fue a parar entre las cosas que me habías dado, igual, la tomé y me la puse en la muñeca derecha. Miré el celular, busqué tu número, estuve tentado a llamarte, hice un par de muecas con la boca, aprecié la extensión de mi lengua afuera de los labios, me negué a hablarte. Un libro de poemas de Juan Gelman apareció sobre mi pie desnudo, esquina de libro contra pie desnudo, pie golpeado, libro abierto, dolor innecesario.

Un amigo, a quien le conté sobre mis lecturas del poeta argentino, puso cara de sorpresa, como cuando uno se entera que los demás comen sin sal la comida. No recuerdo si le pregunté por su sorpresa, en cambio pensé en las aventuras literarias que nos unen. A él un día le hablé de ti, ahora que lo recuerdo bien no puedo reproducir nuestra conversación, no fuimos amables contigo.

La biblioteca es el mismo lugar, he movido los libros para que se pierdan nuevamente, así voy a confundirme cuando los busque y con un poco de suerte al buscarlos puedo encontrar alguna sorpresa como las que le concedo a tu nombre en este momento.

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