Diarios Innecesarios XXXII

Era tarde, había arruinado la cita. Eso pensé al llegar y no encontrar a mi amiga en el lugar al que habíamos prometido ir esa mañana. Era una hora demasiado cercana a la madrugada, yo debí prever que llegaría tarde, pude haber propuesto otra hora. Me senté. Pedí un café. Me advirtieron que debía pagar primero en la caja y luego recibirlo para llevarlo a la mesa. Lo hice. Cuando estaba yendo nuevamente a la mesa el teléfono vibró, el identificador de llamadas hizo lo acordado en su servicio tecnológico, el nombre apareció en la pantalla, el sonido del timbre tenía el tono asociado a su número.

Ella dijo, dónde estás, respondí, llevo un tinto a la mesa, no es cierto respondió, acabo de quemarme los dedos por tomar el teléfono iba diciéndole mientras tomaba ventaja de una silla y acomodaba mis kilos sobre su cuerpo. Su voz cayó en la ladera de quienes inventan excusas, una palabra, otra y todas rodaban a la llanura de lo innecesario. Finalmente quedamos en que nos veríamos después. Aun así seguimos hablando y el café cayó en el estómago con sus palabras adobando mis oídos.

Pedí un segundo café. Miré el correo. Asomé un rato por la página de una amiga fotógrafa. Esta vez la recomendación sobre pedir el café y pagarlo al tiempo me sonó a regaño de madre enojada. Me levanté con más ánimo de irme que de ir hasta la caja a pagar algo que no había recibido. Una muchacha de menos de diecisiete años estaba alumbrando con sus ojos azules a la cajera que no podía despojarse de su cara de trapo sucio.

La velocidad del tiempo engaña a quien se apodera de la espera, o ignora el momento que se aproxima. La muchacha pasó a mi lado, miró sonriente mi cara de espantapájaros que trabaja alejando bellezas y me dijo, yo pagué su café, sólo de pasar a recogerlo.

La cajera aprovechó el momento para sacudir el micro que le ocupaba la cara, me sorprendí al oír que reclamaba por el hecho de ser invitado por una jovencita que apenas sumaba meses después de su infancia.

Le expliqué rápidamente que yo no esperaba me estuvieran invitando café y menos una niña desconocida. Hizo un gesto de desaprobación a la cara de acusación de la mujer. Me aproximé a recoger el café, al tiempo miraba a la niña o joven o muchacha o como se le llame a una muchachita de dieciséis años y unos meses cumplidos. Confieso que no sabía si sentarme en su mesa, ir a otra o largarme. Ella tenía un libro en su mano derecha. “La última escala del tramp steamer”. Eso fue suficiente para apagar cualquier conexión con el resto del mundo.

Sentado junto a ella, habiendo escuchado sus aproximaciones a la vida de Maqroll y Abdul, reconociendo que sabía más de la vida de Mutis, me dejé llevar por una charla que me dejó plantado en la silla sin opciones. La niña-muchacha-jovencita-lectora- había logrado toda la atención que yo podía tener en ese momento, es decir, toda.

Se despidió y reconoció que sería muy útil para ella si yo pudiera hacerle un favor. Debía ir a su colegio, justo en la mitad de una de sus clases, decir que era urgente verla, esperarla en el pasillo, decirle cualquier cosa, ella respondería siempre con silencios y cuando en la puerta estuvieran saliendo sus compañeros darle un beso en la boca.

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