Llueve y tú estás

No dormí temiendo que un movimiento involuntario de mi cuerpo o la expresión de un ronquido la despertara. Quince minutos después de las doce en la noche cerró los ojos y su respiración se tornó suave y liviana. Estaba recostada sobre mi hombro izquierdo, si es que soñaba podría escuchar dentro de su sueño el tañido en mi pecho que la llamaba.

Sobre las dos de la mañana movió todo su cuerpo empujándome hacia el otro lado de la cama, cuando sintió que una fuerza hacía oposición a la suya encendió sus lunas negras, contempló mi rostro, no se sorprendió de verme a su lado, solo dijo, «tengo hambre, me traes galletas y algo de tomar».

De la cocina volví con un jugo de naranja y unas galletas de chocolate. La vi en la cama sin su ropa y con una de mis camisetas y un pantalón de pijama. Tenía las manos debajo de la camiseta. «Llueve, pronto hará frío». La habitación palpitaba nocturna y tibia, apenas el atrevimiento de las lámparas de la calle atravesando las cortinas iluminaba el cuarto.

Pude ver que había elegido una camiseta de color blanco con una frase escrita, «Llueve y tú no estás». Al terminar de beber el jugo, como si hubiese sabido que había leído la frase, dijo, «Esta noche, aunque llueve, yo estoy. Deberías cambiarle el título a tu próximo libro».

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