Entre la oficina y la casa; la oficina

Usted me va a perdonar la franqueza, yo vengo a la oficina porque prefiero esta soledad de la que dispongo, mire, todos los compañeros están en su casa, y yo puedo, con los pocos asistentes tener conversaciones sin prisa, ir de un espacio al otro sin encontrarme a tantos idioficinistas con el ego y sus miedos puestos detrás del orgullo y la posición desempeñada en este espacio.

Sabe, ahora puedo ir al baño sin sentir que me observan cuando cruzo el pasillo, y tampoco debo presumir elegancia en la distancia con la cual doy un paso tras del otro, es más, vengo con los tenis puestos y me satisface mucho dar uno que otro salto junto a mi silla para expresar alegría porque he obtenido un logro en mis actividades diarias.

No piense que soy infantil o que no tengo nada por hacer en mi casa. Justo porque no lo soy sé de la importancia de estar desprendida del ego y puedo transitar con una alegría distinta al no aparentar ser otra por entre los pasillos de la oficina. Mire usted, no se imagina la tranquilidad con la cual puedo acomodar un seno cuando se está desviando de la horma del brasier, o la franqueza en la que me empeño para sonreír al sentir el aire acariciándome el cuerpo.

En mi casa están mis hijos, mi pareja, la mascota, y los oficios varios obligándome a ir de la cocina a la cama, del baño a la sala, y otros encargos caseros que se acumulan y deben atenderse para evitar verlos vuelto una tragedia.

Sepa esto, en casa tendría que estar mirando a los niños para evitar que conviertan un juego en un riesgo, escuchar a mi esposo pedir una cosa tras otra como si yo fuese una máquina de cumplir peticiones. En cambio, acá, hago el trabajo de cada día, con menos gente viéndome a la cara, al culo o a las tetas.

Además, si me lo permite, puedo decirle, entre las pocas personas en la oficina expreso mi inteligencia, ofrezco sin recato un humor bien recibido por los otros. Ponga atención a esto, en la casa no puedo ser graciosa, allí nadie entiende los chistes, están todos pendientes de ser atendidos como si habitaran un hotel en donde ellos son los clientes más importantes del penthouse alquilado por sus padres.

Pues eso, yo prefiero venir a la oficina, tomar el transporte público, sentir la tranquilidad de ver las calles, sus andenes y comercios sin uniformidad alguna. Me gusta percibir el aroma de quienes van y vienen como yo por la ciudad, escuchar discusiones en acentos de los cuales no conozco el origen, entender las voces y sus ritmos en las palabras de quienes hablan con mis propios modismos.

Eso le digo, y podría repetírselo tantas veces, estoy encantada con dejar a mi pareja con los problemas de la casa, prefiero la rutina de la calle, la oficina sin petulantes ocupando los espacios, y, como ya le dije, sentirme libre de ser yo misma, apegada a mí misma.

Imagen de Jerry Kimbrell en Pixabay

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