Desayunos de domingo

Le gustaba venir los domingos en la mañana a desayunar conmigo en la cama. El café lo preparaba en su casa, lo traía en un termo que lo mantenía caliente. Los buñuelos los compraba en la panadería de la esquina. De la nevera tomaba queso y jugo de naranja. Primero llevaba el café, nos sentábamos un rato a conversar sobre su semana de trabajo. A veces teníamos una pequeña discusión porque en el lado de la cama en donde ella se sentaría estaba lleno de libros, yo los iba acumulando durante la semana allí porque leía apenas una o dos páginas de cada uno de ellos.

Quería que su espacio estuviese listo para ella. Yo lo olvidaba, y cuando lo recordaba ya era tarde. Ella tenía llaves de la puerta, en la recepción la conocían, así, nadie informaba que hubiese llegado, y cuando entraba al apartamento pasaba directamente al cuarto para saludarme. La discusión no trascendía, aunque el tema era el mismo.

—Siempre es el mismo desorden, —tienes que poner los libros en la mesa, —mira que son libros viejos y pueden tener virus o bacterias, alguna cosa de esas se te pega, —además yo quiero llegar y hacerme acá sin tener que mover nada, —es que se te olvida que yo vengo. Y otras cosas que luego dejábamos de lado para hablar mientras el café era surtido del termo a dos tazas traídas de la cocina.

La rutina sexual cabía en par de versos eróticos. Tras haber desayunado nos escurríamos por entre las cobijas y salíamos de la cama fatigados y contentos. Pasábamos por la ducha y volvíamos de ella con la vida expandida, la mía ampliada por la vibración que ella imponía al abrazarme, la de ella extendida sobre las memorias de mi semana de trabajo.

Antes había vivido en el apartamento arriba del mío. La conocí cuando estaba trasteándose. Parece que se había olvidado de algo y bajaba corriendo por las escaleras. Casi se estrella conmigo que estaba abriendo la puerta del mío. Algo en ella la hizo detenerse, yo saludé y le recomendé ir sin prisa porque podría caerse o estrellarse con alguien. La conversación no debió tener más que unos minutos.

—Sí, tienes razón, —usa el ascensor, —es que tardaba en llegar y voy de prisa, —claro, además eres atlética, te debe salir natural la velocidad. Luego sonrisas ampliadas, de las que rosan la risa sin desprenderse del halago y la ternura. Supe que cambiaba de vecindario, se iría a otro barrio, diez minutos más cerca de su trabajo, veinte más lejos del mío. Compartimos los teléfonos. —Mira, así puedo pedirte que preguntes en la recepción si llega correspondencia para mí y tú me las guardas.

Y pasó. Pregunté una noche a los porteros si había correspondencia para la vecina que se había ido. Cuatro sobres, uno de la entidad de las pensiones, otro de la medicina prepagada, el tercero publicidad de una cadena de supermercados, y del cuarto no supe identificar el remitente. Le puse un mensaje indicándole que estaba todo allí en la recepción. Tres días después tomábamos café y hablábamos del cansancio por el horario de oficina, de los minutos aguantados en el tráfico de la ciudad, de la lluvia repentina, de tener calor y no quitarnos el saco, o salir unos minutos a la calle y volver con el rostro rojo por el sol de la sabana. Las rutinas de cada uno en su oficina pasaron a ser comidilla y chisme, la política condujo a la cultura, como en el poema de Benedetti, y de allí a tener citas sin excusa.

Hoy tengo unos libros a mi lado, la recuerdan a ella. Nadie llega con café a la cama y tampoco compra buñuelos en la esquina para compartirlos conmigo en el desayuno. Quizá fue hace ocho meses cuando el citófono sonó con insistencia.

—¿Esperas a alguien?, —no, nadie viene en domingo, —¿estás en una religión y debes ir a culto? —tampoco, —vamos a ver qué pasa.

No fuimos a parte alguna en toda la mañana. El portero decía. —Don Pedro, es que entró un señor sin que pudiéramos anunciarlo. Se entró sin permiso. Pero ese no es el problema, es que se veía muy molesto. Tal vez usted le deba plata y va a cobrarle. Mejor tenga cuidado. Es fornido, como de metro setenta, de cabello negro y ojos verdes. Tiene pinta de futbolista. No lo preguntó a usted, solo dijo que tenía que entrar hasta su apartamento.

Yo sin saber cómo es pinta de futbolista, sin deberle dinero más que a los bancos, miré a Lina como buscando una idea a la cual acudir para explicarlo. Lina encadenó un gesto tras otro formando un rostro que no le había conocido antes.

—No le abras, quedémonos en silencio, ponle seguro a la puerta, hagámonos lejos para que no vea los zapatos. —Bueno, pues tampoco tengo intención de abrirle. —Es que cuando nos conocimos, no te dije con quién me mudaba. Es mi pareja, yo dejé el apartamento porque me fui a vivir con él. Lo que pasó contigo no me lo esperaba. A él le digo que salgo en las mañanas a correr al parque. Bueno, también corro un poco, pero más me la paso acá contigo.

Llamé a la portería. —Si el señor vuelve a bajar, diga que no estoy acá. Cuando el hombre volvió a la recepción acompañado por dos policías y un vigilante le dijeron eso. Don Pedro no está, a mí me parece que él no volvió anoche después de que lo vimos salir, si le debe plata vuelva y le cobra, pero que él esté en el apartamento.

Son varias las maneras en que mi memoria despliega su presencia en mis domingos. El aroma del café que ahora preparo yo mismo para sentarme en la cama a recordarla, los buñuelos comprados en la misma panadería, los libros sin que alguien les reclame para que cedan el espacio.

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