Ignorar los hechos

Esta mañana cuando la llamaron del bar para cubrir el turno de uno de sus compañeros respondió con un sí rápido, pensó de sí misma que era el sí más rápido del bar, después se corregiría, en general tenía tendencia a negarse a las cosas y luego de pensarlas cambiaba de opinión. Dijo sí porque su compañero la había llamado para pedirle el favor, él tenía un compromiso familiar, y ella después de haberle dicho que no varias veces había aceptado porque, según le dijo, la convenció el hecho de que el permiso era para presentarse a una notaría a firmar un certificado de convivencia con su pareja para luego ir al Banco y pedir un crédito con su pareja.

En la tarde se pensó a cuáles de los clientes habituales vería. Apostó porque las dos señoras del local de perfumes irían después de las nueve, pedirían un coctel cada una, la de cabello rubio el mojito, y la de cabello rojo el margarita. La primera tenía un novio quince años menor que ella, un muchacho de veinte al que le regalaba cosas todo el tiempo. Esa parecía ser lo más llamativo de la conversación porque cuando se adentraban en otros asuntos se volvía sosa la charla, hablar con él muy poco, según ella escuchaba eran un pelao tímido, y ella para charlar no era muy buena, en cambio en lo otro sí era buena, pero al joven le tocaba pedir permiso para salir de casa. Pensó que podría ser su hermano.

Las mujeres llegaron a las nueve, se aproximó para ofrecer la carta. Las dos le sonrieron, le pareció que era una provocación para decirles que conocía sus gustos y por lo tanto les traería las bebidas correctas. Hizo eso, les dijo que podía traerles un mojito y un margarita. Las dos asintieron. También les ofreció ponerles las canciones que ellas solían pedir oír después de que el líquido descendía hasta el fondo de la copa.

Atendió otras mesas, conversó con el coordinador del bar, hizo chistes con la mujer de la cocina, se adentró en sus pensamientos cuando todo parecía estar en calma y cada habitante de las mesas estar ocupado en su pensamiento o en la charla. Recordó su intención de saber sobre el joven novio de la rubia, así que se acercó a las mesas alrededor de la de las mujeres, y escuchó algo que parecía haberse repetido toda la noche porque la amiga ponía el típico rostro de quienes dicen, “ya, cambie de tema”. La había dejado el muchacho, o tal vez simplemente había seguido de largo porque ella era apenas una vitrina de paso a la que él se aproximó para saber que había detrás del vidrio de las apariencias. Estaba llorando, los ojos cocinados en las lágrimas del derrotado, la mirada de quien ha visto pasar una barca que podría llevarla a la otra orilla, pero no se detiene a por ella.

No quiso escuchar más. Cuando la llamaron para pedir otros tragos no las miró a la cara, solo vio las copas y escuchó las instrucciones, otras dos copas, pero le pedían que les pusieran más licor. Ella trasladó las instrucciones al hombres del bar, y él le hizo caso haciendo un comentario sin ningúna compasión, ‘trago para las despechadas’. Se le ocurrió pedir una canción que su madre escuchaba los domingos por la tarde mientras se bebía unos aguardientes. Al rato sonó en el bar, “Hacer el amor con otro” de Alejandra Guzmán, pero después de que la escuchó se dio cuenta de que no sabía por qué su mamá ponía esa canción. Tener un amante menor cuando se ha tenido por compañero a alguien de otra edad. Se confundió y no quiso seguir por ese camino, prefirió la ignorancia de los hechos.

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