La rutina es la tristeza

Es jueves, el hombre viene también los martes. Una rutina que lo trae a las siete en punto y lo saca a las nueve treinta después de haberse bebido cinco vasos grandes de cerveza. No siempre sale ebrio, unos días más que otros, aunque no cambia sus maneras ni modos de estar en la mesa, solo el acento y una dislexia mal digerida que se produce en los borrachos. Paga con la tarjeta, pero deja un billete en la mesa, es el único cliente que hace eso y suelen compartirlo con su compañero.

Esta noche se le ve triste, la primera cerveza cruzó rápidamente de ser sujetada por el vidrio del vaso a llenarle el estómago. Pidió la otra, casi con la misma velocidad dejó de ser tocada por el aire para sumergirse en los jugos gástricos. Ni ella ni su compañero van hasta la mesa para ofrecerle otra, no les gusta verlo borracho, cuando le ocurre se pierde la oportunidad de conversar con él sobre asuntos diversos, como el día en que ella se vio sorprendida cuando él le dijo que el modo en que estaba tejida su manilla tenía un significado único porque al usar cuatro hilos el artesano estaba juntando los puntos cardinales para desearle viajar por el mundo a quien la llevara en su brazo.

En ese instante ella no quiso atender mucho lo que decía porque no sabía el modo en que estaba tejida la manilla. Fue hasta el baño y se quedó un rato viendo el tejido hasta comprender lo de los cuatro hilos, pero se sorprendió más de que ella nunca lo hubiera visto y él se fijara en esos detalles con tan poco tiempo. Volvió a la mesa a preguntarle más, y sintió que cada respuesta tenía por arcano a su sonrisa. La manilla tenía cuatro colores, el del blanco de los polos, el azul del cielo y de los mares, el café oscuro de la tierra, y el naranja del sol en días de cosecha. Quizá no lo dijo de ese modo, pero a ella le gusta recordarlo así porque cuando usa la manilla cree que está apostando a viajar de sur a norte, por el mar o por el aire o sobre la tierra acompañada de una luz resplandeciente.

Lleva la cerveza sin que él la haya pedido. Le sonríe y pregunta por qué parece estar más cansado hoy. Se sabe su nombre, y prefiere seguir el protocolo del local, no tomar confianza con los clientes, no decírselo, pero esta noche quisiera pronunciarlo. No lo hace. El hombre la mira y le dice que se ha dejado seducir por la constancia con la cual rinde culto a los amores antiguos y ha caído en una trampa, no sabe si es por una mujer a la que amó en la adolescencia o por el último amor que él abandoné a la vuelta de una esquina.

Lo mira pidiendo que sea más claro porque de verdad quiere ponerse de su lado, pero así no lo entiende. El hombre interpreta los gestos de su rostro y su mano derecha que se abrió y fue cerrando. Esta vez es más claro. Esta vez le cuenta que se encontró a una mujer que lo amó, ella lo saludó con alegría y él, en cambio, se sintió tímido porque ella iba con el esposo. Sintió, siguió diciendo, que ella conservaba la espontaneidad que produce la libertad de ser uno mismo, mientras que él todavía tenía conflictos para hacerlo.

Hubiera querido sentarse a escucharlo más, pero el coordinador del bar le estaba haciendo señales para que se aproximara a dos mesas en donde estaban los clientes levantando las manos. Buscó a su compañero, pero no lo encontró, supuso había ido al baño. Otra vez pronunció la maldición del bar, ojalá se unte de orines al tocar el pomo de la puerta.

Imagen de RitaE en Pixabay

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