Rutinas de casa

Había quedado en verse con el amigo del colegio, solo tomarse unas cervezas, hablar un poco, y quizá él quisiera otras cosas, y tal vez ella también, pero no sexo y no esta noche. “El ánimo no está para charlas, y menos para estar buscando excusas o atajos para escaparse de los deseos ajenos”. Tampoco sabía cómo decirle, desde hacía un mes estaban hablando de la cita, “que si a cine, que si a un bar, que si una discoteca, que si a cenar, que si mejor a su casa, …”, todas las posibilidades para asegurar que tuvieran un plan el día del encuentro.

Se siente cansada para los demás y entusiasta para estar consigo misma. Le jode la vida ser introvertida y no poder decir rápidamente las cosas como son, “pues no quiero salir esta noche”. Habla con su mamá, ella le cuenta que ha estado sintiéndose con una gripe terrible todo el día, llegará un poco tarde porque le pidieron hacer un par de horas extra y a ella esos pesos no le sobran. Ahí está la excusa.

Después de el juego de saludos a los que se enfrentan dos contendientes de la esgrima conversacional le dice, “No puedo verme contigo, mi mamá está con una virosis gripal. He empezado a tomar remedios caseros, y no voy a salir, a mí la gripe me da terrible.” Por lo menos a ella no le importa si fue convincente, escuchó una y otra propuesta para que ella cediera, pero no, no, y no esta noche.

Pone una película, cambia de canal, pone una serie, lee algo en internet, abre el cajón de la mesita junto a la cama, no ordenará nada, aunque hay varias cosas que no debieran estar allí. Escucha música, intenta bailar con su sombra en la pared, y cuando lo hace recuerda la canción del cantante argentino, la busca en su lista de reproducción y canta, “Bailo, bailo hasta caer / Con mi sombra en la pared / Nada que perder / Bailo con mi sombra en la pared” Es una música de madres y de tías, de las amigas de la mamá, es la música que se escucha en las fiestas de la familia y la bailan los tíos y sus parejas.

Se asoma a una caja de madera en donde hay fotografías de la mamá, las observa una tras otra hasta que una llama su atención. Esta su madre con la abuela en una ciudad que ella no reconoce, mira en la parte de atrás, “recuerdos del viaje a Cali”. Le preguntará más tarde y su madre le dirá que en un diciembre viajaron con la abuela a las fiestas de Cali, se escaparon para descansar de las urgencias de la casa. Solo ocho días, y fueron suficientes para que al regresar a Bogotá tuvieran un problema “de padre y señor nuestro” con el abuelo y los tíos.

Sigue buscando, encuentra un perfume, esparce un poco del aroma en el aire, no le gusta, demasiado fuerte para el gusto de su nariz. Con el aroma le viene un recuerdo. En el bar, a donde no ha tenido que ir a trabajar esta noche porque es su día libre, una noche conoció a un muchacho con un olor igual. Claro, es de hombre, o ese muchacho usaba un perfume de mujer. Lo segundo, es un aroma femenino. Sonríe y piensa que le hubiera aceptado cualquier invitación, pero el muchacho estaba solo esperando a alguien que nunca llegó esa noche.

Continúa dando giros en el apartamento hasta terminar abriendo la nevera y extrayendo de una taza de plástico unas rodajas de queso a las que les untó dulce de naranja. El muchacho estaba solo, con una barba bien afeitada y el cabello cortado a la medida, una mirada de salubridad bajo la cual ella se sintió desnuda para la ternura. Bebió ginebra, una copa larga de ginebra que ella misma le llevó. Recuerda haberle dicho que ese era su trago preferido, y él le respondió, “es una bebida para planchar el alma y quitarle las arrugas que deja la soledad al amanecer”.

Y estuvo muy solo. Pidió una canción, la de Queen, ‘Somebody -somebody- oh somebody -somebody- Can anybody find me somebody to love?’ Tenía un reloj de color negro con las manecillas doradas, lo llevaba en el brazo izquierdo. Cada pocos minutos lo miraba y se apresuraba a ver la copa, llena, medio llena, media, medio vacía, vacía. Pedía otra. Ella volvía a conversar con él sobre lo que él quiso. Al comienzo él admiró la simetría de sus orejas, la convenció de que oreja izquierda y derecha no son igual, en cambio las de ella lo eran, perfectas en unidad. Luego se ocupó en adelantar palabras sobre el color de su piel y las formas de su cuerpo.

Ella recordó haber sido desnudada esa noche por la ternura, y ahora se sorprendió acariciándose el cuello mientras pensaba en las manos del desconocido que cuando se despidió le dijo llamarse Ismael.

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