Secretos en bares

Cumplió 19 años en noviembre, está ocupada en comparar su edad con las personas que ocupan las mesas. Piensa en que es la menor, aunque quizá una chica de cabello teñido de color rojo sentada en el lugar más cercano a la barra sea de su edad. Hoy trae unos pantalones azul claro, fue el regalo de su madre para su cumpleaños. Ella compró la camiseta con la cara de un perro estampada en la parte de adelante con una inscripción en la parte de abajo, “cuidado con el perro, ingrese con precaución”.

Alguien pidió dos cervezas, eso indica con la mano arriba y los dedos índice y del corazón levantados. Un hombre y una mujer, de quienes podría ser su hija, pidieron una mesa para dos cuando llegaron. Se aproxima, confirma el número y también el tipo de bebida. Ofrece cambiar los vasos, y con ellos en la mano camina hasta la barra para pedirle a su compañero recipientes nuevos y dos botellas de cerveza negra.

La pareja en la mesa junto a la puerta ha venido una vez por semana los últimos dos meses, son clientes habituales. Le gusta pensar que serán sus clientes fieles y que de seguir ella trabajando en el lugar un día serán amigos, aunque la verdad es que dejará este trabajo apenas empiece las clases en la universidad nuevamente. Al comienzo creyó que sería doblegada por las horas de pie y el cansancio por el esfuerzo nocturno, luego se fue acostumbrando y encontró una afición por observar los comportamientos de las personas mientras comparten un rato en el bar.

Una sorpresa fue notar como las piernas se tocan debajo de las mesas, descubrir la intencionalidad de esa proximidad viendo los rostros y la tensión en las manos y los brazos. Aprendió a reconocer la alarma en los ojos viendo hacia un lado y otro cuando no son las piernas las que se tocan, y son las manos las que viajan urgente desde la rodilla hacia la entre pierna. Se compadeció de quienes exponían su tristeza y desaliento en el rostro mientras la persona con quien conversaban parecía desatender las emociones de quienes los miraban.

Lleva las dos botellas con los vasos, llena primero el de la señora y luego hace lo mismo con el del señor. Les deja la carta después de haberles informado que la cocina estará abierta dos horas más. Intuye ante la mirada del hombre hacia el escote de la mujer que no son pareja, ha aprendido que los casados no miran de esa manera a sus esposas; esa es mirada de solteros o de amantes. Aprovecha para preguntar en las mesas colindantes si desean una bebida más, recibe una petición para dos cocteles, un ‘mojito’ y un ‘margarita’. Con ese pedido vuelve a la barra y deja al barman con el pedido.

Su compañero del bar es casado, aun así, varias veces le ha insinuado, tras finalizar la jornada de trabajo, que pueden ir a otro bar en donde se puede bailar y estar más cerca y más íntimo. Ella se ha negado con la misma excusa, “debo llegar a cuidar a mi hermanito porque mi mamá sale temprano a trabajar”, esto es un poco cierto y otro tanto es mentira. Su madre sale a trabajar temprano, pero su hermanito es dos años mayor que ella, se cuida solo, más bien la cuida a ella, pero ha sido una buena excusa para negarse a las invitaciones.

Es un hombre cansado, parece tener muchas horas pendientes de sueño, en los ojos no se les nota brillo alguno, demasiado apagados para alguien de su edad. Le ha dicho que tiene 33, la edad de Cristo dice, pero ya pasó por ahí hace cinco años. Lo sabe porque la señora de la cocina, que salió con él en un par de ocasiones le contó eso y otras cosas más.

El otro día dos muchachas estuvieron toda la noche y pidieron apenas una cerveza cada una, incluso solo se tomaron la mitad de lo que se sirvieron en el vaso. El compañero quería sacarlas, la mesa ocupada sin consumir. Hablaron de novios, de los jefes, de las compañeras de trabajo, de la ropa, de los almacenes en donde la compraron, nunca de los celos y sí de su intensidad para acosar a los novios, no de su terquedad y sí de cómo son de necios los otros. Esta noche hay una mesa con dos muchachas, estas si han pedido, comida y cerveza. Cuando ha estado cerca la conversación parece la misma del otro día, solo cambian los nombres de los personajes.

El barman llama, están listos los cocteles. El hombre sin brillo en los ojos le toca las manos al pasarle las copas, ella lo ignora para no darle importancia. Mira hacia las mesas, enumera a las parejas que se están tocando las manos, en uno en donde había tres, el tercero fue al baño, y la pareja que se quedó se está acariciando las manos mientras miran por instantes hacia la salida del baño.

Hay un hombre solo en la mesa junto a la entrada. Viene los martes y los viernes. El primer día se va después de la segunda cerveza, el viernes, en cambio, puede pedir más de seis hasta salir ebrio. No es su amigo, pero le gustaría serlo. Está sentado escuchando la música, se le nota por el movimiento de los brazos cuando imita al baterista o por el de la cabeza cuando sigue el ritmo de la canción. Trae un teclado, lo conecta al celular, y luego escribe casi todo el tiempo. A veces lee, quizá una o dos páginas antes de volver a escribir.

Sabe que si va hasta la mesa a ofrecerle una cerveza más él le responderá que todavía no, que no debería porque si se emborracha nadie lo llevará a la casa. Varias veces ha estado tentada a ofrecer que ella lo haría si él le promete leer lo que ha escrito esa noche.

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