Encuentros inocentes

En cuarto año de bachillerato estudió conmigo una niña de mi edad, ambos con catorce años cumplidos en meses distintos. Una tarde, al salir del colegio, nos encontramos en la esquina, cada uno caminando a su casa, yo iba con el morral en la espalda y con un papel en las manos. Lo doblaba para repetir lo aprendido la noche anterior, fue mi primera figura en origami. Recuerdo haberle contestado a las preguntas con frases muy cortas: me gusta, apenas estoy aprendiendo, son de un libro, esta es una paloma, es un solo papel con las mismas medidas en cada lado. Nos quedamos sentados en el andén de esa esquina una hora más, yo le indicaba los pasos, ella los repetía sobre una hoja arrancada del centro de su cuaderno de matemáticas.


Supe de ese momento unos años después cuando coincidimos en una feria local, en el baile organizado por la colonia de habitantes del pueblo que ahora vivíamos fuera de él. Hablamos de las profesiones, cada uno se había graduado de la propia unos meses atrás. Había venido con el novio, yo sentí en sus palabras que era su pareja y no simplemente un novio más. Nos juntamos en un bar, recuerdo escucharle que su novio había estado tomando con sus hermanos y estaba durmiendo en su casa la resaca. Del café pasamos a los tragos en uno de los bares alrededor de la plaza. Ella mencionó el momento del origami, yo no comprendí su comentario, solo respondí mecánicamente sobre mi afición por este arte japonés. Ella descolgó el sol, lo puso en la ventana, extendió un valle alrededor de nosotros, sembró unas montañas, y luego de hacer eso recordó la calle, la esquina, la hora, el tiempo que pasamos, el momento en que puso su mano en mi cabeza para hurgar en mis crespos con sus dedos. Me contó que esa hora sentada conmigo reproduciendo los dobleces que yo le enseñaba le costó un castigo ejemplar, sus padres la dejaron durante tres semanas sin salir con sus amigas, sin televisión, y tuvo que hacerse responsable de tareas en la casa que antes no tenía que hacer.

Esa noche la conversación trajo consigo un momento de baile, un rato de caminar por las calles de la infancia, que aún cambiadas nos permitían hablar con una misma memoria.

Siete años después, en un café, los dos hacíamos fila para pedir capuchinos, ella adelante, yo atrás. Supe de su presencia cuando la vi sentarse en una mesa junto a la ventana. Cuando tuve mi bebida en la mano me acerqué, me reconoció y sonrió. Compartimos la mesa, dispusimos allí nuestras memorias más nuevas, las antiguas las dejamos para el final. Me contó que el día, (la noche), en la que estuvimos conversando en el pueblo su novio se enojo. No era cierto que estuviese durmiendo en su casa, ella había salido con cualquier excusa para caminar y él se quedó esperándola toda la tarde hasta la noche. Cuando volvió a casa, él, además de estar enojado, le pidió terminar su relación.

Supe de su pareja, de la vida profesional y marital, de los días fríos, y los días grises, de las noches agrias, y las mañanas de dolor. Una charla del desahogo. Quizá yo también hablé de ese modo durante un largo rato. Después, cambiamos de lugar, fuimos por ahí, por allá, apreciamos la cercanía y muy tarde en la noche ella se despidió de mí con una mano levantada que pude ver por el vidrio de su automóvil.

El siguiente encuentro fue en un centro comercial. En la zona de ropa para niños. Yo estaba con mi sobrino buscando ropa deportiva para sus clases de ciclo cross, ella con una niña de ocho años de quién no habló cuando conversamos siete años atrás. Sonreímos, nos acercamos para el abrazo, hablamos un poco, nos acompañamos durante las compras y, cuando la niña y mi sobrino estuvieron entretenidos con unos juegos trajo para mí el momento anterior. Entonces me dijo que tras esa noche se separó de la pareja con quien vivía.

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