Urge amarte

Dejas la taza de café en la mesita con tus libros, pones también las dos galletas de avena sobre el plato. El teléfono suena, un timbre seco, sin ding o dong, seco, sin presunciones musicales. Adelantas la mano hasta el lugar en donde se encuentra, no alcanzas, te extiendes un poco, lo tomas con la mano, está enredado con el cable del manos libres, lo tiras, se mueve hacia lo alto, con él, con el cable se mueve un libro, empuja por voluntad impropia el plato, la taza de café, y tú te levantas antes de continuar con el «hola, cómo estás», el plato vibra contra el piso, tú mueves el pie, por instinto lo estiras para evitar el golpe contra la baldosa, tras el plato, la taza abierta, el café como un río aéreo, la tibieza ligera, la piel herida, primero el zurcir de la porcelana, luego el calor líquido, y la palabra con asombro, «jueputa».

Un instante, una razón para colgar, lo haces, no prometes retorno de llamada, otro instinto, un trapo, limpias, no hay herida, solo un fogonazo veloz que desapareció pronto. El plato, fuerte plato merece un aplauso, no se quebró, lo levantas, recoges las galletas, la taza rota, limpias el líquido de la baldosa, pasas otro trapo, miras, a otro lado junto a uno de los soportes de la mesa, un papel, una nota escrita, tuya, mía, una expresión, una confesión fugaz, la lees, te asomas a una memoria anterior, me miras, la mano, la tuya, el borde del papel blanco, una nota que empieza diciendo: «urge amarte porque huir de ti es también una urgencia»

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