Fragmentos de bar

Una pareja comparte el espacio, la distancia entre sus cuerpos ha sido descontada por el imaginario de los dos, ella se ha apropiado de un beso en las formas delgadas de los labios en la boca del hombre, él de las manos y los brazos, de la espalda y todo aquello visible e invisible a quienes no ven con el deseo. El cabello no conoce la tensión, se descuelga largamente por la desnudez que permite una blusa que deja abierta la piel hasta unos centímetros abajo de los hombros.

La muchacha con los tacones altos es alcanzada por el frío, sus defensas están a punto de caer, y caen, pone los brazos sobre el pecho, da pasos hacia un espacio detrás de la barra en donde una máquina produce café caliente. Los tobillos desnudos, los vi entre pasos por encima del color rojo de los zapatos, la línea dorada de una ajorca tembló, sus movimientos fueron producidos por los pies adelantando uno al otro. En la punta alta de sus senos, sin remedio posible el frío que viene de la puerta se cuelga y pone fin a la planicie.

La blusa de la muchacha en el lado externo de la barra en el bar lleva la tela tensionada. Los hilos no están a prueba, quizá sea mi decencia la que lo está, no he podido dejar de ver la convexidad de sus formas, un botón conforme a su responsabilidad se mantiene firme, está comprometido con el ojal a impedir cualquier apertura no prevista.

Una canción riega con recuerdos las memorias, del pasado al que pueden acceder los que están en la mesa junto a la ventana de la calle, se miran los amigos, se les atraviesa una fiesta de universitarios, una noche en que el de la derecha conoció a su esposa y el de la izquierda no conoció a nadie, sin embargo, por la suerte repentina que acompaña a los suertudos, los dos salieron acompañados y al siguiente día ambos, cada uno en su propia cama, despertaron junto a mujeres hermosas. Hablan de trabajo, de la cotización de la moneda, de unas acciones puestas en el peor momento, de unos días de crisis y otros de fortuna.

El muchacho que atiende a las mesas suma mesas y propinas, percibe el olor de un cigarrillo, alarga la nariz, supone el origen del escándalo olfativo, es su jefe que se olvida de cumplir las normas, se mueve, agiganta sus piernas, sube las escaleras, da con el segundo piso, sabe la distancia hasta la oficina, una puerta y un letrero, administración, la bisagra abierta, el jefe lo observa y pone la punta contraria del objeto que estuvo antes en su boca sobre un cenicero oscuro de cenizas. La mirada es suficiente, acuerdan cerrar la puerta.

Afuera, en la entrada, un joven nervioso espera, una cita, un compromiso, el nombre para el momento no le importa, esta noche, tras los tragos de vodka a los que se han comprometido con su novia se irán a la cama al motel que le recomendó uno de sus tíos. La novia viene en un taxi, se hace tarde y la congestión vehicular juega en su contra. Ella siente un cosquilleo incómodo en las piernas, viste pantalón, acusa a la textura de la tela de rozar su piel y producirle esa sensación de estar obligada a rascarse.

La muchacha con la boca del frío amamantándose de ella viene a mi mesa. Otra cerveza.

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