Encuentro

Por una suerte de milagro entraste al supermercado, tras la lluvia pendenciera que golpeaba todo ser vivo y muerto en la calle llegaste, no pudiste verme rodear uno de los estantes observando los alimentos expuestos, lo sabrías después cuando me escuchaste hablar sobre ello como si fuese un acto de heroísmo, creíste que la lluvia me había secado el cerebro en vez de empantanarlo, no sabías de qué o por qué o para qué estabas escuchándome nombrar la lista de marcas de cada tipo de alimento. Entraste rápidamente, preguntaste si sería posible encontrar una bebida caliente, el hombre en la caja te dijo, «no hay para la venta, sin embargo, podemos compartirte una taza de café del que estamos preparando para nosotros», aceptaste y sonreíste plena para pagar por la bebida caliente. Te quitaste la gabardina, estaba empapada, mediste en litros la inundación en tus zapatos, el hombre de la caja te indicó la ruta hacia el baño, allí podrías secarte un poco, eso hiciste en el baño, con unas toallas de papel limpiaste la cara, escurriste la tela, te sacaste los zapatos y lo que hiciste con la tela lo repetiste con las medias. Hubieras querido zafarte de toda la ropa, no era prudente ahí, supusiste desde un comienzo que había cámaras para grabar a los clientes atrevidos que intentaban sacar sin pagar la mercancía metiéndola bajo su ropa.

Volviste a la caja y el café te estaba caliente esperando, fue entonces cuando te fijaste en mí, igual a una sombra gatuna, así me sentiste, llevaste el café a la boca y dejaste tus ojos prendidos de mis movimientos. El hombre de la caja inició una conversación contigo, empezó haciendo observaciones sobre el estado del clima, las calles abultadas por corrientes de agua, el alcantarillado inservible para vaciar por sus tuberías el agua de lluvia, y otras cosas, otras cosas sobre las que no querías enterarte y, por el café, las ibas a escuchar, eso era parte de la amabilidad entre desconocidos, recibir un café y prestar el oído para escuchar atenta.  Me viste venir con un paquete de galletas de sal y una bolsa de dulce de mora, observaste el color de mi ropa, un pantalón negro y una camiseta azul, apenas eso, como si estuviese preparándome para una pulmonía, a ti te prestaron antes una manta con la que te cubrías para abrigarte, el hombre llevaba un saco grueso de lana, esperabas que yo tiritara, pero parecía que todo el calor de miles de años estuviese concentrado en mi cuerpo.  Te sorprendiste de mi indiferencia por tu presencia, lo sabrías también luego, yo estaba pensando en que el cajero no tendría cambio para el billete con el cual iba a pagar, entonces te fijaste en como alcancé al cajero el dulce y las galletas, sin saber qué tipo de impulso te puso en esa situación para que dijeras, «es más rico el dulce de piña», a lo que me escuchaste responder, «no encontré, yo también prefiero ese sabor», el dependiente llamó a alguien, a un asistente que estaba en el fondo trayendo otro café, le pidió buscar un dulce de ese sabor, y mientras eso ocurría me preguntaste por el frío, y la respuesta no la recuerdas, solo querías mi conversación, escucharme, luego dirías que el cajero te estaba asustando, pero quizá también con el tiempo dudarías de ello.

Pusiste toda tu atención en ver la manera diligente con la cual el empleado del supermercado ajustaba con billetes y monedas el cambio después de haber recibido el billete que yo había dado para el pago.  Notaste cuando miré tus senos, sí, estaban tus pezones erguidos como solo puede lograrlo el frío, habías abierto un poco la manta y la cerraste sobre tu pecho, viste como pasé de arrimar mis ojos a tu cuerpo a parpadear en dirección a la calle, me dijiste algo sobre la lluvia, el cajero repitió lo mismo del comienzo de la conversación contigo, sentiste mis ojos espiando la taza con el café, y sin haber mediado pregunta alguna dijiste, «no venden café».  No hubo continuación alguna por parte de las otras personas a tu observación, el asistente había traído el dulce de piña, supiste que en la bolsa de plástico iba mi compra.  No pudiste impedir seguir hablando, me advertiste sobre el bacanal líquido regándose desde lo alto, asentiste con tu rostro cuando acepté tu recomendación y me quedé a tu lado sin movimiento alguno.

El silencio se convirtió en una especie de clavos hiriéndote en la boca, querías huir de tu mutismo, necesitabas una ayuda, no podrías tú sola entablar una charla, y apareció un milagro, sí, desde lo profundo del firmamento un relámpago descosió la tarde, luego el trueno inevitable amenazándonos con la sordera.  Empezaste la conversación nuevamente, comprendiste que no dejaría yo de seguirte, pasó la lluvia, dejaste la manta, saliste conmigo, me invitaste a un café en un sitio cercano, dejaste que yo abriera las galletas y las compartiera contigo, reíste hasta la saciedad de mis comentarios sobre el orgasmo y la lluvia, más tarde, cuando partiste hacia tu casa y me viste partir hacia la mía, teniendo cada uno el teléfono del otro, te preguntabas si el agua se había secado sobre la tela o la tela la había absorbido por completo.

Escuchaste el teléfono timbrar, sonreíste con mi nombre en la pantalla, contestaste diciendo, «habla la mujer de la lluvia en el supermercado».

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