Diarios Innecesarios XLVIII

La mujer en la panadería estaba perfumada con un aroma que no era ocupado por el olor del pan recién horneado. No es habitual para mí visitar la panadería los días en que voy a la oficina, aunque de manera regular voy cuando llueve, la lluvia promueve dentro de mí un gusto natural por el pan y voy al lugar con una prisa que me niega, se me ocurre que mi velocidad aumenta cuando dirijo mis pasos al lugar, un movimiento obligado hacia el aroma que se escapa del horno. El perfume de la mujer absorbe mi atención, no sé cuál tipo de pan escoger, ahora miro a la mujer y una timidez infantil me cubre.

En la mañana, después de que la mujer puso en una bolsa de papel los dos panes con queso, pasé una de las mesas y sentado ante la ventana tuve una conversación conmigo mismo, una confesión ante el vidrio de mirada larga. El agua caía desgonzada sobre la acera, sobre los paraguas de los prudentes, en las camisas blancas de quienes se fugaban a prisa buscando evitarla, sobre quienes lentamente y con la misma indecisión de la lluvia iban caminando hacia cualquier parte. Una mujer parecía estar dormida a unos metros de la ventana, quieta, sin movimientos visibles era visitada lentamente por la humedad que se propagaba sobre sus hombros y su espalda, el cabello corto ya había cedido toda voluntad al agua. La mujer usaba zapatos invisibles que permitían ver el mismo tono en sus pies, prefiero pensar eso antes que aceptar su levitación sin piernas.

Hubo un tiempo que salía con una mujer que levitaba, era asombroso verla, pasaba encima de la cama y se desvestía haciendo danzas en el aire. Recuerdo sus juegos, además de la admiración que me asistía al verla sentía un temor descomunal que se hizo presente cuando se fue volando por la ventana de la cocina como una cometa.

No dejó de llover mientras comía pan así que debí salir a caminar sin paraguas, fueron apenas cuatro calles hasta la oficina. Llegué con los lentes de las gafas apagadas en gotas largas. Entré al baño para limpiar los lentes, sacudí el agua del saco y luego fui hasta mi escritorio. Una llamada pérdida en el teléfono me hizo volver a la memoria antigua, una ex novia de quien puedo decir tenía los ojos negros como la noche. Le devolví la llamada y no contestó.

Sentado volví a sentir el aroma del perfume de la mujer y el sabor del pan

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