Diarios Innecesarios XLVII

No lo estás preguntando y tampoco es que a propósito me acerque a esta ventana virtual para contártelo, pero a veces algunas palabras son tan innecesarias en nuestra boca que rápidamente hay que zafarse de ellas para poder dar espacio a las que son necesarias, por supuesto, no sabría cuáles ni para qué, pero bueno ahí te cuento que me duele el tobillo izquierdo, es un dolor fuerte, quizá me gustaría decir abundante, abunda en mí un dolor que quiebra mi ánimo. Abundar es una palabra bonita, a mí me gusta, eres abundante en vacíos y por eso caigo en tu nombre, o con abundancia de piel y de besos te maquilla la noche, o abundas en mí del único modo posible, en los escasos partos de tus piernas abiertas en mi cama.

Ahora que he roto el silencio del lugar en donde el teclado de mi computadora se hace notar y reclama por la brusquedad de mis dedos al darle uso, ahora se me ocurre que la calle está muy fría para calentar a las putas y seguro si voy a donde ellas su calle estará vacío y solo las más atrevidas seguirán de pie ante la puerta cerrada del lugar en donde por pocos pesos y mucha vergüenza uno entra a gastarse las mismas calorías que se usan para una carrera de 100 metros planos.

El tobillo sigue resentido, se duele del movimiento mínimo de mi pierna. El teléfono no suena, su mudez me obliga a observar el estado de conexión a la red, parece bien, eso quiere decir que a nadie se le antoja enviarme siquiera un mal chiste. Vuelvo a mirar el teléfono, escojo el último mensaje gracioso recibido y lo mando a un par de contactos. Para eso es la tecnología, para conectarnos velozmente a decirnos las mismas boberías que tardaríamos un poco más en decirnos.

Sabes, me como las uñas, no tienen sabor pero me satisface hacerlo. En una reunión a la que asistí en la mañana, a mi lado una mujer jugaba con su anillo de matrimonio, le daba una y otra vuelta en el dedo, en eso se entretenía mientras los demás expresábamos nuestra mayor virtud a los otros, es decir, decíamos una cosa del mismo modo en que decíamos la otra y nada nos importaba porque la tarea que se asignaría no sería nuestra responsabilidad hacerla. Así somos, un poco lentos para comprender que nuestra inteligencia es para ofrecer lo mejor que tenemos y no para hacernos los tontos.

Esta mañana la muchacha de veinte años que pasa a quedarse en mi cama cada cierto número de noches dejó hecho el desayuno, me dejó una nota que me hizo prometer leería solo después del desayuno, lo hice como lo pidió y me causó mucha gracia, decía, «Imagina que hubiese veneno en lo que comiste, estarías muriéndote o ya lo hubieras hecho. Me gusta saber que confías en mí». No se me ocurrió nada inteligente para decirle, la llamé y con un poco de timidez le dije que era cierto y por eso dormía tranquilo a su lado. Ella respondió de la misma manera, y al final dejó abierta la posibilidad de venir más noches a quedarse conmigo.

En la librería, cuando estaba sacando de mi morral un libro para pedir el cambio porque tenía unas hojas manchadas con tinta, se salió un condón, de los que llevo por si acaso, fue muy gracioso ver el rostro de la señora que estaba atendiéndome, yo me puse rojo, con la cara de color rojo, y ella me dijo algo sobre los libros y el sexo, le parecía que usar condón era como leer un libro sin poder tocar sus hojas. Sabes, quería quedarme con el libro con las hojas manchadas de tinta pero no se me ocurría una historia para justificarlo así que mejor fui a hacer uso del derecho a cambio. La señora me propuso dejar uno de los condones en medio del libro, una especie de marca para la suerte que sería recibida por el próximo que viese el libro. Así lo hicimos, dejamos el libro en uno de los estantes con el condón dentro.

Me parece prudente salir a caminar un poco, las putas me seguirán esperando, el tobillo continuará doliendo, la muchacha quizá vaya esta noche a casa, el libro probablemente ya le concedió la suerte a un lector, y yo escribía esto para lograr una sonrisa de tu parte.

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