Diarios Innecesarios XLIII

En el bar, en una pizarra que servía para promover eventos, publicar ventas, dejar fotos de mascotas perdidas y dejar notas de cualquier tipo, una nota en la parte superior dice: «Estaré aquí jueves, viernes y sábados desde las siete hasta las nueve. Si no estoy puedes dejar un mensaje con el cantinero.  Emilia».  Arriba de la línea de vinos, la hora en el reloj indicaba que en veinte minutos la persona llegaría a cumplir la promesa.  El minutero del reloj gira al contrario de la aguja que marca las horas, el segundero es una línea de color que va cubriendo primero de azul y luego de amarillo todo el círculo.

Dirijo mis pasos a una mesa rodeada de dos sillas, me siento en una de ellas y en la otra pongo el morral.  Levanto el brazo derecho, le hago señales a un muchacho que lleva un uniforme con un letrero en el pecho, “Usted pida que yo sirvo”.  Pido una copa de tequila y mientras el mesero da la vuelta hasta la barra saco la agenda del morral, tomo el bolígrafo y escribo «Para Emilia: Estaré aquí lunes, martes y miércoles desde las siete hasta las nueve. Si no estoy puedes dejar un mensaje con el cantinero. Juan».  Saco la hoja de la agenda, la doblo y guardo en el bolsillo del pantalón con la intención de dejarla junto a la nota de la pizarra.

En la pantalla del celular aparece un mensaje al tiempo que siento la vibración en la mano.  Es una oferta para descargar tonos.  A veces me ofendo con estos mensajes, otras veces los recibo y pienso en que alguien está gastándose unos centavos en participarme de sus necedades para que luego yo le retribuya mediante una compra.  Borro el mensaje y busco en la galería de imágenes la fotografía que le hice a la nota de la pizarra.  La envío a una amiga y le digo que algo así eso es lo que deberíamos poner en la puerta del apartamento de cada uno de nosotros, una nota para quien vaya a buscarnos.

Unos segundos después vienen las preguntas acostumbradas y las respuestas necesarias.  ¿Cómo estás? Estoy.  ¿Cómo vas? Voy. ¿Ya te bajaste de la tierra? No, la muy terca no se detiene. ¿En dónde andas? En un bar por el centro. ¿Con quién fuiste? Solo.  ¿Buscando historias o mujeres?  Historias, mi suerte con las mujeres es poco efectiva.  ¿Tú, en dónde andas? En casa, hace mucho frío en la calle. ¿Viste la fotografía? Sí, estoy pensando en qué poner en mi puerta. ¿Eso está en el bar? Sí. Mi amiga envía al rato esta propuesta para poner en su puerta, “Cuando vengas a buscarme, avísame para no estar”.  Pongo unos emoticons de risa.  Le mando ahora la fotografía de la nota que yo pondré en la pizarra.  Recibo emoticons de risa y luego un mensaje pidiéndome esperar, ella se va a ver televisión.

El mesero había dejado la copa de licor y yo de manera instintiva había empezado a tomármela.  Levanté la mano para preguntar por el autor de una canción que sonaba en ese momento, me dijo el muchacho que era de un grupo de rock que se presenta los viernes en el lugar.

— Buena canción.
— Sí. Este viernes no vienen, están en exámenes.
— ¿En exámenes?
— Sí, son estudiantes de arquitectura

El muchacho volvió con el segundo trago y me mostró un CD del grupo, la carátula estaba bien lograda, las letras de las canciones estaban en un folleto incluído dentro de la caja del CD.  Me gustaron las letras, eso dije y el muchacho compartió conmigo sus apreciaciones sobre la música.  Prometió poner la canción que le pidiera y se me antojo escuchar “Cure for pain” de Morphine.  Al rato sonó esa canción y como bonus track, según me dijo al volver a la mesa, puso a sonar “Hanging on a curtain”.

En la barra ni en las mesas vi a una mujer solitaria.  Quería ver a una mujer esperando a alguien y no ocurrió así.  El ruido de las personas hablando en el lugar empezó a superar el de la música, la música fue aumentando el volumen y la sensación de incertidumbre que eso me produce fue apoderándose de mí, eso me hizo pensar en salir.  Llamé al muchacho, pedí la cuenta, la trajo a la mesa, pagué con efectivo, incluí la propina y le pedí que me vendiera un CD del grupo.  Al rato estaba junto a la pizarra, pensando en que nadie me observaba puse junto a la nota la que yo había hecho de respuesta.

Antes de salir, el mesero me llamó, me dijo que uno de los integrantes del grupo estaba en el lugar y quería ponerle el autógrafo al disco, me acerqué hasta la barra, era el baterista.  Hablamos un poco de música, me invitó a sus presentaciones, en general repitió lo que ya me habían dicho.  Me estaba despidiendo de él cuando alguien dijo “Jueputa”, y todos escuchamos, una mujer era el origen de la palabra.

Varios se aproximaron a preguntarle qué ocurría, ella mostrando el pizarrón decía, hoy no vino Emilia, y alguien le dejó una nota de respuesta.  Eso es estar muy de malas.

Yo salí a la calle, había empezado a llover, la lluvia inevitablemente iba mojando todo mi cuerpo.  Los tenis fueron los primeros en resentirse por la humedad, después fueron los calcetines y la tela en la espalda de la camisa.

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