Recuerdos fotográficos

La mujer en la calle tomaba fotografías de la iglesia.  Las formas se acumularon entre sombras y luces, los colores empezaron a pertenecer a la memoria digital de su cámara.  El sol mantenía en alto su grito de guerra, ninguna nube se atravesaba a sus guerreros de fuego, la tarde estaba plena de luz.  Cerca de la mujer dos niños juegan a perseguirse, cuando uno alcanza al otro cambian los roles y persecutor se convierte en perseguido.

Por entre los árboles sale una pareja, la mujer de la cámara la mira, apunta su lente, los sorprende tomándose de la mano, las manos son ahora un objeto más en su colección de seres estáticos que se acumulan uno junto a otros momentos robados de la realidad por la mecánica de la cámara.  Un par de palomas descubren en el piso granos de arroz que un niño arroja al piso.

Ahora la mujer da pasos de ciego hacia la entrada de la iglesia, se niega, un recuerdo atómico escondido en su adn la hace trastabillar, se cae, la piel de su rodilla pierde la batalla contra el piso, sangra, se limpia con la mano, extrae una toallita de papel de su bolso, nadie ha venido a ayudarle, se levanta, ya está limpia la rodilla, aun se enlazan con el aire unas gotas de sangre.

Le teme a la puerta, no tiene una certeza del recuerdo, sabe que una vez entró ahí, el aroma a sal escondida tras la puerta, un ruido de espadas, el olor de la pólvora recién quemada dentro de un arma.  Igual que las imágenes en su cámara estas las tiene ella almacenadas en su memoria histórica.  Da varios pasos dentro de la iglesia.  Adentro flores blancas adornan el altar católico, tiembla, le duelen las piernas, siente una herida en sus piernas, está a punto de llorar, se contiene, busca un lugar donde detenerse.

En una silla descansa el dolor antiguo, siente un ardor en su vagina, no sabe de dónde viene el olor a sal, no es el mar, no entiende del aroma a pólvora, nadie ha disparado, aún así en su oído derecho siente que un tambor es latigado por un martillo de hierro.  En sus pupilas, en esa memoria no aclarada, a esa a la que ella no puede acceder, ahí los recuerdos se desenredan, se apuran en formarse uno tras otro en el orden que les toca.

Había sido infiel a la promesa de mantener su cuerpo libre de caricias y su cuerpo sin penetración alguno, no pudo hacerlo, amaba al marinero portugués que había estado viviendo en su casa por varios meses con la excusa de que su barco llegaría pronto.  Se dejó llevar por una marea incontenible que la sacudía desde los pies hasta los hombros, tuvo y fue consumida por la sal sexual de una tarde sobre la arena.

Su padre enterado de su flaqueza la obligó al matrimonio antes de que el marinero se fugara, él fue obligado a casarse con ella.  El día de la boda, antes de salir de casa, su madre untó de sal marina y limones ácidos desde sus piernas hasta su ingle, así pagaría con ardor la afrenta.

Ella levanta la cámara, toma un par de fotos, recuerda todo, se duele de la memoria, llora, sale a la calle, el sol hace eco de su luz sobre la lágrima que rueda.

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