Diarios Innecesarios XXXVII

La única razón por la cual llegué tarde a la oficina es una historia antigua de vocablos en los labios y manos adentrándose en la ropa que se apareció sin razón, sin prisa, igual que atadura suelta en el zapato o sostén herido en la costura.  No se me ocurre otra manera de nombrar el hecho.  Caminé apenas unos metros después del paradero del bus, esperé al cambio de color en el semáforo y cuando el verde hizo clic en mis ojos, un parpadeo de más me obligó a verla.  Una mujer sobriamente vestida, (no tengo remota idea de lo que significa ‘sobriamente vestida’ pero se me ocurrió y lo puse) con una blusa y falda azul arriba de la rodilla, como si el desenfado con el que se la había puesto le apareciera de pronto en la boca, dijo mi nombre y en seguida, me advirtió acerca de mi gusto por otros lugares más llenos de formas atractivas a mis manos y mi boca.

 

La sorpresa no podría ser mayor, además de reconocer mis gustos, la voz cayó madura de frutas en mis oídos, la reconocí, su sonrisa se tragó mis temores y la cara de vergüenza se convirtió en inoportuna inocencia, así, me saludó y el abrazo nos mantuvo contagiados de una ternura antigua, de una calidez sin fin.  Ella averiguaba por sus notas de colegio y yo empezaba mis primeros semestres en la universidad, apenas un par de años hacían diferencia en nuestra edad, ella bella y yo con alguna atracción que para ella era suficiente. Me preguntó, puedes llegar tarde a tu trabajo? Yo pensé en las reuniones programadas, en la agenda del correo, en los compromisos adquiridos, todo me supo a cable, no recordé un solo compromiso o reunión, de inmediato dije, claro que sí.

 

La invitación para el café fue a su oficina, sus compañeros de trabajo llegarían después de las diez, ella por una razón excepcional debía llegar temprano este día, el auto lo había dejado a unas calles, en el centro de la ciudad estaban programadas unas protestas y ella prefería caminar antes que asomarse al trancón del final del día.  Una señora insistía en servir el café, ella se negó, ante la insistencia de la mujer, le dijo mirándome, su nombre me hace temblar, así que le concederé servido este café mientras conversamos un poco, déjeme consentirlo, y la señora con gesto de complicidad pero con arrugas de incomprensión dejó que ella lo hiciera todo.

 

El café llegó a la mesa, sin que pueda imaginar otra razón a que la casualidad estuviera de mi lado, el botón superior de su blusa había cedido sus derechos y permitía al ojal recibir  tranquilo el aire de la mañana, por supuesto, a mí se me notó la aventura oceánica con la que atravesé sin mar ni lunas hasta el lugar ajeno al sol que sin austeridad se atrevía a mostrarse a mi falta de timidez visual.

 

Una pregunta, una respuesta, una historia, una contra historia, dos palabras, tres acentos, varias risas, silencios aceptados, así iba la conversación hasta que el teléfono en mi bolsillo insistía en obtener atenta atención de mi parte.  No era mi jefe.  No era uno de mis compañeros.  No tenía citas programadas, eso lo supe después.  Era el gerente comercial de uno de los proveedores de servicios en mi trabajo, pasaba por ahí, y quería saludarme, de paso contarme algunas de las nuevas soluciones que tenían para resolver problemas que no tenía y que yo debía solucionar prontamente.  Pude decir palabras con el tono cercano al enojo que sentía, solo le dije, no puedo estar ahora en la oficina, estoy por fuera y me demoro un poco.

 

Al tiempo que me despedía del inoportuno gerente, ella rompió su neutralidad y se puso de parte del ojal, juntos cerraron el escote.  La conversación dio lugar a todos los espacios comunes que eran necesarios, compartimos los números de teléfono, negamos nuestro estado de soltería, hablamos de los lugares apropiados para vernos el fin de semana, ella contestó un par de llamadas mientras yo veía en una de las repisas de su oficina sus diplomas universitarios.  Un mensaje en mi celular advirtió mi necesaria presencia en la oficina.  Esta vez uno de mis compañeros me pedía acompañarlo a resolver un incidente propio de mi profesión.  Era inevitable ir a la oficina o inevitable aceptar la rendición de cuentas con el jefe. Opté por el primer inevitable.

 

En la puerta de la oficina, con el escote en la punta de mis ojos, me dio un beso en la boca y me preguntó, ¿en qué piensas? Solo supe responder, en el lunar que llevas en el centro de tu seno derecho, ella me propuso poner fuerte y sin remedio su mano en mi cara, yo le propuse lo mismo pero la mía en el lugar de mis miradas antiguas.  De verdad, ¿solo estás pensando en eso? Preguntó ella, puse mi cabeza en su cuello, me disculpé por la innecesaria sinceridad con la que le respondía, y ella mordió mi oreja diciendo en tono bajo, me gustan tus innecesarias aventuras, vete a la oficina que llegas tarde, toma el botón de mi blusa y vuelve a pensar en mi lunar que yo pensaré en tu beso.

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