Diarios Innecesarios XXXIV

Camino por los pasillos del supermercado, una mujer va adelante, no la conozco, apenas hace tres pasillos que la sigo, su falda me habla, dice, hay más universos bajo mi voz que narraciones en tus palabras. Sus pies son de una precisión sin estética, caen por entré líneas invisibles, da giros con una necesaria aventura que me ciega y obliga al seguimiento. Ella camina entre lugares comunes que pasan por el blanco y los colores pastel igual que el negro y rojo planos y plenos de secretos futuros. Escoge ropa interior, toma una y otra prenda, duda y no vacila en abandonar el gusto previo. Parece que me nota, paso de largo sin verla, soy el desconocido que va absorto por la pantalla de un celular en donde escribe y pude darse un golpe por no ver el camino. Se que sonrió con esa cercanía que lleva la sonrisa a la burla.

Otros pasos? Pasillos llenos de inventarios que al ser comprados por alguien serán prendas repetidas en el gusto de quienes vestirán, sin alquilares en armarios y entre sábanas y manos. Me voy hacia el lugar en donde los vegetales esperan manos que se aproximen a sus formas. Una canción de Aterciopelados me congela. Un niño reprende a su madre, ella quiere llevar tomates y coliflor, zanahoria y pimentones, la discusión es fuerte, siempre lo mismo, como si en esas cosas no se mearan las abejas y los pájaros, yo le creo al niño, le dice, la otra comida es preparada con higiene industrial. Este muchacho se la juega y pierde, un pellizco lo libera del esfuerzo y va al lado de su madre con llanto y gemidos.

Busco a la mujer y la falda, a lo lejos camina sin prevención con una cesta de lo que será desnudez prohibida. La supongo libidinosa, o era al contrario yo libidinoso y ella desnuda o las dos cosas al mismo tiempo.

Un par de latas de cerveza, más honestidad me piden las letras, dos “six pack” de cerveza nacional y una botella del peor tequila que se alojaba en el estante. Voy hasta la zona de aseo y escojo el shampoo acostumbrado, las cuchillas, el jabón y paso rápidamente a los detergentes, los mejores amigos de la cocina a los cuales identifico como presidiarios del lavaplatos.

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