Diarios Innecesarios XXX

Ella empezó el reclamo con furia, una furia que no le conocía desde hacía varios meses, quizá más de un año atrás no habíamos hablado, por eso no recordaba conversar con ella enojada.  Dijo, eres un idiota, me llamas para fastidiarme, no sabes con quién estoy, ni se te ocurre pensar que ya no te quiero escuchar y menos hablarte. ¿Por qué carajos me llamas? Entiende que contigo nada quise y nada querré, eres el peor de los imbéciles.

Unos minutos de vociferación continua la llevaron al cansancio, yo aproveché para hablar. Voy a explicarte el motivo de la llamada aunque sé de tu insensibilidad a mis razones, es lo único que tengo claro y espero por lo menos lo escuches.  Estaba en la cocina del apartamento preparando huevos fritos, ya sabes es de las pocas comidas que logro preparar sin hacer mucho desorden.  Al comienzo sentí cosquillas en la boca, pensé en la saliva y la sed, así, sin darle mucha importancia me limpié con una servilleta. Los huevos sin otra opción empezaron a dorarse en la cacerola mientras yo extraía de la nevera jugo de naranja en un vaso medio limpio del mesón.

En el mesón empezaron a aparecer hormigas, una tras otra iban buscando caminos por los cuales seguirse una a otra, pensé en el azúcar, en el arequipe, en las gotas de jugo derramadas, en las boronas de pan, en las sobras de la última torta sin limpiar sobre la mesa.  Al tiempo, mientras limpiaba el mesón hacía lo mismo con la boca, la sensación de estar babeando o goteando babas se mantenía en mi boca.

Los huevos cayeron en el plato sobre tres tajadas de pan y con él en una mano y en la otra con el jugo me fui hasta el sofá.  El televisor estaba encendido y en el canal sintonizado pasaban un partido de fútbol, me senté a hacer lo acostumbrado,  cambié de canales varias veces, fui atrayendo jugo a la boca al mismo ritmo que el huevo frito y el pan.  En uno de los canales estaban pasando la película “Pescador de Ilusiones” (The Fisher King) y solo entonces abandoné el control remoto sobre la silla para ver esta película que había visto en la universidad.

Hay una escena en la película en donde Jack busca el “Santo Grial”, justo en esa escena estaba comiéndome las uñas, quizá por pena conmigo mismo miré mis manos después de abandonar la boca y vi la primera hormiga en la palma de la mano.  Al tiempo que me limpiaba y la tiraba al piso otra cayó, entonces pensé en las babas y con una servilleta limpié bien la boca, fue entonces cuando me sorprendí porque la servilleta estaba llena de hormigas que habían salido de dentro de mí.

Cerré los labios y sentí cosquillas en la lengua, no lo soporté y apenas los abrí una andanada de bichos empezaron a correr y lanzarse al vació.  Ese fue mi primer momento de miedo.

´Tomé el teléfono y llamé a mi mamá, me pareció prudente y consideré recibiría palabras de tranquilidad de su parte para calmarme.  Ella contestó, le narré lo ocurrido, estaban saliendo de mi boca hormigas como si yo fuese un nido de ellas.  Mi mamá, quizá con la última gota antes de caer en el sueño me respondió, deben ser todas las que te comiste de niño, acuérdate que les ponías azúcar y galletas, cuando ellas salían con su porción en su espalda tú las tomabas con la mano izquierda y sin pensarlo te las comías.

La respuesta de mi mamá me pareció correcta para ella pero no para mí, me enojé, aunque quise decirle se despidió de mí con la promesa de llamarme la semana siguiente.  Quería pedirle pasara a mi papá al teléfono pero no me dio tiempo de hacerlo, así me quedé nuevamente con un silencio que era roto por las hormigas cayendo por entre los labios, y algunas veces por el mordisco obligado al cerrar la boca o pasar la saliva.

Le envié un mensaje a mi sicólogo, no lo respondió.  Envié otro y esperé sentado viendo la película.  Diez minutos después el teléfono repitió el sonido asignado para los mensajes de texto. – Mauricio, quédate tranquilo, toma mucha agua, así no te quedarás dormido fácilmente y en caso de sueño, la presión en la vejiga te despertará.  Confundido le envié otro mensaje, no soy Mauricio.  Un minuto después, con una disculpa me preguntó si podía verme en un espejo para saber si yo podía ver como salían las hormigas.  Respondí en lo que tardé en escribir el mensaje.  No puedo verme porque usted me pidió eliminar todos los espejos de la casa.  El siguiente mensaje decía, no puedo ayudarte sin tener esa información, cuando la tengas me llamas.

Ese era mi segundo intento de obtener ayuda sobre la situación.

Javier me había contado acerca de historias en el pueblo en donde se había criado, unas veces eran personas a las que una cucaracha se les había metido dentro de uno de sus oídos y con el tiempo el dolor no los dejaba mantenerse en pie hasta que la cucaracha salía, otras eran hechizos realizados por las parejas que les llenaban la cabeza de abejas y solo cuando aceptaban con docilidad los deseos de la pareja las abejas salían por la nariz o la boca.  Lo llamé.  No me contestó.  Lo volví a llamar. No me contestó.  Insistí dos veces más.  Escuché la voz de su novia, llámalo mañana, le estoy haciendo un lavado con yerbas y no puede salir de la tina hasta haber terminado.  Dile si puede timbrarme mañana, yo esperaré su llamada.

Se me ocurrieron diferentes nombres para llamar y pedir apoyo, no me sentía bien, dudaba entre reconocer esto como realidad o como sueño. No tuve suerte en obtener respuesta de ninguno. Fui a la ducha y dejé al agua fría calar helada en mi piel.

En la cama, fue ahí donde se me ocurrió llamarte, lo hice tímidamente, una vez, esperé cuatro timbres, otra vez, esperé solo tres, y a la tercera contestaste, fue cuando me dijiste palabras cuyo sonido me ofende aún y mencionaste intimidades de mi vida sobre las cuales eres la única que conoce, fue duro para mí escucharlas, sobre todo pensando que no había podido contarte de las hormigas.  Después, sin saber la razón, las hormigas desaparecieron de mi boca, sin más, como si alguien las hubiera desaparecido para siempre.

El reclamo volvió, esta vez las groserías también, al final me decía, idiota, tus putas hormigas están en mi oído y salen de ahí apenas me acuesto, y el hombre que vivía conmigo se fue espantado porque esa noche al hablarme estabas pasando tus monstruos  a mi mente.

3 comentarios en “Diarios Innecesarios XXX

  1. Gratamente sorprendente la manera como entrelazas causas, efectos y desenlace. Todo el relato pone de manifiesto la extraordinaria capacidad narrativa que postes y más aún, tu dote imaginativa. Un placer recorrer, deambular por los márgenes de esta singular historia en la que enseñas cómo nuestras actitudes, conceptos o ideas, influyen, contagian siempre, a alguien más. Enhorabuena.

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