Diarios Innecesarios XXIII

A dos calles de la oficina hay una plaza en donde las palomas pasean sus alas y picos alrededor de quienes lanzan granos al piso para que ellas se junten y luego puedan hacer fotografías con ellas elevadas con las alas abiertas o alrededor de sus cuerpos.  En el centro de la plaza una mujer se levanta la falda y da vueltas sobre sí misma, uno y otro giro la impulsan hasta que cae y se queda dormida o mareada un largo rato en el piso.  No me había fijado en su figura de huesos ahumados en la mínima carne hasta cuando la escuché cantar una canción que me gusta mucho.  Daba vueltas y cantaba al mismo tiempo.  Me detuve cerca para verla, un joven me ofreció una bolsa de granos, la compré y fui dejándolos caer poco a poco sobre el asfalto quemado de frío.

La ropa, los zapatos, la manera de llevar el cabello, todo estaba puntualmente ajustado, nada parecía estar dejado al azar, me atreví a pensar que alguien la vestía a propósito para que ninguna prenda estuviese fuera de lugar o tiempo.  El cabello cortado unos centímetros abajo de los hombros, los labios pintados delicadamente y los ojos maquillados sin exceso, una falda adornada con flores azules, la blusa blanca pulcra y un collar de piedras del mismo tono que la manilla en su brazo izquierdo que le hace juego a los aretes.

No creí que fuese alguien que viviera en la calle amontonada en algún andén, es claro que si se cuida sola lo hace a la perfección y si alguien lo hace por ella su devoción se nota en la manera como está vestida.  Un hombre se acerca, me ofrece tomarme una fotografía con la catedral en el fondo, agradezco rápidamente y me niego, prefiero moverme, los granos siguen cayendo uno a uno de la bolsa, me aproximo a la mujer, ella sigue cantando, “… que el amor es simple y a las cosas simples las devora el tiempo”, una paloma desciende cerca de sus pies, los pies no la tocan, los pies son de bailarina, no hay una sola mancha o cicatriz en sus piernas, se me ocurre que los que están alrededor de la señora me ven y suponen que soy un pervertido viéndole las piernas, no es así, solo admiro la limpieza de sus formas.

Dejo caer todos los granos al piso, las palomas llegan, las ignoro, doy varios pasos hacia la catedral, recorro mentalmente las imágenes del cabello de la mujer, puedo ver los ángulos de su cuello, sé que levanta los brazos, recorro con fidelidad de fotografía su cuerpo, de la cabeza a los pies, es entonces cuando noto que de sus pies hacia ninguna parte salía una sombra, su cuerpo no formaba la sombra básica a la que estamos obligados los cuerpos, doy un giro rápido de la cabeza, la busco, ya no está.

2 comentarios en “Diarios Innecesarios XXIII

  1. Me encanta esa forma natural como entrelazas la realidad y lo ilusorio. Pasas de uno al otro vertiginosamente, sin abruptos, sin escarnios a la razón y el sentimiento del lector que fluye, que se deja llevar por el río de tu tinta. Agradecida por la oportunidad de leerte.

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