Diarios Innecesarios XXIV

A las cuatro de la mañana oí la alarma del auto, ocurre todos los días a la misma hora.  Antes de mis problemas de insomnio no lo sabía, y tiene sentido, a esa hora estaba dormido sin que los ruidos de la calle interrumpieran mi sueño.  Son tres meses sin que yo acepte que tengo un desorden para dormir, encuentro siempre una buena excusa para justificar porque estoy antes de las cuatro de la mañana despierto sin importar la hora en la que me haya quedado dormido.

Creo que todo comenzó cuando una exnovia quiso dormir conmigo casi un mes, cada tres días, esas cosas nunca me pasan, así que ya empezó a ser extraño para mí.  Nos habíamos encontrado por casualidad en un cinema, luego hubo una cita y otra que sirvieron para descubrir que habíamos cambiado, eso era bueno para ambos, nos divertimos hablando de lugares comunes y aceptamos la diferencia de los asuntos en los que pensábamos diferente.  Las citas se dieron sin afanes, solo con esa prisa propia de quienes no esperan y en cambio se dejan llevar por una confusión que no espera ser aclarada.

En un programa de televisión, una serie norteamericana que se presentaba los viernes en la noche, su protagonista compraba condones, decía algo sobre el azar, comparaba la posibilidad de ganarse la lotería con la de utilizar los condones. Así estaban los condones en el baño, esperando a que la lotería cayera en mi cuarto.  Luego de la primera noche, al siguiente día pasé por el supermercado y con sonrisa de ganador compré una provisión suficiente para lo que esperaba ocurriera con mi exnovia.  La verdad es que yo era quien quería dormir con ella, bueno dormir es una metáfora, y no solo quería hacerlo un mes, quería hacerlo cada que se me diera en gana y se me dio en gana bastantes veces, afortunadamente para mí, ella tenía una vocación sincera acerca de mis emociones y compartió conmigo ese deseo.

Lo de perder el sueño desde antes de las cuatro de la mañana ocurrió cuando un sábado, sobre las tres de la mañana, ella hizo la observación acerca de que faltaban condones, la verdad es que si faltaban o no, para mí era un asunto sin importancia, solo estaba saliendo con ella, así que cada condón solo había usado en y por su presencia.  Tenía una cuenta exacta de los momentos en que fueron usados, yo en cambio no sabía nada, no tenía una medida, para ella algunos habían sido utilizados en otras relaciones, yo juré –no me gusta jurar– que no había estado con otra mujer en ese tiempo.  Excusa presentada, excusa no aceptada, culpa asumida.  Algo así me dijo y desde entonces solo hablamos por teléfono para discutir sobre el asunto, y yo no duermo bien en mi propia cama.

La alarma del auto suena, yo corro hasta la sala, me asomo a la ventana, observo como el hombre parece revisar el auto, luego aparece una mujer, se meten al auto, el silencio logra el tono apropiado y yo que me he acercado a ver lo que hacen sé que el silencio es lo apropiado para no ser imprudente en lo que debe contarse.

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