Diarios Innecesarios XXII

Tu sensibilidad por el sabor de la comida dice mucho acerca de lo que eres, eso decía la muchacha al tiempo que el amigo que hablaba con ella trataba de besarla. Se tomaron cuatro cervezas y ella se molestó cuando vio aparecer una quinta en la mesa.  Yo estaba en la barra del bar, un lunes en la barra de un bar enumerando a las personas que ingresaban y tomando nota de lo que hacían.  Los intentos por besarla eran menores a la cantidad de veces que ella se negaba, quizá antes él había estado bebiendo porque estaba descontrolado, sus emociones fueron presa de la prisa y poco a poco iba fastidiando la charla.  Fue al baño, quizá estaba muy borracho y por error entró al baño de las mujeres, en ese bar ese acto se castiga con la expulsión inmediata, ella no se dio cuenta, al joven lo sacaron, eso sí antes le cobraron la cuenta.  Desde la ventana vi que se iba, parece que la riña con los meseros le hizo olvidar que estaba acompañado.

La muchacha medía la distancia entre el baño y la mesa, solo unos minutos más tarde se atrevió a aproximarse a la zona de los lavabos, por supuesto no lo encontró, volvió a la mesa, miró con despreocupación hacia la barra, observé que revisaba su cartera, supuse que hacía ejercicios de contabilidad básica para asegurarse de que podría pagar.  En la mesa junto al baño una pareja se había sentado, el hombre iba cada dos o tres minutos al baño, creo que tardaba más en el baño que en la silla, se sentaba junto a la mujer que supongo era la esposa y luego de unos minutos en que parecía dormido se levantaba para ir al baño, la mujer lo ayudaba, de una o de otra manera se esforzaba porque él llegara al baño, incluso a veces entraba con él y lo ayudaba en los menesteres masculinos que están acorde con el desagüe de su orina.  Pensé que podría además tener un problema de próstata, este pensamiento no me gustó y preferí volverá poner mi mirada en la mesa donde la mujer ahora empezaba la botella número cinco.

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El hombre del bar, así le gusta que le digan, él no tiene nombre, solo es el hombre del bar, me pasó la botella de ginebra, le hice un gesto con el que me negaba a recibir un solo trago, él dijo, te he visto salir a las tres de la mañana con tanto trago encima que si te acercan fuego a la boca parecerías un dragón, y luego te llamo y estás desde las siete de la mañana en la oficina.  Hoy no, hoy no es un buen día para tomar, este lunes no hay luna llena y los lobos duermen en la casa de los ociosos, rio con tanta gracia que opté por tomarme el trago que ya había servido.  Empezó hablando del buen fin de semana que habían tenido en el bar, un grupo de extranjeros habían llegado buscando un lugar en donde tomarse unos tragos, así empezó el sábado, no pudo descansar hasta el domingo en horas altas de la noche, los extranjeros hicieron lo que pudieron, al final, o mejor al comienzo, le habían pagado por anticipado lo que iban a pedir, efectivamente al final había sido un gran fin de semana.  Yo podía beberme la botella ese día o el siguiente o cuando quisiera.  Me sorprendió su generosidad, entonces fue cuando confesó que una de las extranjeras había ido al lugar porque yo se lo había mostrado y a ella le pareció tan maravilloso como yo se lo había contado.

Los reyes magos existen.  Eso iba diciendo el hombre del mar mientras servía otro trago de la botella, cuando lo estaba sirviendo puse atención en la marca, él la acercó tanto a mi cara que debí alejar la cara, esa marca no la vendían en el bar, solo la había comprado para congraciarse conmigo.  Para mí también los reyes magos existen.

La muchacha se acercó a la barra, preguntó la hora, pidió que le ayudaran llamando un taxi, el hombre del bar le dijo que yo iba en la misma ruta con ella, quizá podíamos compartirla, me sorprendí al escucharla decir que todavía no pensaba irse, solo quería saber que a la hora de salir hubiera un taxi seguro que la llevara a casa.  En vez de volver a la mesa se quedó en la barra, estuvo viendo las diferentes opciones de licor en el bar, notó que el tipo de trago que estaba frente a mí no existía en los estantes, así, como si fuese la pregunta más importante sobre la que debía obtener una respuesta tuvimos, junto con el hombre del bar, que darle una respuesta.

Después de compartir algunos chistes ella dijo que debía marcharse, yo apenas me había tomado un trago más, ella había dejado la mitad de la quinta botella en la mesa, me ofrecía a acompañarla, ella me ofreció su cama pero para unos meses después, me pareció extraño que me dijera eso, entonces vi la nota que había escrito para mí, mi amigo sigue abajo esperándome, está borracho, aun así me llevará a casa, llámame mañana.

Volví a pensar si era cierto que los reyes magos existen, el hombre del bar trajo un par de láminas en donde aparecen, una postal de navidad que quien sabe dónde la obtuvo, la puso en la mesa y me dijo, agua fría o licor, no hizo falta la respuesta, la untamos de licor y brindamos por ella.

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