Diarios Innecesarios XX

Hablo solo mientras camino, a nadie debería importarle, sin embargo, noto una mueca burlona en quienes se cruzan en mi camino. Algunas personas lo llaman pensar en voz alta, yo simplemente hablo conmigo mismo, me cuestiono y me doy respuestas, mis propias respuestas a mis propias preguntas, tengo la certeza de que ahí empieza el conocimiento, por lo menos parte del mío.

El otro día yendo hacia mi casa una señora iba a mi lado, un par de cuadras después de ir caminando conmigo me interrumpió diciéndome que le gustaría seguir escuchándome pero ya se había desviado demasiado de su casa y debía llegar temprano. Me hizo sentir bien su comentario, agradecí y le dije que ojalá un día pudiéramos conversar sobre muchos temas, advertí que aún sin saber lo que ella pensaba, era seguro que ella estaba llena de sabiduría.

Duermo en las bibliotecas. Asisto los sábados o domingos cuanto no tengo otras actividades, es mágico lo que me ocurre. Participo en las conferencias, soy un gran oyente, asisto a los talleres, me dejo guiar y ejecuto cada actividad que me asignan con pasión de obseso. Eso de por sí me hace sentir muy bien. Ahora lo mágico es que cuando me siento a leer una hora después empiezo a dormirme y sueño, los sueños son muy agradables, casi siempre sueño con la realización de un deseo. Mis deseos son sencillos, comer helado en una tarde de sol, ganar una partida de parqués, cosas así, simples.

Un día uno de los responsables de atender la biblioteca debió despertarme, se disculpó y me explicó cortésmente el motivo por el cual lo hacía, yo estaba soñando que cantaba, y tal como ocurría en mi inconsciente iba entonando una canción en voz alta. Le pregunté si lo hacía bien, respondió con un sí, bastante sincero y consistente, de hecho me mostró que varias personas se habían cambiado a mi mesa para escucharme, las personas aún estaban ahí y me felicitaron.

Juego ajedrez, lo hago bien, no tanto como para hacerlo como profesional. Tengo habilidades para la enseñanza, transmito fácilmente los conocimientos, así, los sábados a las cinco de la tarde dicto clases de ajedrez en una librería. El dueño permite utilizar un lugar entre los libros para las clases. Van niños, adolescentes y adultos. Es amena la clase y son constantes los asistentes. Realmente disfruto de este espacio, hay niños avanzados que retan a los adultos y hay adultos que habían sido buenos en su época de estudiante y recuerdan con facilidad, entonces todos juegan y compiten y yo voy dando mis recomendaciones para mejorar el juego.

Ajedrez

El domingo van más personas, claro que algunas solo asisten un día, suelen ser niños que van al parque con los padres y se emocionan con la oportunidad de aprender un nuevo juego, también algunos practicantes que aprovechan para retarse con desconocidos. Me encanta encontrar luego a los mismos niños en el centro comercial con un tablero recién comprado debajo del brazo.

En el cinema de ese centro comercial solo presentan películas de acción o de comedia, infantiles o de suspenso. Esas no son el tipo de películas que quisiera ver pero el domingo en la noche voy sobre las nueve a la última sesión, me entretiene observar lo que hacen los directores y libretistas para construir un mundo verosímil, claro está que no siempre lo logran, aun así el tipo de audiencia que va a verlas está más interesado por la emotividad que producen las imágenes y el movimiento, el sonido y la música.

A esa hora en el cinema no van muchas personas, excepto cuando es una película de estreno. A mí me gusta dejar una carta en algún lugar de la sala o en la zona de la confitería, lo que escribo es una alabanza a quien la lea, un mensaje que pudo haber escuchado de alguien que lo ama como los padres o la pareja. No es fácil escribirlo porque algunas semanas el horario laboral me deja agotado y debo motivarme con determinación para que las palabras surjan positivas en el texto.

Hay días en que el cuello es atrapado por la corbata y me olvido de escribir sobre estas cosas. Hoy la corbata se soltó un poco y aproveché la oportunidad para empujar por la ladera una y otra cosa en el orden que iba saliendo.

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