Diarios Innecesarios XXI

En el centro comercial hay un lugar de comidas rápidas donde nos vemos con mi amigo para hacer el trabajo al que nos comprometimos.  Nos gusta hacerlo fuera de casa y lejos de la oficina, este fue un compromiso que adquirimos con un líder espiritual de no sabemos exactamente qué corriente, fue un poco de suerte para él y de tontería para nosotros, ya luego de estar comprometidos dijimos que cumpliríamos la palabra. El líder espiritual quiere que desarrollemos para su comunidad un servicio en internet que ofrezca a sus seguidores la posibilidad de comprar aire adicional para la vida, las personas lo pagan y a la vuelta de uno o dos días le aparece en el perfil la fotografía de un lugar hermoso en donde, según dice el hombre, está el aire esperándolo para ser respirado.  Las fotos las suben en otras personas, también seguidores, ellos suben las fotografías y el programa las toma al azar, escoge una fotografía y la pone en el perfil con algún mensaje extraído de las promesas de libros sagrados de diferentes religiones.

Mi amigo llamó cuando yo estaba tomándome la primera botella de agua helada, él no había logrado despertarse a tiempo y prefería seguir en la cama sin hacer otra cosa que volver al sueño.  No había problema con eso, otro día continuaríamos.  Yo tenía también una resaca impresionante, con la diferencia de que cuando me ocurre es muy difícil conciliar el sueño.  Pedí más agua, me quedé pensando en que hacer, quizá podría intentar entrar a cine a ver cualquier película, ojalá una que no tenga mucha música o que se ambiente en lugares oscuros, así salí pensando y con la idea de dormir mientras veía la película escogí una película que no prometía mucho, o más bien, yo no quise hacer nada por enterarme de que trataba la película. Pagué con efectivo, la muchacha en la taquilla me pidió ir rápido porque la película estaba por empezar, yo no sé de dónde se me ocurrió decirle, ¿No me esperan? Ella puso rostro de burócrata experto y al tiempo dijo que no, entonces respondí, eso me ha pasado toda la vida, voy por ahí con la idea de que alguien espere hasta que yo llegue pero nunca pasa, de hecho creo que el amor de mi vida se cansó apenas supo de mi nacimiento.

Logré una sonrisa en el rostro de la joven, hice un gesto de saludo y me cubrí el rostro como si cubriese mi vergüenza, en cambio ella hizo un movimiento con su mano indicándome que debía irme corriendo para llegar a tiempo.

Pedí tres botellas de agua, un vaso para llenarlo de hielo y un sándwich.  Entré a la zona preferencial, encontré mi silla, la película había iniciado hacía unos minutos.  Acomodé el agua, usé una bolsa para ir poniendo cubos de hielo, luego a la cabeza irían, tomé agua y fue entonces cuando supe que había entrado a ver una película infantil.  Una señora con tres niños venía a sentarse a mi lado, ella se hizo junto a mi silla y dejó a los niños del otro lado.  Cerré los ojos, respiré con la idea de que a mayor cantidad de oxígeno en mi cuerpo mayor posibilidad de eliminar la fatiga “postebriática”.  Recordé que había llevado los audífonos y me propuse encontrarlos en el morral, una y otra mano, en lo oscuro, buscaban entre libros y papeles, finalmente en uno de los bolsillos estaba el premio a mi búsqueda.  Después de un sorbo adicional de agua me puse los audífonos en los oídos, fue en ese instante cuando me sentí observado, giré, vi a la mujer y podría decir que toda sombra se apagó en el teatro porque debió iluminarse mi rostro al verla, creo que ella también sintió esa luz y la compartía en sus ojos.

La conocí cuando mi adolescencia había envejecido ocho semestres universitarios y debía empezar a comportarme como un joven responsable que debe asumir la vida como un adulto responsable.  Ella vivía a dos calles de mi casa, quizá nos habíamos cruzado varias veces pero solo aquella noche comprando hojas para imprimir un trabajo la vi plena y conscientemente.  Ella estaba comprando unos bolígrafos de colores, a mí me gustó a tal punto que mi timidez fue relegada al fondo de mí por el atrevimiento.  Le dije que dependiendo de los colores que uno escogiese se podía conocer la personalidad de las personas, ella no contestó, en cambio la señora de la papelería parecía que sabía del uso de los colores y aprovechó para sacarse de la cabeza un montón de cosas leídas acerca de eso.  Yo no sabía más que una cosa, si ella me decía que cuál era la teoría de los colores le diría, si escoges el color de mis ojos esta noche el viento pronunciará tu nombre en tu ventana, en cambio si escoges el de los tuyos nada pasará.  Eso pude decírselo después de que un cliente más entró al lugar y la dueña debió atenderlo, entonces me preguntó, y eso que tiene que ver con mi personalidad, todo, si lo crees es que hay oportunidad de que compartamos luego una charla sobre cualquier cosa.

No funcionó, en cambio mi timidez llegó altiva y se paró entre los dos, cuando recuerdo ese momento sé que ella esperaba que yo le hablase otro rato, tan solo nos despedimos y debimos esperar dos semanas para el siguiente encuentro.

Antes de que yo pudiese decir cualquier cosa ella le dijo a su amiga que yo era experto en los colores, eso nuevamente en la misma papelería, esta vez yo iba por hojas pero de colores para hacer no recuerdo bien qué cosa, ella en cambio iba por hojas blancas, la amiga molestó diciendo, así son los hombres, creen que saben pero no, debí haber cambiado mi color natural al rojo volcánico, rieron un rato y cuando salíamos de la papelería empezamos a hablar de cosas comunes, ella estudiaba en otra universidad y al igual que en la mía estaban en exámenes finales.  Fue la primera vez que nos quedó claro a los dos que sería ella quien rompería el hielo y yo continuaría luego como río sobre la ladera.  Unas semanas después nuestra conversación cambió de intermediario y pasó de la palabra al beso.

Mis creencias, ya no sé si son religiosas, me impiden jurar, así que dicho de otra manera, escribiría en mis memorias que ella es la mujer que amé sin lamentaciones o rompimientos, era un amor compacto.  Terminamos porque la bobería la traigo desde antes, recuerdo que ella fue con unos amigos a un paseo, alguien me dijo que habían ocurrido cosas que no eran bien vistas, ni bien recibidas por mi enamoramiento, la pelea duró unos días y cuando parecía volver todo a la normalidad una compañera se coló fácilmente en mi cama y se lo contó más tarde a ella.  Hasta ahí llegó todo, sin más, sin búsquedas o lamentos.  Bebí como loco durante mucho tiempo, se me quedaron, después de eso, la locura y el hábito de la bebida.  Ella se marchó del barrio, y no volví a saber otra cosa diferente a lo que en las noches ebrio me repetía a mí mismo, cuánto la quería.

El saludo estuvo acorde con el silencio obligado por el lugar y con la sobrecarga emocional que nos tomó por sorpresa a los dos.  Al comienzo solo me ocupé por imaginar cuanto tendrían sus hijos, al tiempo iba tomando agua y cada cierto número de segundos volvía a verla, la mayoría de las veces la sorprendía haciendo lo mismo y nos quedábamos atados a una mirada perdida entre la oscuridad de la sala y las luces de la película.  El sueño empezó a llegar a mis ojos, dentro de mí las preguntas auscultaban las motivaciones para que de repente la pesadez abrazara tan profundamente mis ojos.  Solo supe pensar que ocurría porque me sentía confiado de quien estaba a mi lado y hacía mucho tiempo esperaba a alguien a quien pudiera pedirle, cuida de mí, voy a dormir para soñarte.

Antes de que el sueño pudiera con mi necesidad de mantenerme atento, sentí que un vaso de refresco me caía entre las piernas, la sorpresa desapareció pronto, me pasó servilletas de las que tenía y yo me saqué el saco, traté de secar el líquido del pantalón.  Ella se excusaba una y otra vez, luego, suponía yo que sin querer, parte de las salsas de lo que estaba comiendo cayó en el mismo lugar.  Unos minutos después de tratar de limpiarme el sueño llegó sin pausa y se clavó en mis ojos, ella estaba a mi lado y es seguro que me sentía confiado porque eso.  En algún momento sentí que ella se movía, entre sombras y ráfagas de luz veía que ella se levantaba con sus tres hijos, mi capacidad de reacción había mermado suficiente para que no intentara siquiera una pregunta.

Varios minutos después sentí una mano que me tocaba bruscamente en el hombro, eran un par de muchachos del cinema, me pedían que me saliera del lugar de inmediato, había sido acusado de estarme orinando en el lugar, me sorprendí y reaccioné fuerte para defenderme, los hombres, con linternas iluminaban mi entre pierna mojada, yo reclamaba, aun así era expulsado a empujones.  No me hace mucha gracia recordar las palabras que usaron para referirse a mí, tuve tantos nombres sucios en ese momento que sentía que pronto me podrían en la horca.  Al salir, en el lugar donde había luz y podía alegar con mayor fuerza, le explicaba yo a los hombres que eso era refresco, si fuese otra cosa olería, los hombres, no sé por qué razón o si es que era muy evidente que se habían equivocado, empezaron a pedirme suavemente que bajara la voz y que los siguiera.  Los seguí y me contaron que una mujer había denunciado que un hombre estaba siendo sucio y pervertido en el cinema, al ver mi pantalón lleno de gaseosa comprendieron que no era cierto.

A la salida del cinema me quedé esperando para verla nuevamente.  Salió, venía con los tres niños y me pareció que si mis primeras oportunidades surgían en lo imposible, las segundas no existían, así que solo quería despedirme y contarle la historia que me había sucedido.  Ella se adelantó para hablar, la felicité por sus hijos, me respondió con voz de flecha, no son míos, son sobrinos, sigo soltera.  Dentro de mí una canción de cuna alimentó mi felicidad de niño, pero sus gestos me hacían pensar que sus palabras estaban llenas de rabia.  Antes de que yo le contase el suceso ella me preguntó cómo me había ido con los de seguridad del cinema, me avergoncé al pensar que ella hubiera visto todo, no hizo falta pensar mucho, uno de los niños reía y al instante era seguido por los otros.

Al verme dormido ella salió y le dijo a los de seguridad que yo estaba haciendo cochinadas en la silla.  Se cambió de fila y esperó a que todo sucediera.  Me lo iba diciendo como si se tratase de limpiar una ventana de manera higiénica, me sorprendí pensando que ella estaba esterilizando una vieja herida. Interrumpió mis pensamientos diciéndome que debía llevar a los sobrinos a donde estaba su hermana, si yo quería seguir hablando debía esperarla.  Así lo hice, me senté en una banca que solo tenía de cómodo el nombre.  Volvió media hora después. Ofrecí un café en un lugar cercano, ella se negó, traía un papel en donde había anotado su número de teléfono móvil y su dirección de correo electrónico.

Pedí de muchas maneras una oportunidad para seguir hablando, ella repetía que ya tenía yo sus datos para seguir en contacto, prueba de ello es que había vuelto.  Creo que yo en una de las primeras frases le conté sobre mi soltería, así que proponía encuentros en cualquier momento.  La insistencia la estaba molestando, lo noté, acepté que la llamaría al siguiente día y que le escribiría un correo.  Cuando notó que me había desarmado sonrió y me preguntó por el color de mis ojos, anuncié que no habían cambiado y por entre sus líneas todo color podía ser formado.  Quería besarla, tomarla en un largo abrazo, ni lo intenté sabía que ella al instante se negaría al intento.

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