Diarios Innecesarios XVIII

La promesa de un desayuno balanceado sigue siendo eso, una promesa con poca probabilidad de cumplirse. Diez de la mañana. Una hora antes estaba en la cama ofreciendo más sueño al cuerpo aunque él se resistía.  Varias veces el teléfono timbró y al igual que el cuerpo con el sueño me negué a contestarlo. Hace mucho tiempo una mujer me decía que el fin de semana el momento en la ducha debía tardar más tiempo, desde entonces el sábado y el domingo me propongo pasar bastante tiempo bajo la ducha.  Así ocurrió hoy. Después del momento acuático caí en la rutina, el pantalón y la camisa de cuadros, los tenis de siempre y unas medias con un color que no combina.

Le di la espalda a la puerta cerrada, puse las llaves en el bolsillo, el celular en el mismo lugar y pensé que ese es el motivo por el cual la pantalla está rayada. El portero observó mi sombrero, cuando pasé junto a él, comentó que su abuelo tenía uno como este, le gustó el mío, la conversación llegó más rápido de lo esperado a convertirse en un momento incómodo. Me despedí.

Ahora estoy en la panadería donde desayuno regularmente los fines de semana. Son las diez de la mañana. No hay mesas desocupadas. Una señora de aproxima a una en donde está una muchacha sentada y sola, la muchacha le ofrece la silla, la señora se sienta y llama a alguien que viene con ella. Antes de que la otra persona se acerque alguien se levanta y la señora se aleja hacia esa mesa.  Le pregunto a la muchacha si puedo hacerme con ella, responde sí sin mirarme. Cuando yo estoy solo en la mesa no me gusta compartirla con otros, me siento interrumpido, invadido, con la libertad cercenada, ahora no se porque pedí poder compartir la mesa si esto mismo no me gusta que me ocurra a mí.

Abro el periódico, paso una y otra hoja sin leer, hay una noticia que aparece en varias páginas, comparto a la muchacha que está en frente mío mi impresión sobre el titular, ella hace un comentario sobre lo mismo. Ahora he visto con detenimiento fugaz a la muchacha, es muy bonita, no quiero que el mesero llegue pronto, pasa lo contrario, el mesero llega y yo estoy concentrado en la boca y la nariz de la muchacha.  Pido un caldo típico.  Ahora miro que ella tiene una taza de chocolate helado, unos huevos rancheros y un jugo de color amarillo claro.  Sigo con el periódico, hago una y otra pregunta con al intención de obtener su atención, es muy poco lo que logro, aunque no responde en monosílabos sus respuestas no dan oportunidad de continuar sobre el tema o abrir otros.  Pienso que me daré por vencido. Guardo silencio. Llega el caldo.

No hay una cuchara, ella lo nota, se ríe, yo aun no entiendo la risa, me dice que pruebe el caldo, comprendo el comentario y río con ella.  Ella hace varios comentarios mientras el mesero vuelve con una cuchara.  Yo respondo y hago apuntes esperando mantener su atención. La charla ha construido un hilo fuerte.  Hablamos de una cosa y de otra hasta que ya es momento de levantarse. Tímidamente la invito a un café en otro lugar, me cuestiona el motivo de que el café no sea en la panadería. Doy explicaciones innecesarias, cada uno paga su desayuno, caminamos las tres calles hasta el lugar en donde está el café. Ahora entiende mi motivación. Le gusta.

El café rueda sobre nuestras palabras, la conversación adquiere el color apropiado para darle forma al día. Mira su reloj, me advierte sobre su pronta partida. Me niego, ella sonríe, también quisiera hacerlo pero tengo una cita.  Me cuestiona el motivo por el cual no le he preguntado su nombre, me asombro y antes de que ella digo otra palabra le respondo con su nombre exacto. Ahora el asombro está en su rostro. Antes de que lo pregunte le recuerdo que ella recibió una llamada, al sacar su teléfono del bolso, salió también un carnet en el que estaba el nombre. Dice que no lo recuerda, yo me presento. Le doy mi número de teléfono. Ella se niega a compartir el suyo. Me llamará.  Vivimos cerca y promete desayunar en el mismo lugar el siguiente día.

La veo irse, un pantalón de color azul acompaña a su blusa blanca. Antes de que yo logre enumerar cada uno de los colores que lleva ella vuelve su rostro hacia el mío, me sonríe, su rostro se ve alegre, camina hacia mí, creo que vuelve para besarme, se aproxima, dice, no me mires la cola, me avergüenzo, ella da un paso más y toma de la mesa algo que había dejado.  Vuelve a caminar, yo repito mi mirada, la observo irse mientras con su mano ella hace un gesto despidiéndose.

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