Diarios Innecesarios XIX

En la panadería solo estaba una mesa ocupada.  Una mujer con una blusa blanca permitía ver que su sostén estaba adornado con flores de color rosado y lila.  Su hijo recibía de ella una porción de pan recién humedecido en la taza de chocolate.  Me senté en una mesa diagonal a ellos, mantuve mi mirada en los senos de la mujer, era inevitable para mí, en medio de sus senos una libélula de plata colgaba de una cadena del mismo material.  El rostro de la mujer mantenía una sonrisa tímida pero constante cada que miraba a su hijo.  El mesero obligó a cambiar mi atención hacia él, pedí una taza de café y huevos con pan blandito.

El desayuno llegó rápidamente a la mesa y sin mucha prisa desapareció de la mesa.  Un hombre con sudadera entró junto a una mujer que lo tomaba del brazo, compraron leche y pan, ella insistió en llevar varios panes para darle a un hombre que habían visto pidiendo limosna en la calle, la discusión sucedía en voz alta y podía escuchárseles claramente.  Yo me puse del lado de la mujer, me pareció consistente su argumentación, en cambio el hombre parecía solo defender su presupuesto.  Finalmente una bolsa de pan adicional iba en la mano de la mujer para ser obsequiado al hombre en la calle.  De los argumentos de la mujer el que más me pareció valioso fue uno que justificaba dar la limosna como si se tratase de una ofrenda, ella decía, es una ofrenda que se da para pedir perdón por todos aquellos que han insistido en entrar en nuestras vidas pero nosotros los hemos sacado del corazón.

En la caja, cuando fue el momento de pagar, debí esperar un buen rato porque no había cambio para el billete con el cual estaba cancelando la cuenta.  La cajera me pidió esperar sentado, en una mesa cercana a la caja me puse a ver hacia la calle, pasaron dos perros llevando a un hombre tras ellos, un niño en bicicleta y una pareja de gemelos, una monja y tres abuelos.  Nadie miró hacia el lugar en donde yo estaba, me sentí ignorado por el mundo y entonces me levanté a obtener la atención de la cajera, me pidió volver a sentarme, le dije que no había problema en estar de pie, era preferible para mí y ayudaba a la circulación de la sangre en mis piernas.  A ella no le importaron mis excusas y como no le eran importantes dejo de insistir.

Después de recibir el cambio salí a caminar las tres calles que separan la panadería del café a donde voy a leer el periódico.  Los dos lugares en donde venden el periódico estaban cerrados, así debí pasar a otro lugar antes de ir al café.  Pedí lo acostumbrado, un café endulzado con panela, busqué una mesa y empecé a leer la sección de opinión, luego pasaría por los deportes y finalizaría con las demás secciones después de pedir un nuevo café.

A unos metros, en otra mesa, un hombre espantaba las moscas que se acercaban, parecía muy molesto, él hombre usaba sus manos y la servilleta, incluso golpeaba fuerte la superficie intentando que las moscas desaparecieran.  El hombre llamó a una de las muchachas que atienden, le pidió que limpiara la mesa, la muchacha volvió con un trapo untado de algún líquido que aparentaba el aroma a limpio, a mi nariz de corto olfato llegó el aroma.  La mesa quedó limpia escuché que decían, sin embargo, unos minutos después el hombre peleaba nuevamente con los insectos.

El hombre se aburrió del lugar, dejó su café y se marchó.  Leí el resto del periódico sin dejar de poner atención a la mesa, cada cierto tiempo los moscos iban cayendo a ella, sin que se levantaran de la mesa, aun así no se veía ninguno en la mesa.  Estuve más tiempo del que imagino viendo lo que desde mi ubicación no podía explicar.  Me cambié de mesa.  Sentado en ella empecé a ver llega moscos, uno tras otro, caían en picada en la misma ubicación, luego de dar un par de giros eran absorbidos, se desaparecían.

Tomé el periódico y tapé el lugar en donde caían, al rato empezaron a verse las moscas dando giros, unas se paraban en el periódico y volvían a levantarse, al quitar el papel, volvió a ocurrir lo mismo, llegaban al lugar de la mesa y era como si atravesaran un portal.  Me dio un poco de susto y pensé que eso podría ocurrirme, cientos de moscas entrando por algún lugar en mi mano, eso no me gustó así que opté por levantarme e irme a otro lugar.  El periódico se lo di a la muchacha que atiende el café, le gusta leer el horóscopo, a mí me parece linda su cara y sé que me sonríe con naturalidad y agrado de manera que al retirarme del café es lo mejor que me pasa.

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