Diarios Innecesarios XVII

La noche bostezaba en mi cuarto y el sueño estaba intacto en mi cama como una gota de licor en la nevera de un abstemio, en cambio yo deseaba dormir del mismo modo en que se desean el aire y el agua.  La una de la mañana presumía de ser la nueva hora sobre la que se medían los minutos.  Me levanté y busqué algo para salir, unos jeans, una camiseta, los tenis y un saco.  Pasé por la cocina, examiné la nevera y me llevé en la mano una lata de smirnoff.

El portero estaba dando una ronda, lo encontré en el parqueadero, me hizo comentarios sobre la oportunidad económica que significaría comprar un auto que estaba estacionado cerca de la entrada a la torrre de mi apartamento, no tan antiguo, buen precio, pocos kilómetros.  Sacó un cigarrillo de su bolsillo, lo encendió, cuatro veces lo llevó a su boca y luego lo apagó.  Ante mi cara de sorpresa se excusó, está prohibido fumar dentro del conjunto, a mí no me importa, lo extraño es que no te lo fumes completo, se rió, es para llegar sin él a la portería.

Di varios pasos por la calle y supe que el hombre estaba mirándome, giré la cabeza y vi como él hacía una seña de despedida.  Una calle adelante hay una taberna en la que venden trago toda la noche, después de las once, hora en la que inicia la prohibición, la cierran, uno debe tocar, decir alguna cosa sobre la urgencia por la hora tardía, pedir alguna cosa que no sea bebida para llevar, mientras tanto, desde adentro le van preguntando la cantidad y tipo de licor que desea llevar.  Esta vez estaba cerrada.  A veces una muchacha delgada y alta atiende, a mí me parece simpática, siempre está sonriendo, es de cabello negro y la más de las veces que la veo usa jeans azules y blusas de rayas horizontales o camisas blancas.

Sigo caminando, a media cuadra una camioneta de la policía se acerca despacio, bajan los vidrios, miro al policía que está junto a la ventana, me observa, levanta la mano y me saludo, le digo buenas noches, saco la lata de smirnoff del bolsillo, otro trago y se termina.  La lata está vacía, presiento que alguien me observa, eso me impide darle una patada a la lata y tirarla a la mitad de la calle.  Una pareja se besa en la esquina, creo que son besos sin forma, me parecen sospechosos estos enamorados, cambio a la otra acera, sé que me están mirando, empiezan a ignorarme cuando la patrulla de la policía asoma su grito de colores institucionales por la vía, el mismo policía me saluda, ya no llevo la lata en el bolsillo, mis manos están libres.

– ¿Qué hace? ¿A dónde va?

– Voy por una amiga que está en un bar a dos calles, no quiere volver a casa sola.

Aún no comprendo el origen de la excusa.  Los policías se marchan.  Exactamente dos cuadras adelante entro al bar, una mano me saluda desde una mesa, es la muchacha de la taberna en donde compro licor por las noches, un poco más cerca de ella la saludo, ofrece una de las sillas en la mesa para que me siente.

– No quiero interrumpir.

– No hay problema.  Estoy sola, este bar es de mi mamá.  Hoy vine un rato, estoy sola.

La muchacha está sobriamente vestida, me gusta verla así, pide una cerveza para mí, hago cara de querer otra cosa, me ofrece pedir lo que yo quiera, me niego y espero a la cerveza.  Un vaso grande y bien helado corta la tibieza de la garganta.  Ella habla de días cuya prisa los hace sinónimos unos de otros.  Nunca había utilizado la palabra sinónimo para decir que dos días son iguales, eso es lo siguiente que le digo, ella pregunta.  A partir de ese momento varias cervezas fueron el objeto líquido con el cual saciaba una sed inexistente.

Hablé mucho, hubo un momento en que la música desapareció y la llamaron, hora de las cuentas, quizá las cuatro de la mañana.  Me levanté, otra vez fui al baño, hice lo apropiado con la vejiga, ya desocupada salí nuevamente y me acerqué a la barra.  Todo estaba cuadrado en la caja.

Unos minutos más tarde caminábamos de vuelta, de vuelta a dónde, no lo recuerdo, a las dos de la tarde me desperté en mi cama, en la mesa había una nota, te dormiste, fue lo mejor, luego nos hubiéramos arrepentido. Me llamas.

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