Diarios Innecesarios XVI

En la librería hay un sofá en donde uno puede sentarse a leer, es bastante cómodo, lo digo con conocimiento de causa porque he dormido en él. Después de entrar a la librería paso por cualquiera de los estantes de poesía y me llevo un par de libros, los pongo sobre las piernas, empiezo a leer en una página al azar y en menos de un par de minutos he abandonado la luz incierta del medio día para pasar a gozar de un pequeño instante de sueño.

Hoy fui con otra intención, quería saber cuántos libros de los que había llevado estaban en los estantes. De manera descuidada fui observando en los espacios correctos, encontré treinta y dos de los doscientos que había dejado, un buen número, ciento sesenta y ocho libros que a mi entender ya habían sido extraídos de la librería. No es fácil reconocer los libros, los colores y forma son los utilizados por una de las editoriales de mayor renombre.

El tío de un amigo es dueño de un taller de edición, tienen suficiente maquinaria para imprimir los libros que se les soliciten. Hubo un buen descuento cuando le contamos la motivación y el destino del tiraje, la condición era que debía parecer parido del mismo vientre de la editorial famosa, y que en la última página tuviese un texto en donde pudiera leerse “Edición gratuita. Tome un ejemplar, léalo, consérvelo en su memoria y en su biblioteca”

En el sofá en donde suelo dormir un poco después del almuerzo cuando voy a la librería estaba sentada una señora que leía con atención de niño en dulcería un libro de un escritor japonés. Me aproximé para observar los zapatos de la señora, creo que se había equivocado, los colores no eran idénticos aunque la forma del izquierdo y el derecho parecían hijos de la misma horma. En otra de las sillas, igual de cómoda al sofá, un muchacho, universitario creo yo, hacía lo que yo, dormir con un libro entre las manos. En la otra silla una muchachita linda, muy parecida a la hija de mi vecino, leía poemas de Omar Khayam, apenas ví el nombre recordé las varias botellas de vino que han pasado a hacer parte de mi nombre cada que lo he leído.

El libro que publicamos tiene una colección de cuentos de varios escritores famosos, con una pequeña desventura hecha a propósito en ellos, todos se suceden en esta ciudad, aquellos que no tenían referencia a una ciudad, se la hemos puesto a propósito, los que la tenían claramente, la hemos cambiado, si algún lugar hacía evidente el verdadero origen entonces lo cambiábamos.

La idea surgió en la incertidumbre que producen varias cervezas que no podrán ser pagadas porque el que estaba comprometido a pagar se quedó dormido en el baño sin dar aviso previo, mientras lo esperábamos se nos ocurrió que podríamos hacer un cambio en la historia de cuentos memorables y luego esperar a que alguien en algún lugar nos contase la historia, la incorrecta. Al primero que le contasen una de estas historias debería invitar a la persona para dar fe del encuentro y los demás le pagaríamos durante un mes toda la bebida que quisiera.

Después de que tuvimos los libros en las manos, cada uno de nosotros debió ingresarlos y ponerlos en las librerías más populares de la ciudad, dejar algunos en buses, otros en cafeterías, en bibliotecas y cuanto lugar público sirviera para el propósito. A mí aún nadie me ha hablado de los cuentos, del libro sí, una amiga me dijo que su compañero de apartamento se había robado un libro que era gratis, cuando me explicó supe que era de ese libro del que hablaba.

La librería guarda un tumultuoso silencio dentro de sí, yo creo que es la vergüenza muda de muchos libros que se sienten apenados por haber sido escritos. Camino hacia la salida, antes de salir observo una revista, me dejo sorprender por la imagen de una mujer que lleva en sus manos abiertas lo que deben ser sus senos, debajo de la imagen dice, apuesto a que no has mirado qué hay en mi pecho. Yo hubiera perdido la apuesta.

Llueve, la ciudad de la lluvia no da tregua, los paraguas llevan a la gente, la gente no sabe a dónde va, quizá tienen una idea, creen en ella, piensan que vuelven al trabajo, hay tantos sinónimos para la palabra esclavo, los edificios se tragan el polvo húmedo de la calle, la calle es medio río, un charco. Un auto pasa veloz y me salpica con el agua, presiento una grosería en mi boca, la callo, sigo caminando, una mujer me ofrece compartir su paraguas, acepto.

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