No tengo nada que decir o algo de lo cual pueda presumir.

No tengo nada que decir o algo de lo cual pueda presumir.  El verano ha sido extenso y la soledad se mantiene hiriendo con su óxido de odios el vacío imperturbable de mi cama que palpita al mismo ritmo con el que se destapan cervezas en mi cuarto.  La ventana y sus cortinas sucias por el polvo que le llega de la calle.  La música aplasta mi mirada ya perdida en una lágrima que se revienta como grifo en mis ojos.

Esta noche me mantengo con la pulcritud de quienes se confiesan una mañana de domingo y van a orfanatos en la tarde a buscar reposo para el alma.  Busco la serenidad de la paciencia de los santos y me someto al ruido de pensar en todo lo que soy y lo que no.  Será difícil esta noche.  Pensaré en tantas extensiones que se pierden en la frágil memoria de mis actos, es seguro que no voy a recordar la exactitud de los momentos pero si llegarán a mí las sensaciones de tantas perdidas esperanzas.

A ver, quién y cuándo dejó en mi almohada ese nombre que repito como grito de auxilio en un momento y al siguiente excomulgo toda su presencia.

         El teléfono, preguntan por usted!

         Ya voy. Gracias.

Otra vez la misma voz que me reclama tantas negaciones y existencias. 

         Será mañana, hablaremos de eso al final de la tarde cuando te vea en el parque, cuándo termines la jornada de trabajo. 

         Ahora no.  No me pidas explicaciones de lo que yo mismo no comprendo.

         Al final de la tarde.  Yo iré.

En el lugar donde dejan el teléfono huele a pino.  Utilizan el mismo ambientador desde que vivo en esta casa.  La luz se pierde por los rincones donde los muebles ocultan los fantasmas.  Casi nunca me siento en la sala de esta casa.  Apenas ingreso voy al lugar en el cual me duermo y me hago difunto cada noche.

El otro día la ví con su pantalón blanco y la blusa de color lila.  Es muy bella la dueña de la casa.  Esta foto en la cual el marido la abraza no deja ver toda su belleza.  No se cuántas veces he querido irme a buscar otro cuarto.  Una cosa es cierta, la complicidad de esta señora que engaña al esposo confirmando mis pagos de la renta aunque lleve yo un par de meses sin hacerlo.  La otra es verla en la mañana con su sonrisa despidiendo mi partida.

         Cómo vas? Anoche no te ví.

Sonrío apenas con timidez de niño regañado porque se de los celos de su esposo.  En la puerta este valiente cobarde se despide.

         Hasta luego, nos hablamos en la noche.

Y me voy perdido por la calle buscando síntomas de vida en todas partes.  Llevaré por trofeo el “Cómo vas” paseando en mis oídos durante todos los trayectos.

Un día más de sol en el parque.  El periódico y su sección de clasificados con oportunidades inalcanzables para mis pocos conocimientos.  La vieja escuela de trabajar en lo que salga parece no aplicarse en estos tiempos.

Una casa llena de motivos en cada rincón de sus espacios.  Ella camina de la sala a la cocina y lleva una pasión para la cual necesita remedios.  Un beso apasionado, el último beso entregado de esta manera se deshizo de su boca hace ya unos años. 

Sexo, es la palabra con la cual puede definir los minutos antes del sueño cuando su esposo la acosa y ella le permite sus jadeos.  Amor, sexo, pasión, tantas palabras de las cuales ella no tiene el significado preciso.  Algunas no importan otras sí. 

Sexo está bien, que solo es el cuerpo desprendiendo sudor y aromas, una noche repetida de tantas maneras que solo es un estornudo más entre tantos que le producen el polvo y otras tantas cosas por las cuales la alergia la mata y le hace expulsar con furia el aire desde lo profundo de su pecho.

Esa foto recordándole los días antes de arriesgarse a vivir para siempre en el mismo cuarto con este hombre que le mata la magia de los ojos.  Eran otros días.  Pasión, es lo que encontraba en sus brazos.  La ternura y la tortura de tantos te quiero eran para niños en esos tiempos.  Pasión, esa palabra definía el fuego y la aventura que en esos días le venían como lluvia entre las piernas.

Amor. De mentiras se asoma a la ventana y suspira su regreso.  No hay amor, es como la luz de las velas, el amor es la llama en un cirio que se extingue solo por su propia existencia.  Claro que este se apagó mucho antes de llegar al final de su destino.

Una sonrisa, una sonrisa pidiendo alojamiento en su casa lo apagó y dejó venir con el todo este advenimiento.

         No. Se requiere experiencia. Y por supuesto recomendaciones

Otra vez, los mismos números repetidos luego de dejar un par de monedas en los teléfonos públicos.

El almuerzo viene ya.  El almuerzo se diluye entre dar vueltas por los restaurantes y la única opción real que es ir por una gaseosa y algún ponqué de bajo precio.

Voy por esta vieja calle en la cual de seguro encuentro al ciego de sombrero que toca acordeón y se queja de la fortuna de quienes se escuchan en la radio.  Talento, eso dice tener.  Monedas, eso es más seguro, uno que otro billete.  Las monedas están bien para mí.  Eso servirá para pagar la devuelta a la casa.

Y vuelvo en la noche muy tarde, sin saber que ella me espera viendo televisión o leyendo libros.  Siempre serán unos minutos después mi llegada.  Ella escucha la puerta que se abre, el ruido cuando tropiezo con la silla en medio de la sala y trata de levantarse para  verme.

Conmigo llega el deseo y el marido la detiene, le busca las dilataciones de la piel que  reconoce por sexo.  Manos que ya saben el exacto sitio en el mapa de su cuerpo del cual se desprenden las ganas, el deseo.

La somete, le obliga esos gritos que la aquejan como dolores de parto.  Sexo, esa palabra que luego olvida cuando se siente sudorosa y sabe que debería negar su cuerpo a la lividez de su marido. – Que no quiero –  eso pareciera gritar cuando le sonríe tratando de hablar de su cansancio.

Dormirá desnuda esta noche.  Sentirá ese cuerpo respirando sobre todos sus secretos.

Piensa en él, en ese hombre que solo ve en las mañanas y lo despide con la esperanza de verlo en la noche.  Los dedos se le irritan de torturar sus senos, de buscarse entre las piernas la adolescencia y los días de calientes sorpresas en su cuerpo.  El marido duerme, ella encaja los dientes sobre la sábana y apenas mueve sus brazos para que no lo note.

         Otra vez olvidé ir a la cita con esta vieja que me exige ser un remedo de novio.

La misma pesadez del silencio de la cama que ignora mi tardanza y mantiene fría las sábanas.  Otra vez yo. Migo mismo y yo hablaremos hasta que el sueño me deje siendo un difunto más que pasea de día y vuelve de noche a su ataúd ya vencido.

La mañana, mi timidez, los celos de este hombre que desayuna y grita pidiendo mermelada, queso y tostadas.  El saludo.  Mi miedo, la tímida sonrisa, el paso inseguro hasta la puerta, repito el mismo camino.

En la noche cuando el deseo vierte verdes maduros en su cuerpo no tendrá alguna posibilidad de verme y sospechar que de pronto me meto a torturarle el deseo. 

Llegaré tarde, igual ya lo había hecho.  Seré el ausente cuerpo del deseo, solo el pensamiento del delito.

Dedicado a una mujer que seduce a mis letras y las hace cambiar en su escala de gritos.

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