Termino de leer un texto extenso

Termino de leer un texto extenso y me quedo con el sabor que deja una mirada inconclusa, una pasión ligera apenas medida en copas de vino.  Voy por la cafetera y sin importarme la hora me comporto con la convicción del adicto al servirme una taza grande de café oscuro, sabiendo que son un poco menos de las dos de la mañana y puede darme insomnio

 

La cama es la tangencial advertencia del sueño y se convierte entonces en espacio de duda y apreciación difusa.  Un sorbo de café y la lengua protesta el líquido caliente.  Esta la pasión viene en meditada en el aroma.

 

Una visión nos llega atada a un evento común, a una imagen, a un conjuro de palabras escuchadas bajo la humilde atención de un pequeño tic tac del tiempo.  Por qué nos llegan imágenes figuradas como liturgias absolutas de nuestra memoria, en esto me quedé pensando después de la lectura.  Hay lugares comunes en las historias de otros que nos transmiten una cercanía sin par, por eso las palabras que leemos de una carta, un verso o una prosa nos conmueven y parecen tan nuestras como si las hubiéramos expresado desde nuestros adentros.

 

Hay ‘te quieros’ ejercitados con tanta costumbre que pensamos en ellos como una cometa elevada, sin más una cometa en lo alto.  Otros nos aproximan a ellos con cierta liviandad que recuerdan la mentira o el plagio del que fuimos objeto o del que fuimos cómplices.  Por supuesto, algún te quiero se transforma en sangre, en palpitar y nudo, es en este momento en el cual percibimos la palabra del otro, la fuerza de su mano y la calidez de la tinta, esta vez esas dos palabras son inmensidad, infinito amparo, canto y grito o quietud y entrega.

 

Mi vida, mi sueño, mi anhelo puede uno descubrirlas, no en el mismo orden o en la misma frase, tal vez las encuentre apenas repetidas en el mismo texto o asomándose únicas en diferentes escritos.  El sueño puede ser apenas la solemne debilidad del cuerpo por refugiarse en el descanso y el anhelo podría ser ese gusto por mostrarse en los sitios públicos por saberse visto.  No se debe buscar demasiado para imaginar que anhelo y sueño son la vida entera, el lugar de paso y el lugar eterno de una lluvia que trae en sus gotas la certeza y la duda del amor al mismo tiempo.

 

Hay tantas palabras regándose por ahí, luna, hechizo, amarillo sediento, mariposa oscura, terrenal delirio, ausencia pobre, dolor de trueno, nota íntima, servil lucero, apacible lucha, corazón sincero.  Todas, comprimidas en el acento de quien las lee, desdibujadas por el momento o la percepción del ojo local  que las degusta o la boca que eructa sin pesar ni dicha.

 

Cuantos de nosotros nos bebemos el vino en la ligereza de una arenga de un mal surtido sacrilegio, no pensamos siquiera en la textura o en la historia posible que trae su color y su sabor.

 

No digo te quiero o te extraño de la misma manera en que pido el pan o los huevos en el lugar de compra acostumbrado.  Cuando digo te quiero puede ser de dos o tres maneras, una es esa forma en la que protejo el abrazo, la sonrisa y el palpitar sincero.  Te quiero porque me estoy dando para que me sepas ahí, no tuyo y tampoco ajeno, solo para que me sepas ahí, como campana que tocarás cuando pequemos de una necesaria y urgente compañía.

 

Te quiero cuando lo digo para tí o también lo escribo, es mi entrega, mi apresurado advenimiento, el no cesar, el no extinguirse.  Cuando digo quererte es porque soy lanza y escudo de tus sentimientos.  Es bueno aclarar que mis te quiero no son queriéndote para mí, son más bien mi entrega a tu silencio.

 

El tercer te quiero es esa ruta en la que caemos y sin más remedio consentimos en repetirlo para ser el eco, la voz apresurada de un vacío con el que deseamos responderle al otro.

 

Extrañarte es sentirte como una guitarra drenando notas dentro de mi pecho.  No reconozco otra manera de hacerlo y al decir te extraño no es una exigencia para que vengas o un grito de miedo, es simplemente que escucho tu aroma musical en mi pecho.

 

Oscar Vargas Duarte

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