La modelo

Capítulo I

La contraté por dos horas la primera vez. Ella insistió en que menos tiempo sería improductivo porque, dada la distancia de su residencia a mi apartamento, ella tardaría hora y treinta en llegar, es decir, más tiempo viajando que estando en mi apartamento.

Le pedí estar descalza y sentarse en el sofá por quince minutos, ver un programa a través de la pantalla del televisor, y soltarse el cabello. Me senté a verla desde el comedor, allí sentado empecé a escribir.

“Alargó su cuerpo indicando con la punta de los pies hacia el norte de la ciudad. Del sofá en forma de ‘ele’ eligió esa posición por encima de la otra que hubiera dirigido sus piernas hacia el oriente.”

Había llegado cinco minutos antes de las dos de la tarde. Cuando entró al apartamento pude constatar que medía el metro sesenta y cinco que me había dicho cuando hablamos por teléfono. El rostro, así como el cuerpo eran, también como lo había dicho, de modelo para pintores y dibujantes. Una estética deslumbrante la cubría sin que ella pareciera enterarse. Volvimos a presentarnos como si las conversaciones anteriores no hubieran existido.

“Acomodó la cabeza sobre los cojines, deshizo la moña con la que recogía su cabello, lo descolgó hacia el lado izquierdo de su cuello, puso la mano del mismo lado sobre la cadera y tomó el control remoto con la otra. Una vena diminuta junto a los tobillos se apoderaba de la luz que no robaban sus pies blancos.”

Le mostré el apartamento para que sintiera confianza de los espacios, los baños, las habitaciones, el cuarto de los libros, el balcón y la cocina. Allí le mostré unas llaves de la puerta, no sé qué me motivó a hacerlo, y noté en un gesto de su boca que eso había sido innecesario.

Varias veces me levanté de la silla, fui hasta la puerta, y caminé desde allí hasta la sala para observar cómo su cuerpo temblaba al sentir mi movimiento. Cuando terminaron los quince minutos me quedé callado. Ella siguió con las imágenes de la película que estaba viendo.

— Puedes sentarte si quieres o apagar el televisor. Apenas he podido escribir cinco líneas.

Ella se puso las medias y calzó los tenis de tela color blanco. Cambió la posición del cuerpo doblándolo para quedar sentada. Siguió con la mirada en la pantalla sin ocuparse en verme.

Escribí, “Extiende sobre su indiferencia los minutos que le faltan al reloj para llegar a la siguiente hora, los segundos parecen pedirle permiso para sumarse a los anteriores.”

Imagen de arya putra pratama en Pixabay

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