Repeticiones del amor total

Salí del apartamento para aprovechar los diez minutos de sol que promete Bogotá en la tarde y que luego son una mentira. Por las teclas del piano que ascienden desde el primer piso hasta el quinto bajé intentando no caer en la tentación de contar los escalones. Crucé el interior del conjunto, giré a la izquierda y atravesé la portería. Los dos hombres de la vigilancia estaban conversando acerca de una muchacha con un tatuaje en la pierna derecha, su discusión estaba circuncidada por saber si era una dragona o una serpiente, ellos no habían podido ver la cabeza porque esta solo podría ser observada adentrándose debajo de su falda.

Envuelta en una manta negra una mujer hacía plegarias en el semáforo mientras este permanecía en rojo, los conductores la observaban sin entender mucho de qué se trataban sus voces o sus movimientos que como rezos apenas le debían decibelios al silencio. Estuve unos minutos siguiendo su rutina, lo que tardan tres semáforos en ir del rojo al rojo atravesando el amarillo con el verde. Tampoco supe de que iba su plegaria, aunque ayudé a que sumara un billete en el bolso en donde se acumulaban las monedas.

Acomodé los audífonos, puse volumen a la música, y empecé a caminar con la música que me gusta sintiendo que los pasos estaban acompañados por la banda sonora de una película. Burning Caravan, Maiakovski. Me alejé varias calles hacia el oriente de mi apartamento, encontré un sendero peatonal en donde vendedores ambulantes, ciclistas y peatones comparten el riesgo de ser uno el lugar en donde el otro se tropiece.

La vi preguntando el precio de unas manillas que un hombre vestido con unos jeans azules desteñidos y con el cabello largo le ofrecía, averiguó por los colores y el símbolo del tejido tan distinto entre unas y otras. Pasé a un metro de su cuerpo, cuando crucé a su lado la escuché decirle que otro día pasaría por la de color rojo, hoy había salido a la calle sin dinero, solo estaba caminando. Alcancé a reconocer el interludio que surte el efecto de cambiar la posición dominante en una conversación, el hombre ahora le insistía en que la llevara, decía él confiar en que ella volvería a pagarla.

Me asomé a una papelería, quise comprar una caja de lápices de colores, unos separadores para libros, una agenda, y otras cosas a las cuales no accedía en mi infancia. No compré nada. Empecé a cantar ‘No voy en tren’ de Charly García. Pasé a la tienda de café, pedí uno con azúcar, lo endulcé un poco, y luego me arrepentí por afectar su sabor amargo. Miré a un lado y otro, quise escuchar lo que una muchacha le decía en secreto a su amiga, y digo en secreto porque todo se lo decía con la boca a menos de diez centímetros de su cabeza, unas veces creí que la besaría y otras que le dejaría marcados los dientes en la oreja.

Pongamos que la hubiera besado, el temblor en su cuerpo se hubiese sentido en la superficie del lugar, transmitido a la silla por sus patas, y la superficie líquida del café estaría llena de ondas por su deseo. Supongamos que en vez de labios hubiesen sido dientes, que no pasó lo del beso ni lo de la mordida, pero supongámoslo, una risa compartida con la muchacha saldría de mi boca a encontrarse con la alegría de su sonrisa.

Salí del lugar y volví a ver a la muchacha, unos tres metros nos distanciaban, vi que esta vez en su mano derecha llevaba el peso de una manilla de color rojo.

La seguí, ya mis amigos saben que las delgadas con rostro atractivo y cabello negro me seducen porque se parecen a la mujer de mi amor total. Caminó dos calles adelante y yo detrás a unos diez metros, cambié la canción que sonaba y puse, ‘Dieguitos y Mafaldas’ de Joaquín Sabina con la noble intención de que al escuchar “Los muchachos de la’ 12, más violentos cuando la junan en la bombonera, le piden a la virgen de los vientos que le levante a Paula la pollera” el viento también hiciera temblar las laderas de su falda.

Entró a un supermercado, y yo sin nada que comprar hice lo mismo, crucé los pasillos entre estantes para verla de reojo mientras ella hacía lo mismo. Una mujer quien trabaja en el lugar se acercó a preguntarme cómo podía facilitarme las compras, le dije, me estoy antojando de cervezas, sonriendo me dijo, hay una nevera detrás suyo en donde están frías. Yo giré y fui hasta otro pasillo sin ver nevera alguna. Le hice una seña a la mujer indicándole que no la encontraba, y ella sonriendo dijo —Mi amor, si quiere le pongo escote para que la vea— y si estaba riendo lo hizo más cuando le respondí —Hace tanto que no me dicen de eso modo, que si lo repite me enamoro—. Mientras reía, me respondió, pues no lo repito.

La muchacha de la manilla roja iba por entre los pasillos metiendo pequeños paquetes entre su blusa. Yo con unas botellas de cerveza en una canasta intentaba no fijarme en la agilidad de sus manos para ocultar bajo su blusa los paquetes. No supe conciliar mis emociones, la sensación de fragilidad que me produce saber que alguien está haciendo algo ilícito, el mensaje de mi padre que desde la infancia me decía que si alguien hurta para comer no es robar, mi compromiso con la sociedad para delatar a quienes no siguen el orden, y sobre todo, un deseo inmenso de acercarme para decirle yo pago por ti, pon las cosas en mi canasta.

Fui hasta la caja, pasé mis botellas y la cajera empezó a registrar el valor de las cervezas. La muchacha se acercó nerviosa a la salida, la vi temerosa, entonces le pregunté alguna cosa sobre las botellas de vino detrás la cajera, me explicó que los colores del sello en la parte superior de las botellas correspondían con el tipo de vino. Cuando intentó ver con detalle a la muchacha le pedí una botella, solo atiné a decirle la de cabeza roja, y cuando extendió el brazo para alcanzar el vino la muchacha salió mirándome a los ojos.

Imagen de Jeremy Smith en Pixabay

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