Harmónica

El señor que toca la Harmónica en el camino peatonal por la ruta desde el parque hasta el centro comercial ha hecho una señal para que espere. Casi siempre deposito un billete o unas monedas en la caja de madera usada por el hombre para recibir los aportes de quienes transitamos por la zona. Esta vez suena “Knockin’ On Heaven’s Door”.

Finaliza la canción, mira hacia la caja y nota que esta vez he puesto un billete. «¿Puedo invitarle un café?» Hace la pregunta y va tomando sus cosas sin esperar a mi respuesta. «Advierto, el billete ya es mío, soy yo quien pagará» dice eso y acepto, igual voy por un par de tazas, las de la mañana de los domingos. En un morral de cuero organiza el instrumento, mete la caja, hace lo mismo con unos parlantes usados para poner algunas pistas musicales.

En el tercer paso se ha presentado, «Mi nombre es Melquiades. Mucho gusto» Yo no sé si realmente es su nombre o está usando el del personaje de ‘Cien años de soledad’, entonces respondo, “Mucho gusto, Maqroll”. El hombre gira la cabeza para verme mientras forma unas arrugas con la frente en medio de los ojos. «¿A su papá también le gustaba la literatura colombiana?» Respondo con otra pregunta “¿Por qué?” «Porque Maqroll es el de Mutis, y Melquiades como me llamo es el de García Márquez»

Confieso el juego infantil en el que caigo a veces, mi nombre es José Manuel, Maqroll es mi personaje favorito, y creí que usted hacía lo mismo, presentarse con el nombre de un personaje de novela. «Yo sí me llamo de ese modo, como un personaje de novela porque mi papá la leyó antes de ser mi padre» Me avergüenzo un poco mientras él se ríe.

Guío con mis pasos hasta llegar a la zona de los Cafés en el centro comercial, elegimos mi favorita. Tomamos por asalto una mesa, y es la manera correcta de decirlo, quizá antes que nosotros una familia la había visto y estaban moviéndose para sentarse alrededor de ella. Los muchachos del servicio a las mesas hacen un gesto de comprensión y con los dedos de las manos indican, ¿Uno o dos? Acordamos tomar lo mismo, hago una señal para dos.

Hacemos silencio. Miramos hacia las otras mesas, medimos el tiempo usado por la máquina en la preparación del café, observamos la vitrina con sus tortas y galletas, estiramos un poco los brazos, él extrae del bolsillo de su saco un libro, yo he estado haciendo lo mismo, de mi mochila aparecen el libro con la antología de cuentos de un escritor cubano y uno de poesía de una mujer colombiana. Empujo los libros hacia él, los presento, “este es de poesía, no conozco a la autora, este es de cuentos, y al escritor lo deben conocer muchos, yo no.”

«Este es un libro de magia, trae instrucciones para tomar en la mañana la fuerza del sol, en el medio día hacerse con un buen descanso, en la noche mecerse bien acompañado en la cama» Antes de que yo pueda acomodar bien la sonrisa en el rostro llegan las dos tazas de café. El muchacho nos saluda y ofrece galletas y tortas, a lo que Melquiades responde pidiendo dos tortas de zanahoria, y yo doy la misma respuesta de otros días, “No, se me daña el sabor del café”


«Lo he visto pasar los fines de semana, aporta y se queda apenas a escuchar una canción. Se siente soledad cuando eso ocurre, quisiera que las personas se quedaran más tiempo, charlaran conmigo acerca de la música y de la vida, de lo que cada uno hace, de por qué van con prisa, o por qué están tristes» Lo miro mientras estoy abriendo su libro, “estamos concentrados en nosotros mismos o atronados por la realidad, y también las dos cosas al mismo tiempo”. Digo eso primero mientras noto que el título del libro es, ‘notas a pie de página para usarse en la magia’. “Yo me disculpo, pero siento que debo aportar a quienes ofrecen su arte, y muchas veces lo hago sin detenerme para estar completamente atento” Cuando termino de decir eso el hombre está mirando a una mujer que viste una falda corta y unas botas altas. Vuelve su cabeza para ponerle atención al café, quizá apenas escucho la mitad de mis palabras o ninguna.

Abro la página con el índice de temas del libro, leo los títulos de algunos capítulos, me paso a una página al azar, pienso que ante ese tipo de textos no debe usar un verbo como ese, elijo una página marcada con el día de mi nacimiento, luego otra con los dos últimos dígitos del año, vago un poco por otras hojas sin detenerme a leer, aunque siento que las letras sobresalen y se alteran al ser observadas, un pequeño temblor parece sacudir las tapas del libro cada que leo mentalmente una o dos frases.

La torta de zanahoria está deliciosa, eso ha dicho, yo supongo que traía hambre y en ese estado toda la comida es buena. Se ha comido las dos y mira hacia la vitrina, el muchacho en la caja tiene ojo para esas cosas, es oportuno en notar quien está mirando la comida. Le hago una señal y él mismo se acerca para ofrecer más comida. Unos minutos después la mesa está ocupada por un capuchino y dos palitos de queso.

«Estoy vendiendo este libro» Sigo mirando sin detenerme en las páginas. «¿Viene a leer acá?» Suelto el libro, y cuando esto ocurre me parece que la mesa ha recibido un peso medido en toneladas, presiento que caerá rota al piso. “Sí, me he creado un hábito con esto. Leo algunas cosas y tomo café, quizá tomo más café de lo que leo” Los títulos de los capítulos del libro resuenan en mi memoria, ‘De ser el primero en los negocios, Del arte de asegurar el sexo mediante la comida, De cómo asegurar el dinero, De cómo alentar a la pareja para darnos todo ‘. Tengo la misma sensación que me produce la resaca tras haberme embriagado sin control alguno, culpa y deseo de quitármela, ganas de volver a beber y no tener resaca, arrepentimiento por haber bebido y deseos de borrar eso de mi vida.

“¿Lo ha usado?” Me responde con un gesto indicando lo poca importancia de la pregunta. Pido un segundo café. Él muerde el segundo palito de queso y mira a el cuello de una señora a quien se le nota en el cuello una gargantilla de oro. Deja el palito y bebe de la taza, detiene su mirada en otra mujer vestida con ropas ajustadas, parpadea y observa a un hombre que parece llevarlo todo consigo, rico de sí mismo.

Tomo mi libro de poesía, no puedo estar atento a verso alguno. Me esfuerzo, otra vez el mismo verso, otra vez el mismo poema. «Uno podría tocar acá en las tardes y tendría más propinas» Lo escucho decir eso y le respondo con un “sí, aunque no he visto lo permitan. El otro día una señora lo intentó y no se lo permitieron”. El hombre insiste con lo del libro, me dice, «puede pagármelo de dos maneras, me da la mitad de la primera fortuna que reciba al usarlo, o lo que tenga de menor valor en este instante». Un cálculo lógico rápido me hace pensar en lo que llevo en la billetera y otro igual en lo que sería compartir a mitades cualquier fortuna. Recuerdo las historias de terror vistas en las películas, los cuentos con historias antiguas, y a mi padre que decía, ‘hay fortunas que no se pueden dividir entre dos porque el deseo y la avaricia son indivisibles’.

Le hago un gesto de que no, no quiero el libro. «Me das lo que menos tenga valor para ti en este momento».  Vuelvo al libro de poemas, repito el verso, repito el poema. El hombre parece desesperarse ante mi silencio. Una novia con quien estuve saliendo unos meses me decía todo el tiempo, ‘te amo porque todo en ti tiene el mismo valor, amas tu vida del mismo modo en que amas mi sonrisa, amas cada cosa porque ellas te conectan con la vida’. Hago un gesto moviendo la cabeza, “no, no quiero.” El hombre guarda el libro, toma su harmónica que había extraído del morral, se levanta, la pone en su boca, y mientras camina hace sonar la canción “Knockin’ On Heaven’s Door”

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