Punto seguido

Sus zapatos parecían más que un punto aparte en su ropa, un punto seguido desde el cual su historia continuaba. El pantalón de color negro entubado, si es que el término aplica, dejaba apenas un espacio libre en la parte superior de los tobillos el cual usó para hacer dos pliegues y dar expuesto el revés de la tela. Una blusa blanca de color rojo con círculos de color blanco, rellenos de su propio color, ordenados horizontalmente hacían juego con tres botones puestos como adorno en medio de un escote inexistente. Así estaba la mujer, sentada en una silla de la iglesia orando, o por lo menos con actitud de silencio, en una postura decididamente serena, como quien acoge a un niño en los brazos y no se mueve para permitir que duerma.

Había ajustado unas gafas deportivas de color negro como su cabello en la parte superior de su cabeza. Oraba, insisto en convencerme de que lo hacía, yo me había metido al templo para escapar del sol, los 34 grados de temperatura en la calle eran insufribles. Adentro, por alguna virtud de los arquitectos el calor externo era contenido por las paredes, unas ventanas en la parte superior, junto al techo, robaban aire de la calle y, talvez la humedad del lugar lo transformaba en aire frío.

Los zapatos, unas botas de cuero que apenas subían cinco centímetros sobre la posición de los tobillos estaban acompañados de dos correas con sus correspondientes hebillas. Los recordé, esa misma imagen, las piernas colgando de la cama, yo en posición de rodillas, con las manos liberando a los pies de esas botas, las mismas figuras, mandalas, en los calcetines. Esta vez su piel no se ve tan blanca como aquella noche, las sombras de la silla y la penunbra en el templo no permiten ver con la misma claridad con la que yo accedí aquella noche a la desnudez de sus piernas.

La mujer cierra los ojos, detiene las oraciones, doy por sentado que mentalmente está expresando los deseos por los cuales ha decidido entrar a sentarse en posición de súplica. Recuerdo el sonido de los tacones, en la mañana siguiente a la noche sexual de la que fuimos protagonistas, ella se levantó desnuda, y al no encontrar sandalias o pantuflas, usó las mismas botas, una mujer desnuda, apenas cubierta desde los dedos de los pies hasta los tobillos. Sonaban, y ella exagerada el movimiento de sus pasos.

Son los mismos zapatos, son los mismos calcetines, y la mujer me parece distinta, el rostro inclinado no me da muchas opciones para identificarla, los brazos recogidos en el centro de su estómago le dan una imagen diferente. Fue hace cuatro meses cuando la reunión en la casa de unos amigos nos permitió el encuentro, fueron los tragos exageradamente ofrecidos en los vasos los que nos juntaron, fue la conversación sobre viajes y ciudades antiguas, fue el licor exacerbado en el cuerpo y unas canciones baladas cuerpo a cuerpo las que nos fueron acercando hasta que esa noche ese par de botas ocuparon un espacio debajo de mi cama.

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