Casualidades de parques

Dijo, «Mi nombre es Natalia, mucho gusto». Yo mencioné mi nombre, «Igualmente, Maqroll». Antes de esa cordialidad le había preguntado por los carteles que pegaba en los postes del parque y de la calle, en vez de contestar me pasó uno, yo tenía ya idea de lo que decía, los había visto desde meses atrás. Gatos y perros perdidos, animales en adopción, supervisión de mascotas, escuela para dueños de perros, enseñanza del cuidado de los perros. Cada semana uno diferente. El de hoy era sobre el comportamiento de animales rebeldes y las maneras de comprender sus acciones.

Le comenté algo sobre los animales con sus humanos a cargo que cada día salían al parque, al medio día, en la tarde, y por la mañana. Ella no hizo observaciones, siguió con lo de los carteles, «son de una amiga a la que le ayudo, ella tiene el consultorio a unas calles de aquí.» No, no tengo animales en el apartamento. Yo vivo en el edificio de en frente, por eso veo a los vecinos que salen cada día. Podrías venir en la mañana, tendrías muchos clientes a quienes ofrecer el servicio de consultoría de tu amiga.

Los tatuajes en los brazos no podían ser cubiertos por su blusa de tiras. El color de su sostén asomaba azul cielo debajo de la tela de color lila, y la imagen de una mujer con la luna en una mano y el sol en la otra me miraba desde su brazo derecho.

«¿Y cuándo no eres Maqroll, en qué libro habitas?» Le respondí que era “Rosario Girondo”, el de Vila-Matas. «No me gusta ese libro, es presuntuoso.» Sonreímos, yo como quien se disculpa por sus gustos, y ella como quien espera no ofender con las opiniones que expresa. El pantalón de cuero de color rojo recogía el reflejo de la luz en mis ojos, ella miraba hacia la mochila recostada en mi hombro izquierdo. No sé si lo iba a preguntar, si talvez lo pensó, o fue solo mi vanidad, me la regaló una amiga, me trae recuerdos de la universidad. «un amigo tiene una igual, se la trajeron de la sierra».

«Tengo que terminar con los carteles» Son casi las dos de la tarde, yo voy a estar por aquí sin mucho que hacer. Hay un bar en la esquina, si te anima podemos encontrar una historia de libro en un par de cervezas. «¿Me estás invitando?» Sonreímos nuevamente, esta vez la sonrisa de quien se siente descubierto, y la de quien da por sentado que se entiende ha aceptado.

«Salgo a las cinco» A las cinco y treinta estarán frías en la mesa los dos vasos, te espero allí. Caminamos cada uno hacia su rutina.

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