Raciones de memoria

Te acuerdas de los pantalones de pana que estuvieron de moda durante un tiempo, había que ser cuidadoso cuando se les planchada para evitar un brillo los cubriera. El señor llevaba uno de esos de color café oscuro, no estaba brillante, incluso se veía pulcramente planchado. Una camisa amarilla de manga corta, esa sí con un pequeño roto en la costura del hombro izquierdo. Talvez tú usabas antes esos tonos, me parece que hay una fotografía tuya en donde usas una blusa del mismo color.

Estaba orando en el templo. Yo entré a recuperarme del salvajismo con el cual el sol lo atraviesa todo al medio día con la intención de desnudar a cada persona que se atreva a estar en la calle. Tú y yo tuvimos un mes en que fuimos fervorosos fieles, yo pedía porque tú no estuvieras embarazada, que si fuese necesario se hiciera después de que finalizáramos la universidad y ya estuviéramos trabajando, yo creía que tú igual, tus rezos eran por tener más tiempo de pareja sin compromisos, no me querías para toda la vida, y tampoco querías hijos a esa edad, y tampoco en otras.

Lleva los zapatos lustrados con la pericia militar de los soldados a quienes les revisan al empezar la mañana el aseo de su ropa. Es raro eso, a mí me lo parece. Tenías unas botas largas que hacías lustrar por un hombre en el parque, se las dejabas temprano y al final del día pasabas por ellas, eso me parecía raro a mí. El hombre cruza las manos ora moviendo los labios, deben ser sus oraciones y peticiones que las dice en voz baja.

Teníamos la vida por delante, cuando yo decía eso tú respondías con una pregunta, ¿eso es bueno o malo? Y yo decía casi siempre, bueno porque es un futuro contigo. La verdad es que pensaba mas en la pesadez de estar en algo que solo tenía sentido cuando se veía en el pasado, pero no hablaba de eso, a ti te gustaba la vida con sus matices y alto bajos. Quizá este señor no tiene la vida por delante, le cayó encima y no puede con ella, no la ve en el futuro ni en el pasado, la tiene ahí sobre sus hombros como quien arrastra una capa de hierro.

El aire fresco y la silla del lugar han sido amables con mi cuerpo, he descansado también del ruido de la calle. El hombre mueve sus brazos, han terminado sus oraciones. Te gustaban el calor y el ruido de la calle, la desazón producida al estar en medio de desconocidos, que como nosotros, iban con prisa de un lado a otro.

Saldré antes que el hombre, aunque no es tarde quiero volver a mi rutina. Te quejabas de mis costumbres y planteabas hipótesis, tesis, juegos, nuevos hábitos para emprender el movimiento de la vida, eso, tú eras la vida y no las cosas que ocurrían a nuestro alrededor. Al final del día caías rendida de cansancio en la cama, esa era tu promesa diaria, “cansada de ser yo misma vendré a ti para nutrirte del modo en que el agua llega a la tierra, y saldré de ti sana y reconfortada para volver al movimiento.

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