Domingos

Quizá es una hora en la que la memoria de otro tiempo nos recuerda las primeras muertes. Eso debe pasarle a los relojes cuando sienten que el huso horario cruza el número de doce para cambiar de día.

Tal vez también somos un reloj, alguien nos usa para medir su tiempo, y los domingos por la tarde, en estos momentos, siente que la hora pasa de tiempo atrás a tiempo actual.

Lo mejor de esto es que a nadie le contamos los lunes cómo, por qué o para qué hemos sobrevivido. Lo hacemos, y alguna persona que nos espera para amarnos no sabe nada acerca de los domingos por la tarde.

Los domingos por la tarde, sabido es por todos, sentimos que la huella del dedo índice, el que nos piden para tachar junto a nuestro nombre en el papel, se deshace alargando sus líneas para formar una espiral.

La pareja que nos espera al otro día toca los números de la suerte del mismo modo en que un pianista las teclas de su piano, apuesta por nosotros sin saber que el día anterior hemos tenido suerte porque lo hemos jugado todo sin ganar nada, y ella, quizá nos tenga, vacíos, desarmados, con las letras de nuestro nombre sin orden para nombrar nada.

Eso puede ser, esa persona que nos espera es la ausencia dentro de nuestro vacío.

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