Viajes entre paréntesis

Acercas tu mano a la boca, te aseguras del croquis de tus labios nombrándolo con tus dedos, Haces eso mismo con tu cuello, una cosquilla más fuerte hace reaccionar a tu cuerpo, sin pensar en detenerte haces movimientos en espiral con tus dedos sobre el cabello.

Desde tu cabello, enlazas las caricias hasta volver a tu rostro, la forma circular en tus ojos, la vertical en tu nariz, elipses en tus mejillas y asaltas con espirales a tus orejas.

Tomas rumbo hacia el cuello nuevamente, la caricia aprendida, el paso de los dedos por el mentón impulsándose para tocar las venas en el cuello. Ir sin rumbo hasta los hombros y volver, para repetirse en el cabello, las orejas y el cuello.

Recorres con la suavidad de un pétalo ante la visita de una mariposa el pecho, los dedos de la mano comprenden la timidez del movimiento producido por los pulmones, los músculos respondiendo al aire que llena los pulmones.

Estiras la mano, la primera timidez abordada con la mano abierta, la forma del seno aprendida por la mano abierta, el impulso primario que invita a apretar y sostener, a presionar y soltar con frecuencias cortas. Una mano, la derecha sobre el seno izquierdo, otra mano, la izquierda sobre el seno derecho. No hay prisa, no se esperan logros con este movimiento, solo el reconocimiento de la forma, del pezón que se ha puesto alerta y levanta sus formas para proteger el condado alrededor suyo, la aureola que le pertenece, juega a ser una torre observando el círculo para impedir cualquier invasión en ese territorio.

Hay abrazos aprendidos, te das uno, primero con las manos sobre los hombros, luego con los brazos abiertos sobre tu pecho intentando alcanzarse en la espalda. Los brazos descienden, encuentran tu cintura, y el abrazo termina con tus brazos doblados y las dos manos tapando el ombligo, eso al comienzo, luego los dedos, cada uno, de cada mano, van haciendo giros dentro de él, giros como caricias que son percibidos por tus piernas que juegan a temblores, por el de las dos torres mencionadas que se asoma para sentir el mismo temblor y elevarse otro poco en su sitio.

Una pierna, digamos la derecha a la izquierda, le pide a la otra elevarse, y las dos forman montañas paralelas con sus cauces, que como saben ellas y todos, llevan al lugar que ha motivado la caricia en el cuello. En forma de velas en carabelas, los brazos cubren con su sombra la cadera y se alargan hasta sentir la extensión de las piernas levantadas.

Una mano sostendrá ahora el ombligo, la otra explorará el origen de toda humedad en el lugar donde inicia el cauce que da lugar a la temblor de sus piernas.

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