Matrimonios, cuadriláteros, novelas

Obstinación de novelista, así le decía la mamá en cada ocasión que ella narraba una discusión familiar, le decía, “para que tu matrimonio perdure debes tener obstinación de novelista, y en sentido contrario, si no quieres una relación como la que vives debes dejar esa obstinación”. Ella tomó un taller literario, uno para aficionados, nunca quiso preguntarle a su madre y tampoco iba a estar por ahí expresando sus dudas en la relación con su esposo. “La novela siempre gana por puntos, mientras que el cuento debe ganar por nocaut”, Julio Cortázar. Eso le dijeron en una de las clases, y su madre insistiendo en la obstinación por la novela en cada ocasión. Fue a una pelea de boxeo, vio la sangre de los pugilistas, los cortos segundos para descansar entre asaltos, los golpes yendo y viniendo en contra de uno y del otro. Sintió que su madre se refería a que ella estaba matándose a golpes con alguien hasta que muertos cayeran sobre la lona, o que de tanto golpearse no les importara el daño que se estaban infringiendo. Le preguntó a su compañero de silla cuál era la diferencia al perder por nocaut, y le respondieron, te pegan tan fuerte que caes vencida, te duele tanto que no puedes levantarte.
Fue a una librería, pidió una novela larga, le dieron una con maś de 1200 páginas, pidió un cuento, le dieron un libro con 27. Leyó primero el cuento, simple, directo, sin dar vueltas, al terminar lo sabía todo, no necesitaba más de la historia para entender a sus personajes. Empezó con la novela, a veces asqueada por la lentidud quería saltarse las páginas, a veces por la insistencia de las emociones pensaba en ir hasta el final sin enterarse de hechos, a la luz de su verdad, irrelevantes.

Descubrió que no viviría la vida con alguien quien cayera en la lona sin levantarse, y tampoco alguien que huyera de los golpes asalto tras asalto. De las novelas no quería personajes repitiéndose una página tras otra sin tener un cambio de personalidad ante las emociones vividas, no quería tampoco la simpleza de ir de un lado a otro en línea recta.

En la librería le recomendaron leer poesía, la leyó, estuvo intrigada por las líneas geométricas que iban entre los versos, tardó en comprender los espacios paralelos que se escriben entre líneas, supo del poder de ciertas palabras y entendió que en la comisura de los labios estaba aquello no dicho por la punta de la lengua. Extrajo la desnudez de las sombras, y amó a las sombras, leyó aventuras perpendiculares escritas sobre paraguas oblicuos, amó las líneas rectas yendo a través del espacio curvo, encontró que una palabra es un ser distinto según sean el tono, la forma y sobre todo, el gesto con el cual se pronuncia.
Le dijo a su madre, ni la rapidez del cuento o la obstinación de la novela, quiero los espacios comprimidos, los espacios expandidos en un verso.

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