Conversaciones con intención nocturna

Yo quería “donjuanear” a esa mujer, decirle dos o tres, y hasta cuatro cosas, sobre mi interés por la fugacidad de sus ojos cuando miran al comienzo de la noche, atravesarlo una palabra que la hiciera tropezarse y quedarse conmigo conversando acerca de la música que ella escucha, pedirle indulgencia por mi intención primaria de caer repentinamente a la encuesta de adolescente, ¿a dónde vas cuando el fantasma de la infancia quiere hacerte llorar en el silencio? ¿Cómo enfrentas al monstruo de la adultez que se avecina pronto a medirlo todo con sus compromisos y nuevos vocablos?.
Yo quería toquetearla con unas historias de novelas para transitar con ella la memoria de las lecturas, que a ella y a mí, nos habían hecho saber que somos otros y nos vestimos de nosotros mismos sin saber cuántas veces nos están nombrando en otras historias. Quería eso, y otras pequeñas cosas como sexo una tarde, y sexo una noche, y sexo una mañana, pero no, no estábamos para eso.
Hablamos, simple charla de fulanos que ante el encuentro aceptan la obligación de circular por unas escaleras que suben o bajan según sea los pies miren las escalas o el aire.
Yo quería esa sonrisa preguntándome una mañana cómo había sido posible esto de estar juntos si apenas sabíamos el uno del otro que compartíamos la casualidad de hablar el mismo idioma y tener el gusto por hablar de más hasta que la palabra fuese cama y cobija, atardecer y noche.

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