Gimoteo, Gorjeo

Hay un nido de palomas en el techo de mi casa. Hacen ruido a diario. A veces en la mañana, cuando estoy medio dormido, podría decir también medio despierto, las escucho y ese ronroneo lo confundo con el de una mujer en el éxtasis sexual. Los vecinos hemos hecho una brigada, y me siento en ella como los obtusos de la inquisición, estamos organizados para atraparlas, meterlas en costales o cajas, llevarlas luego a un parque o plaza pública para abandonarlas ahí, y que ellas se queden sin volver a nuestro conjunto.
Recuerdo que alguno de mis amigos, el más aficionado a la historia, me cuenta que también quemaron a mujeres que expresaban con gritos libres la sensación de éxtasis ante la satisfacción sexual producida con su pareja. Entre despierto dirijo mi atención al gorjeo, sospecho de mi vecina cuyo esposo vuelve de viaje cada mes, una semana, la imagino dichosa de su cuerpo y de las relaciones que suceden con el de su pareja.
Yo he capturado cuatro, la primera la llevé al parque Simón Bolívar, la llevé en el morral, cuando lo abrí olía a mierda, por supuesto, aunque estaba bien almacenada, y uso esa palabra porque me sentí como repartidor de mercancía empaquetando una de mucho cuidado por lo frágil, luego tuve que llevarlo a la lavandería, y los libros hube de cederlos a una cesta y reemplazarlos por otros. Ella se movió por entre los árboles y luego se alejó, supuse me decía en su lenguaje todas las malas palabras con las cuales puede ofenderse a una persona cuando te aleja de la familia.
Con las otras tres usé una bolsa de tela, de las que ahora venden en los supermercados para hacernos sentir cuidando el planeta, una amarilla, del mismo color de esa cadena de grandes superficies, la otra roja con la publicidad mencionando el nombre del supermercado y la tercera de un almacén de ropa en donde compré la más reciente de mis camisas blancas.
La segunda paloma la abandoné en una de las plazoletas del centro de la ciudad, di por sentado que rápidamente se integraría con las demás de su especie. Yo hice lo mismo apenas la dejé, metí mi cuerpo en medio de otros hombres que hacían un chorrillo para ver a una mujer contando chistes y cuentos. Alcancé a escuchar uno, “Adán y Eva no fueron expulsados del paraíso, Eva mandó a Adán a comprar el pan, este man se demoraba mucho, ella salió a buscarlo y lo encontró afuera perdido sin saber cómo volver a casa, cuando los dos lo hicieron les habían cerrado el portón, en ese inquilinato no estaba permitido llegar después de las ocho de la noche.”
En general son pocas las mascotas que se roban de los sitios en donde las venden, están muy cuidadas y es difícil para los ladrones hacerlo, aunque es un mercado creciente, hay otros en donde es más fácil acceder a lo ajeno, y más fácil aún venderlo. En una tienda de mascotas fui soltando al animal, lo fui dejando salir de la bolsa roja, y ella se desplazó por entre los objetos mientras yo salía rápidamente a tomar un taxi, y como el caso de los expulsados del paraíso, sin mirar atrás me alejé del sitio.
La última la dejé en un templo en el centro, parecía un lugar amable para ella, se elevaría como un símbolo de paz, el hombre o la mujer que asiste a los clérigos la adoptaría y tendría ahora un hogar en donde sería cuidada todo el tiempo. Alcancé a pensar que uno de los feligreses tras hacer sus oraciones y pedir una respuesta divina a sus dudas la vería extender sus alas, y ya en vuelo, creería él que esa paloma y él estaban unidos para siempre. No sé qué ocurrió. Yo solo la dejé en una de las bancas, salí por la entrada principal y caminé mientras me prometía no ser más parte de brigada alguna.
En una de las calles cercanas vi a la vecina, una casualidad extraña en esta ciudad tan grande. Me sonrió, la saludé elevando la mano y abriéndola en señal de amistad. Se acercó, una mujer atractiva viene en línea recta hacia mí, viste una blusa blanca semi transparente, por medio de la cual puedo ver otra blusa más ajustada, del mismo color, y en la que se notan unos senos de formas generosas. Antes de que pueda hacerme una idea del pantalón desteñido o de los tenis, aproxima su rostro, me saluda con un roce de su mejilla y otro de su cabello.
Después de unos segundos de preguntas y respuestas indispensables, antes de despedirnos preguntamos hacia dónde nos dirigimos, los dos al tiempo, al apartamento, no sabía yo en ese instantes que sería al mío, no al de ella, su pareja había dejado de volver de sus viajes y se había quedado a vivir en Cali, mientras que ella seguía sola, y yo entredormido siempre escuché a las palomas y no a ella. Por lo menos no esas veces.

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