Soledades que son un motivo

Cada día en el centro comercial dos personas con más de ochenta años se sientan en una de las sillas de la plazoleta en donde están los sitios que venden café, uno junto al otro, a ella la trae una muchacha de unos veinticinco y a él una de treinta, digo treinta porque parece de mi edad, y yo apenas los cumplí la semana pasada. Cuando ellos llegan mi preocupación es por mí, que hoy voy a cualquier parte sin ayuda de nada ni de nadie, y ellos van allí y a otras partes acompañados de estas mujeres que los cuidan y trasladan a sitios donde puedan estar tranquilos. Conversan, ellos conversan, una charla lenta sobre las cosas simples y fundamentales de la vida. Las mujeres en cambio les hablan a los dos sobre viajes, les comentan sobre lugares distantes a los cuales hay que viajar en avión o barco. En la conversación los ubican a ellos en esos lugares, les repiten algo que supongo ellos les comentaron antes. Viajes por ciudades lejanas, estadías en grandes hoteles y pequeños hostales, caminatas por montañas y días enteros en playas. De eso va la conversación cada día. Yo, por el contrario estoy silencioso sin mencionar palabra alguna, quizá tarareo alguna canción o hablo en voz baja por el micrófono conectado al computador. El canal de Internet en el centro comercial es bueno, entre semana está disponible, incluso los fines de semana ya que ahora casi todos tienen planes de internet ilímitados en el móvil. El otro día, mientras mi café se enfriaba una de las muchachas me pidió ayuda con la silla del señor, yo solo tenía que empujar mientras ellas movía una palanca debajo de la rueda. Lo hice, y como no había ocurrido antes, ella empezó a preguntarme por mi día en el lugar, por mi recurrencia al mismo sitio. Le conté que son días de trabajo como independiente desarrollando código para una empresa que hace consultorías en desarollo de software, yo aprovecho el canal de internet del centor comercial, salgo de mi aislamiento del apartamento, tomo café y aprovecho el movimiento de las personas a mi alrededor para, cuando estoy bloqueado, permitir al cerebro dispersarse y luego encontrar otras maneras de hacer la programación encomendada. Yo pregunté por la pareja de ancianos. Ella me dijo, no son pareja, viven por acá cerca, cada uno solo. Ellas los traen y comparten la ruta con la otra mujer. Le pregunté por los viajes que les recuerdan a los dos. Sonrió con la picardía de las madres. Nada, lo inventamos, son lugares a donde queremos ir con mi amiga, y a ellos les contamos como si hubieran estado allí siendo pareja.

Imagen de ErikaWittlieb en Pixabay

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