Apuestas públicas

Ellos se tocan, se palpan, sienten el color se su piel dando otro tono, conocen la prudencia y eso los contiene, se tocan, la blusa de la muchacha parece una flor abriéndose en algún jardín sin dueño, las piernas de él se tensionan con la misma fuerza y temor con el que el pantalón siente el golpe constante en la pierna. Se tocan. Una mano es siempre más osada que la otra, se descuelga y toca abajo de la espalda, no hace falta saber de anatomía, el comienzo de las nalgas, otra sensación, otro temor, pueden ser vistos. Mi hermano toma café a mi lado, deja la taza que antes estaba en su mano izquierda, y me dice, apuesto que en menos de tres minutos seremos más de veinte personas los que estaremos observando con descaro a esta pareja de adolescentes que se besan en la otra mesa. Apostamos nosotros. Ellos se tocan, se muerden, ella mueve las piernas con pequeños temblores que responden como una réplica a un temblor mayor que le deja húmeda la parte baja de sus calzones de fondo blanco con dibujos de de mandalas que su madre le compró hace dos meses. Son diez dólares que cada uno se juega a nombre del mordisco que la muchacha le ha ofrecido al cuello del muchacho.
Empezamos la cuenta. El y yo somos dos. Cuatro con la pareja de jóvenes que atienden detrás del sitio en donde venden batidos de frutas. Esos parecen estar más atentos que nosotros, reímos con mi hermano, suponemos que esos dos quieren hacer lo mismo que los de la mesa. Ella da una vuelta en espiral sobre la punta del cabello con la mano derecha, habla, le responde a unas palabras que previamente dijo el otro. Se tocan con las palabras, ella no tiembla, está acostumbrada a a ese tono, no le produce urgencia alguna en los oídos. La mujer que trabaja como guardia de seguridad en el centro comercial ha pasado ya una vez, esta es la segunda, hace un gesto, uno de molestia, se queda quieta como un animal en posición de cacería. Van cinco. Si enumeramos quince más tendré un billete menos en mi presupuesto de gasto. Él busca entre los que están presentes en la plazoleta, yo atestiguo si están o no mirando. Van cuarenta segundos y hemos sumado cinco más a la cuenta. En algunas mesas las personas conversan sin atender con mirada alguna a los adolescentes.
Se tocan. Se palpan tiemblan. Sudan temblorosos. Una pareja de adultos van tomados de la mano, los miran, a su lado una pareja de la que supongo tienen la misma edad que los comensales amorosos de la mesa. Cuatro más, catorce imprudentes viendo a un joven que se pasa la mano inútilmente sobre el pantalón para disimular lo que es a todas luces una erección producida y ensalzada por la timidez de la muchacha que hace apenas unos segundos lo abrazó con fuerza, y sin que fuese su intención le hizo saber del tamaño de sus senos, del fervoroso anhelo con que quieren ser tocados en este mismo instante en el que un celular suena y nadie contesta. Es el móvil de la muchacha que está en la mesa, todos, todos giran su cabeza, más de treinta personas que antes de hacerlo tocaron el propio para saber que la llamada no era para ellos. He perdido la apuesta y la pareja la intimidad pública con la que se apretaban. Notan las miradas de los otros. El celular suena nuevamente y ella contesta.

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